lunes, 20 de abril de 2020

El virus desconcertante




El virus desconcertante.  18 de abril de 2020.
    por Kurt Schleicher

    Pues sí, llevamos un mes y pico (¡!) de “prisión preventiva” debido a un virus coronado de muy mala uva. Cada día se nos presenta algo nuevo que nos desconcierta; en fin, prisión no es lo mismo que confinamiento, pero cuando le condenan a uno, al menos se sabe por cuánto tiempo es, y aquí ni eso. Nos movemos por chispazos y además nos vigilan por si nos salimos de las veleidosas y cambiantes normativas que se nos aparecen día a día casi de forma visceral.
    El enemigo ha entrado a traición, pese a las múltiples señales que se iban teniendo, pero claro, siempre se pensaba que este virus se comportaría como sus primos de la gripe. Hace un mes y cinco días, la señora Merkel hacía bromas con sus colegas de gobierno evitando dar la mano al saludarse, pero en España al que iba con mascarilla y guantes en el metro se le miraba con extrañeza y más de uno se cachondeaba. Y si te negabas a darle la mano a alguien, pitorreo al canto. Ya por aquellos días a finales de febrero no había mascarillas en las farmacias y tampoco en las tiendas de pintura, ni en las ferreterías ni en las droguerías; los más previsores ya habían acabado con las pocas existencias que había y a precio de coste (60 céntimos o así). Los médicos políticos o políticos médicos nos tranquilizaban (seguramente seguían consignas para evitar un estado de alarma, sin sospechar que eso es precisamente lo que iba a suceder cuando los números fueran engordando demasiado) aseverando que las mascarillas no valían para nada, excepto en el raro caso de estar contagiado, evitando que se propagase. Vamos, que las mascarillas sólo funcionaban en un sentido. Resulta que hay varios tipos de mascarillas, las sencillotas de los dentistas y las mejores, llamadas fp2 y fp3, de las que nadie nos informó de ellas, y ni se pidieron. ¿Para qué, si las primeras se podían hacer en casa con una servilleta y un par de gomas? Sólo las últimas protegían razonablemente, pero parece mentira que habiendo pasado mes y medio sólo se ha logrado proveer al personal de unas mascarillas de cirujano tipo “home made” o de andar por casa, mientras que de las otras algunos sinvergüenzas han pretendido hacer negocio (como las de una empresa gallega, con las fp2), pero sigue sin haber existencias suficientes. Es increíble la dependencia del exterior, China en especial, para hacernos con mascarillas; me digo yo, ¿no se podría haber encargado la fabricación urgente de mascarillas fp3, las únicas que de verdad protegen, a alguna de las múltiples empresas del ramo textil, evitando de paso que vayan al paro? Y si encima se les da una generosa subvención si las tienen disponibles antes de un mes, miel sobre hojuelas. Pero nada, que nos las den los chinos, y encima mal hechas. Los de Zara seguro que tienen suficientes medios para transformar parte de su imperio en mascarilleros de lujo, aunque hay que decir que D. Amancio ya se ha portado como un señor donando más de 300000 mascarillas. Repito: hoy deberíamos de disponer de miles o millones de las fp3 tras adaptar las muchas fábricas textiles que hay en nuestra piel de toro, con las que podríamos salir con más tranquilidad, con un 95% de protección. ¿No valen para nada? Por favor…
    En cuanto a los respiradores, SEAT ha sido capaz de adaptarse y fabricarlos; me parece que fabricar respiradores es un poco más complejo que mascarillas. ¡Y se ha hecho! Cierto es que con eso no daba ni para empezar, pero ¿no tenemos también al grupo PSA de Citröen y Renault, o Ford en Almusafes? No tienen más que espiar a Seat y copiar. Pues nada, a pedirlos a los turcos, engaño incluido.
     Por aquellos días, ya en marzo, de repente se informaba por el gobierno que había tres mil contagiados, cifra basada en no se sabe qué. Con gesto triste, el máximo responsable nos decía que podríamos llegar a tener en el peor de los casos unos diez mil casos y que después ya se aplanaría la célebre curva tras pasar el no menos famoso “pico”. Bendito optimismo; hoy estamos a punto de alcanzar los 200000 contagiados (¿?). ¡Cuánta razón tenía aquél documento que cifraba la predicción entre 100000 y 300000, en función de las medidas que se tomasen! Y ahora, al cabo de mes y medio, ya no nos podemos fiar ni de las cifras. ¡Qué manía de hacer pruebas! ¿Para qué? Como no sea para afinar las estadísticas, si te puedes contagiar en cualquier momento que te descuides y encima el virus puede reverdecer en las personas dadas de alta (aunque se dice que de forma más leve y en un porcentaje relativamente bajo), lo mejor es suponer que estás contagiado y confinarte todo lo que puedas. Cuando hayan pasado dos o tres meses sin síntomas, o has pasado por el coronavirus sin enterarte y ya no contagias (¿?) o estás limpio, con riesgo de contagiarte, pero a esas alturas ya debería ser más difícil.
    Creo recordar que también por aquellos mismos días ya se limitaban los eventos multitudinarios, los de más de cinco mil o de mil personas, como si eso fuera suficiente, pero aquí se permitieron “excepcionalmente” los del “8M”, los del mitín de VOX, y la visita de catalanes separatistas a otro evento en Perpignan. ¡Naturalmente! ¡Cómo se iba a prohibir a las señoras a que se manifestaran o a los separatistas que viajaran en atestados autobuses! Y no sólo eso; ya por entonces se sabía lo que había pasado en el norte de Italia, cerrando Lombardía, con un aluvión de contagios. Cuando se filtró la intención de cerrar los aeropuertos de allá, hubo desbandada italiana, pero a nadie se le ocurrió tomar medidas restrictivas en los aeropuertos españoles, en especial Barcelona o Madrid. Recuerdo la entrevista a un italiano proveniente de Milán, con su mascarilla y todo, comentando su extrañeza por la falta de controles, pues él honestamente no sabía si estaba contagiado o no. Y así lo menos estuvimos durante una semana; si por entonces había alrededor de 50 vuelos diarios (¿?) de Italia a España, un somero cálculo nos lleva a 7 días x 50 vuelos x 150 pasajeros =  52000 potenciales contagiadores provenientes de una zona caliente. No está mal.
    Los mismos médicos-políticos de antes nos informaban de que el virus se limitaba a viajar a poco más de un metro de un contagiado que tosiera, pero no se contaba con la potencia de un estornudo, que podría lanzar el virus bastante más lejos. Dejando esto a un lado, una leve tosecita podría facilitar el aterrizaje de unos cuantos virus en lo que más tocamos, es decir, botones, barras, mesas, sillas, etc. y quedarse allí malévolamente acurrucados. Luego llegan las potenciales víctimas, a las que no se les ocurre otra idea mejor que sacarse los mocos, restregarse los ojos o sacarse un trozo del bocata de jamón que se ha quedado entre los dientes, invitando al coronavirus a extender sus horizontes. Los mismos médicos-políticos o políticos-médicos afirmaban por entonces que en menos de una hora ya se habrían “desactivado” de esas superficies; luego pasaron a ser ya varias horas, pero que no nos preocupásemos, que en el aire no se quedaban. Será que ya han aprendido a volar, pues ahora sí que pueden permanecer en el aire por algún tiempo. Es decir, que si nos metemos en un ascensor con guantes para no tocar los botoncitos, tampoco estamos ya seguros si algún contagiado ha usado el mismo ascensor poco antes y seguimos estando en peligro sin mascarilla. Y es que no vale para nada, por supuesto. En los telediarios se veía que todos los chinos iban con su mascarilla puesta, pero claro, eran chinos y estaban acostumbrados, pese a que las mascarillas “no valían para protegerse”, según se nos decía. Y ahora, tras mes y medio, seguimos oyendo eso de “las mascarillas son recomendables” o “sólo valen para que los contagiados no contagien”. Claro, no hay mascarillas, cuando ya en muchos sitios son “obligatorias” y multazo al que no las lleve. Desconcertante.
   Igual que el confinamiento. Si sales a darte un tonificante paseo o una carrerita por un parque manteniendo una distancia, no ya de un metro o dos, sino de cien, multazo al canto. Por el contrario, si vas al supermercado sin mascarilla ni guantes, no passa nada. Mucho vigilante, eso está bien, pero nadie que se encargue de limpiar al menos los asideros de los carritos. Y si alguien tose o estornuda al aire, tampoco. Genial.
   Ahora se está estudiando cómo liberar del confinamiento a los niños, que lo que quieren es jugar con otros niños, naturalmente. Pues no hay otra solución que ir alternando mascotas y niños, incluso usando la misma correa para unas y otros y evitar que se alejen demasiado. Tampoco pueden tocar nada ni entrar en las zonas de juego, pues como no se puede evitar que se lleven las manos a la nariz tras tocar los columpios, habrá que pensar en ponerles una mascarilla especial tipo “Viernes 13”, aparte ya de la correa. El clásico “¡nene, caca!” multiplicado por cien. ¿Eso no genera frustración, señores psicólogos? Salir a la calle con mascarilla, correa, máscara, guantes y bien sujetos por los papás para evitar desmanes, no creo que constituyan las expectativas de nuestros tiernos infantes, que ya no podrán gritar triunfalmente eso de “¡por fin libres!”. Vamos, que si yo fuera niño, mejor me quedo en casita jugando con el ordenata. Hombre, si tenemos la suerte de tener un parque cerca, se les podría dejar sin correa igual que se hace con los perritos, aunque no esté permitido. Me vuelvo a decir yo que para eso soltamos también a los abuelos, que de paso vigilarían a los nenes, como saben hacer muy bien. Habría un leve riesgo de contagio entre ambos, abuelos y niños, claro, pero ¿no será más difícil contagiarse en un parque al aire libre que confinados todos juntos en casa?
    No se recomienda ir a los hospitales, excepto que te estés muriendo. Será que el virus flota en el ambiente, en contra de las afirmaciones de los propios médicos. Si tienes una enfermedad crónica, mejor quédate quietecito y evita análisis o pruebas médicas. Habrá que rezar o cruzar los dedos para que no se “despierte” alguna de las potenciales enfermedades, tan corrientes en las personas de la tercera edad. Lo mejor será dejarles solitos y cerrar los ojos. Se me abren las carnes pensando en los miles de viejecitos que se han muerto en soledad tratando de decir “¡socorro, que me ahogo!”; es mejor echar tierra para que no se noten tantas muertes (o ya directamente echar tierra de verdad encima de los sepulcros). Empiezo a pensar que tras tanto jubilado protestando por su pensión, el coronavirus se ha diseñado justo para hacer una gran escabechina y solucionar el problema de las pensiones de un plumazo, eliminando sencillamente la raza de los pensionistas. Prefiero no hablar de muertes, pero un ratio de 500 fallecimientos por día equivale a que suceda un accidente de A380 todos los días. Tremendo; sólo imaginarse que cada día se vaya al suelo un avión gigante de éstos hace estremecer. Es terrible que ya nos “estamos acostumbrando” a estas cifras, al cabo tan sólo de un mes. ¿Nos estaremos “insensibilizando” o “anestesiando”?
    ¿Y qué decir del cambio climático? Los ecologistas estarán que saltan de alegría bendiciendo al coronavirus, que ha conseguido también de un plumazo que ya no sean necesarias medidas restrictivas de ningún tipo, ni siquiera promover eventos que al final nunca valen para nada.
    Tampoco entiendo el jaleo de los guantes. Sigue apareciendo en las farmacias “no hay guantes”. ¡Pero si en los supermercados los sigue habiendo y gratis! Cierto es que son una babilla, pero cumplen su función y son perfectamente desechables, siempre que no se tiren al suelo, claro. Se ha dicho también que es mejor pagar con tarjeta y no en metálico, pero pocos lo hacen. Los billetes de banco siempre están llenos de bacterias o virus y nunca nos hemos preocupado, pero ahora con el coronavirus hasta las monedas resultan peligrosas, en especial si luego en casa las cogemos sin guantes. Se deberían dejar las vueltas en una cajita en la entrada de casa, con más razón que los zapatos, que, por cierto, también han tenido su polémica; primero se nos dice que es una tontada dejarlos en la entrada y luego, poco a poco, se confirma que “es muy recomendable”. ¡Por favor! ¡Si incluso sin coronavirus la civilización asiática y la musulmana obligan a descalzarse cuando visitas a alguien y a ponerte unas zapatillas que te ofrecen ipso-facto desde tiempo inmemorial! ¿Para qué tanta polémica? Si es lógico… También se recomienda ahora lavar la ropa que has llevado puesta a 60º y “no vale” si se lava a 40º durante una hora. Y habrá que meter la ropa en la lavadora con guantes. Eso sí, si has salido sin ellos y te lavas las manos con jabón dos minutos aunque sea en agua fría, “ya vale”. Caray, ni tanto ni tan calvo.
   También se nos dice que el virus no afecta a los niños, excepto a los que (eso sí, en menor cantidad) ya lo tienen. De Perogrullo. Habría que investigar cuál es la razón para esa preferencia por parte del virus, que podrá ser cualquier cosa, menos inteligente. Incluso se debate aún si es un ser vivo, pues está en la frontera de la vida. Eso sí, se ha creado con ciertas tendencias innatas, que a lo mejor hasta mutan. Me pregunto yo: ¿Cómo, cuándo y por qué deciden mutar?
   Igual que pasa con los niños, parece que nuestro coronavirus no siente ninguna afinidad por los animales, pero no es descartable que a partir de que exista una vacuna, contemple a nuestras mascotas con más afecto, como alternativa al menos. Ha habido casos, muy pocos, pero haberlos, haylos. No me extrañaría a mí que entonces se le ocurra mutar y volver por vía perruna o gatuna a infectarnos más tarde. Tiempo al tiempo.
     Otra historia desconcertante es la de los síntomas. Saber diferenciar entre al menos los iniciales del catarro común, gripe y coronavirus es todo un arte y en esto los médicos deben ser muy artistas, excepto cuando se realice una prueba fiable de verdad .Yo soy de los que creen que hay falsos positivos, no que el coronavirus resucite al cabo del tiempo, pero quizás me equivoque. Se entiende que el primer aspecto diferenciador es el de la fiebre, pero si a alguien se le ha ocurrido mirar cuáles son las causas que pueden producirla, son tantas que se requiere tiempo y paciencia para descartar otras razones. Como primer filtro nos puede valer (en caso contrario, ¿para qué tanto examen de temperatura corporal?). Luego está lo de perder olfato, pero si tienes la nariz tapada por un catarro, es evidente que tu olfato está reducido por meras razones físicas. En cuanto al gusto, también es engañoso, si estamos acatarrados. Ya si te falta el aire, podría ser un síntoma, claro, pero este aparece (creo) tras algún tiempo, cuando el malévolo virus ya te ha llegado hasta los bronquiolos. Y a buenas horas, mangas verdes.
   Siguiendo con los síntomas, este desconcertante virus es muy capaz de engañarnos, pues puede dar síntomas o no darlos. No parece muy normal, pues se nos dice que el periodo de incubación es de cinco días, al cabo de los cuales ya debería asomar la patita. Pues no, es así de cabroncete; se han detectado casos, y no tan pocos, de asintomáticos positivos. Pues no lo entiendo; si se incuba en cinco días, ¿qué pasa a partir de ahí? ¿Es que nuestro cuerpo no reacciona frente al indeseable visitante? ¿Por qué? Pues eso es una putada y nos va a llevar de cabeza. Habrá que estudiar profundamente cómo se comporta al cabo de quince días y además saber cuánto tiempo seguirá siendo capaz de infectar a otros. Se nos ha dicho que quince días más, pero no me fío. Si se utiliza un factor de seguridad de 2, que no está mal, nos ponemos en dos meses. En lugar de continuar con la investigación, se nos dice que se podría crear un “Arca de Noé” para albergar a esos asintomáticos y evitar que contagien. El carro delante del caballo. Dejemos a la gente en estas condiciones confinadita en su casa, aunque fuera a costa de mirarles con preocupación mal disimulada. También se me ocurre que se les podría utilizar como cobayas en la investigación para despejar esta incógnita tan preocupante, confinándoles en un hotel de cinco estrellas (total, no tienen clientes) a cuerpo de rey, con tal de poder asegurar que son positivos, por el tiempo que puedan seguir contagiando. En paralelo, los demás no tienen más que esperar esos dos meses y ya veremos cómo evolucionan.
   También se podría dar el caso recíproco, tener síntomas y dar negativo, pero no parece que merezca la pena investigar a éstos; será que tienen gripe o tratarse de algún hipocondríaco capaz de pseudocontagiarse.
   Ya he hablado antes de la problemática de los supermercados; para soslayar este problema, la tecnología actual nos permite pedir comida a domicilio por internet, si es que no disponemos de un alma caritativa que nos haga la compra y nos la traiga. Pero aquí se nos presenta otro problema nuevo: ¿Qué manos han tocado los alimentos durante todo el proceso? ¿De dónde vienen? En circunstancias normales, el riesgo se consideraría bajo, pero con este puñetero coronavirus que le gusta agarrarse a los plásticos, vaya uno a saber si no será peor el remedio que la enfermedad. Todavía no sabemos si sigue activo tras una, dos, tres o doce horas, o incluso días, aunque eso ya me parece exagerado. Otra cosa que se debiera estar investigando; se coge a un positivo confirmado y sintomático, se le dice que sople en varias probetas de diferentes materiales y ante entornos diferentes de humedad y temperatura y luego con mucho cuidado se llevan las muestras contaminadas a un laboratorio. No creo que tarden meses en saberlo, pero nada, seguimos preguntándonos qué pasa en la más completa incertidumbre, salvo que haya resultados dispares y no nos hayamos enterado. Ni idea, pues.
    No tengo ganas de meterme más con las pruebas de positivo/negativo, pero con la que está cayendo a nivel mundial no me puedo creer que no existan pruebas fiables. Hasta en China se siguen usando y me parece haber visto que son muy sencillas e inmediatas, dando la clave de un “pasa, no pasa” que será vital en un futuro. A lo mejor este virus es tan desconcertante que no se comporta igual según sea el país. Hombre, el clima aquí no es igual que en Rusia o en Argentina, pero sería otra cosa a averiguar, ya que se habla tanto del efecto de la temperatura en el virus. Podría ser, pues el comportamiento de sus primos estacionales ya lo dice, apareciendo en la estación invernal. ¿Sabemos acaso la magnitud de este efecto? Pues tampoco.
    ¿Tratamiento entretanto haya una vacuna? Pues ahora se sabe que este desconcertante virus tiene en su estructura aspectos muy similares al del VIH, y se está estudiando, igual que con la malaria. La respuesta de momento es la misma de siempre: “Estamos en ello”. ¿Es que cada país trabaja sin mantener una mínima coordinación con los demás? Penoso.
   Una reflexión final: ¿Cómo es posible que este desconcertante virus nos halla pillado así, indefensos y con los calzoncillos bajados? ¿Cómo ha sido posible que nadie nos haya advertido? Falso, por supuesto que nos han advertido, pero nunca nos lo hemos creído. Me parece que hace menos de un año, Bill Gates dio una conferencia alertando de que en cualquier momento podía aparecer un virus que pusiera a la Humanidad en un grave aprieto y advirtiendo que habría que tomar medidas preventivas en especial en la sanidad a nivel mundial. Pues nada; como quien oye llover. Y no sólo eso; miremos un momento atrás, que tenemos una memoria muy floja; es sorprendente lo contrario, que se haya manifestado sorpresa, valga la redundancia, por la aparición “traicionera” de este nuevo virus, mirando a experiencias nada lejanas en el tiempo. Se podría calificar de “milagro” que nuestras acciones como humanos depredadores, explotadores y contaminadores no originase desequilibrios fatales de manera periódica entre las especies, y estoy pensando en animales. ¿Es que nos hemos olvidado ya de los recientes brotes y epidemias producidos por virus de origen animal saltando la barrera de las especies y afectando a los humanos? ¿Cómo es posible que nos hayamos olvidado ya del VIH (Sida), del Zika (de los mosquitos brasileños en 2015), del temido Ébola, del MERS (¡síndrome respiratorio de Oriente Medio!), del SARS (¡síndrome respiratorio agudo surgido en China en 2003!), del EET (el famoso de las vacas locas), de la gripe aviar y de la gripe porcina? ¿Es acaso tan sorprendente que nos haya surgido otro virus emparentado con éstos, todos de animales, pero más veloz en su forma de contagiar? ¡Ya en enero de este año se estaban viendo “sorprendentes” casos de fibrosis pulmonar en residencias de ancianos!
   Nada, nada, no hemos aprendido todavía a anticiparnos y luego nos pillan en pelota picada. A ver si esta vez aprendemos para la próxima, que ya vendrá. Al menos esta pandemia nos va a servir para mirar más por nuestra higiene; no sé lo que pasará ahora, pero me da miedo pensar en los países africanos y sus pobres condiciones sanitarias. Esperemos que se libren, porque de otra forma se va a notar el efecto de manera relevante hasta en la población mundial, visto lo visto. No deja de ser curioso que haya afectado tanto a países desarrollados y no a los otros. ¿Alguien sabe por qué?

KS, 19 de abril de 2020

sábado, 29 de febrero de 2020

El lazo constitucional



AULA 64  Nº31, 24 de febrero de 2020


“El Lazo Constitucional. Explicación
de una propuesta como símbolo político”


Ponente: Nicolás Pérez-Serrano Jáuregui


Por: Kurt Schleicher


   Creo que es la primera vez que nos encontramos con un señor ponente que es a la vez el autor y creador de una propuesta que nos atañe a todos mediante un símbolo integrador de los españoles.
   La creación de nuestro querido Nicolás ya ha sido recogida en el Registro de la Propiedad Intelectual; curiosamente, tuvo que superar algunas dificultades dada su peculiar entidad.



   ¿Cómo y por qué surgió esta idea? Remitiéndome a la felicitación de Navidad que nos mandó, se podría decir que tiene un carácter cabalístico a partir de dos años en los que se repiten números por parejas; por una parte, el 1212, año cercano al final de la Reconquista en el que se unieron los reyes de nuestra piel de toro para forjar la configuración definitiva de la Nación con una clara intención integradora, y por otra el cabalísticamente similar del 2020 que acabamos de iniciar. ¿Por qué no denominarlo “el año del Lazo Constitucional”? Esta es de hecho la propuesta que nos hace Nicolás, dándole la debida forma. Nos encontramos en la actualidad, ocho siglos más tarde, con 19 símbolos territoriales correspondientes a las 17 Comunidades y las dos Ciudades Autónomas que están todas bajo el manto de nuestra Bandera Nacional y coronadas por una corona –valga la redundancia− como Monarquía Parlamentaria que somos, además de mostrar la pertenencia a dos organizaciones a nivel mundial como son la UE y la ONU. Con todo esto, Nicolás ha pergeñado un lazo en el que se han considerado a todas las Comunidades por igual, de manera que ningún español se sienta excluido ni menoscabado frente a los demás y con el que se podrían generar sinergias integradoras en lugar de los afanes independentistas que últimamente flotan a nuestro alrededor.




   Hoy en día nos encontramos con un estado descentralizado y unos españolitos con pocas ínfulas integradoras y una gran desidia, como si sintieran vergüenza de ser españoles y de estar amparados por una Constitución. Si los franceses son chauvinistas por naturaleza, los españoles deben tener en sus genes algo que les hace “anti-chauvinistas”; se olvidan o hasta se pisotean hechos históricos de España de los que debiéramos mostrarnos orgullosos. Esa tendencia se ha intensificado en los últimos años; no vendría mal contar con un cierto revulsivo y el lazo podría constituir (nunca mejor dicho) una manera de ayudar a ello.

   Nicolás nos cita tres ejes de comportamiento:
1: Ciudadanía <> Esencialismo.
2: Unidad <> Diversidad.
3: Énfasis pasado <> futuro y pesimismo <> optimismo.

  Nos encontramos con 19 Estatutos de Autonomía. A Nicolás se le ha ocurrido contabilizar las veces que aparece el vocablo “España” en cada uno de ellos y el resultado  es bastante dispar: desde las 18 veces que se menciona en Andalucía hasta las “cero veces” en el caso del País Vasco. Será que España es “innombrable”, mientras que Estado sí lo es, nos comenta.
  Otra observación: ¿Tendrá algo que ver que el vocablo “España” se encuentre en el diccionario de la RAE entre otros dos tan feos como “espantoso” y “esparadrapo”? ¡Ay!
  Sin embargo, por otro lado, el diccionario de Muntaner, que nos recomienda Nicolás, dedica nada menos que 52 páginas al estudio de España…

  También nos cita “cinco grandes formas de acercarse a España”:
1: Geográficamente, como nación que ocupa la mayor parte de la península ibérica y otras, como el tener una altitud media de 600 m., sólo superada por Suiza, …
2: Iconográficamente, a partir de varias imágenes de distinguidas “señoras”, como “Religión”, “Libertad” y “Justicia”.
3: Históricamente: desde los fenicios y cartagineses, etc. hasta nuestros días.
4: Etimológicamente: Hispania se puede haber formado de “pania+is”, “espansión” o las curiosas de los fenicios (“conejo”- por entonces debía haber muchos) o la de los cartagineses como “tierra poco poblada”
5: Políticamente: España <> Estado Español

   También nos comenta que los honores pueden tener carácter masculino o femenino, pues a los hombres ilustres se les suelen conceder cruces, mientras que a las señoras asimismo ilustres se les conceden lazos o encomiendas.

    En cuanto a la simbología, Nicolás nos hace una serie de reflexiones, como que se podría hablar de “coagulación nacional”, que “solo se habla de España cuando las cosas van mal” o que, curiosamente, “el fútbol une más a los españoles que cualquier otra cosa”. Y ya, rizando el rizo, nos comenta respecto a los orígenes que “Cataluña” viene de “godos y alanos” y “Andalucía” del alemán “Landlos”(=sin tierra).
    Nos habla también de la diferencia que existe entre “patriotismo” y “nacionalismo” incluyendo lo que es “el amor a España”. A continuación nos lee unos preciosos versos de manufactura propia, pero todo esto se me sale ya de lo que es esta reseña y váis a tener que buscarlo cuando nos llegue el texto completo de su creación.

    En la segunda parte nos presenta una gran cantidad de imágenes<>símbolos colocándoles a todas ellas el lazo constitucional y con una determinada simbología.

      Siguiendo con la misma tónica, me acerqué hoy casualmente por el edificio del Congreso y me encontré con un par de sorpresas: en una particular ventana de la última planta había aparecido otro lazo (¿por qué sería?) y alguien había colocado otro a los leones que están en la puerta, a modo de celebración (ver fotos). Caramba, caramba, ya empezamos a ver los efectos…




     A mí se me ha ocurrido que, ante todo, el lazo constitucional debiera rodear al propio Nicolás como autor y creador del mismo (ver foto), lo que me lleva a otra idea: ¿por qué no encargar la fabricación de “bufandas - lazos constitucionales” con destino a los diputados que quieran mostrar su talante constitucionalista? También podría servir para el público en general, pues aparte de dar abrigo, podrían mostrar así una adhesión simpática a la Constitución.


   Y ya puestos, tampoco le vendría mal a nuestro Ramiro proveerle de este simpático símbolo (ver fotos).



   Tras escuchar durante dos horas la magnífica disertación de Nicolás, pienso que es un lujo haber estado presente; creo que pocas personas serían capaces de bordar de esta forma un tema como éste y dar un ejemplo así de creatividad. Enhorabuena…

   Después, como es ya habitual, nos acercamos unos cuantos de los asistentes a celebrar nuestra cena en la Residencia de Estudiantes unidos por ese espíritu que no sólo no desfallece, sino que se incrementa con el tiempo… Y que dure…

   KS, 29 de febrero de 2020










sábado, 18 de enero de 2020

La copia cuántica






La copia cuántica.
      Por Kurt Schleicher

 Soy radiólogo y esta profesión ha tenido un impacto impensable en los aspectos sentimentales de mi vida. ¿Qué tendrá que ver lo uno con lo otro? A ver si lo puedo contar, pues no es fácil.
Siempre me ha fascinado la Resonancia Magnética (RMN) y su utilidad para visualizar los tejidos del cuerpo humano, pues ése ha sido el objetivo de que existan estos aparatos en la gran mayoría de los hospitales; un día me pregunté si no podrían valer para otra cosa y de esta idea dio comienzo algo que ha marcado mi vida.

Empecemos por el principio, cuando yo tenía diecisiete años; ya han pasado cuarenta desde entonces.  Éramos un grupo de amigos  -entonces se llamaba “pandilla”- en el que no faltaban chicas de nuestra edad; algunas eran recién llegadas. Un buen día, durante una excursión, estábamos distrayéndonos con un juego de grupo que consistía en cogernos de la mano todos en cadena "chico-chica" formando un círculo y apretar de vez en cuando, estando uno de nosotros en el centro con la misión de descubrir dónde se había producido el apretón o  “chispazo”. Si lo descubría, tenía que indicar dónde había sido y los afectados debían abandonar la cadena. A mi lado tenía una guapa chica, morenilla y de mirada cálida y chispeante, a quien tenía cogida de la mano; cada vez que me enviaba una “señal” con su suave y pequeña mano, yo reaccionaba con un estremecimiento. ¿Sería acaso un nuevo fenómeno eléctrico? Pues no, era más bien magnético, pues empecé a notar una extraña atracción por aquella muchacha, lo que se evidenciaba por mi mirada embobada a la profundidad de sus almendrados ojos; esto hizo que se nos descubriese pronto y tuvimos que salir del juego. Así empezamos a hablar; ella había empezado Biológicas y yo Medicina, y además me había matriculado en Físicas.

Empezamos a salir, primero en grupo y después ya solos. No se me olvidará el primer beso, que si es de un primer amor, resulta inolvidable. Era estupendo, pues todo era muy sencillo, sin compromisos ni promesas. Sólo existía el presente. Seguimos así los años que faltaban para terminar la carrera, aunque empezamos a vernos cada vez menos; los estudios nos obligaban a reducir nuestros encuentros. Ella se decantó por la Antropología y yo me especialicé en Radiología. También es posible que el chispazo original se hubiera ido apagando y que siguiéramos juntos “por costumbre”… y que nos estábamos haciendo mayores. Faltando poco para terminar nuestras carreras, me dije que lo suyo sería casarse, tener hijos y formar una familia, que era lo normal en aquella época; total, como si fuese lo más normal del mundo, un buen día se lo propuse. No podía yo imaginar su reacción, pues agachó su cabecita y después me miró triste con sus preciosos ojos almendrados.
  Me emociona tu petición, pero no puedo aceptar. Me ha salido una beca para dedicarme a buscar fósiles de dinosaurios en Perú y un probable trabajo allí; no puedo desaprovechar esta oportunidad. Me temo que tendremos que esperar…
Aquello me dolió como una patada en el estómago; lo primero que me vino a la mente fue dejarla allí plantada, pero después recapacité dándome cuenta que tenía razón, así que me tragué mi amor propio. Además, yo tenía un problema parecido, pues me había salido una excelente oferta para trabajar de radiólogo en uno de los más avanzados hospitales de Madrid. Por aquél entonces pocas personas sabían qué era eso de la RMN y la radiología era sinónimo de radiografías y ecografías; yo estaba convencido que aquella técnica nos permitiría mejorar mucho la calidad de las imágenes de los tejidos humanos, en especial zonas blandas, no visibles para los rayos X y en aquél hospital se me brindaba la oportunidad de desarrollarla.
Al final, tras el primer disgusto, decidimos separarnos, manteniendo contacto epistolar. Ella se fue al lejano Perú y yo me quedé en Madrid, aunque tuve que viajar con frecuencia al extranjero para empaparme de los últimos avances en la resonancia magnética y conocer de primera mano cómo funcionaba aquello en los hospitales foráneos donde ya lo habían instalado; la verdad es que se estaba imponiendo. Los enormes aparatos, pese a su alto coste, se fueron implantando también en España, empezando por Barcelona y Madrid, así como en mi hospital. Al cabo de poco tiempo, me nombraron jefe del departamento de radiología. Podía estar contento; ¡trabajaba justo en lo que me gustaba; no todo el mundo podía decir lo mismo! Sin embargo, me había olvidado de mí; mis padres habían fallecido, yo me había dedicado en cuerpo y alma a mi profesión, pero cuando recibía alguna carta de Perú a la vez me alegraba pero también sufría cada vez más un sentimiento de angustia y tristeza. Me faltaba ella; nunca había pensado que la necesitaría tanto. ¡Hasta pensé en dejarlo todo y marcharme por sorpresa al Perú!
Al principio nos escribíamos cada semana, después cada mes y al final nos carteábamos sólo en Navidades. Pasados varios años, hasta eso desapareció. Decidí que tenía que quitarme de encima mis soledades investigando más en el fenómeno físico de la resonancia magnética y descubrir para qué otros usos podría servir. Eso me distraería.

A ver si puedo describir en pocas palabras cómo funciona eso de la RMN. Se aprovecha la liberación de energía de núcleos de hidrógeno magnetizados y puestos en línea en la misma dirección del campo magnético aplicado;  cada uno gira sobre un eje  produciendo un momento magnético. La liberación de energía se produce al hacerles volver a su posición de equilibrio por medio de impulsos magnéticos. Se utilizan núcleos de hidrógeno, que son sólo protones; el cuerpo humano  está compuesto de este elemento en su gran parte. Los niveles energéticos originan, convenientemente medidos y reproducidos, imágenes en diferentes tonalidades de grises, según sea la cantidad de energía liberada. Esa es la imagen que obtenemos; el tiempo que tardan los protones en recuperar su equilibrio es una característica diferente para cada tejido humano y así podemos distinguirlos. He de decir que todo esto es mucho más complejo, pues interviene el movimiento de precesión causado por el spin separándolo de la dirección del campo magnético y los impulsos de radiofrecuencia que se emplean para perturbar a los protones y sacarlos de su estado de equilibrio, pero para contarlo todo bien necesitaría toda una especificación y esto ya no sería un cuento…
A mí me traía loco el movimiento aquél de giro de los protones llamado spin, que al aplicarle un campo magnético, podría ser paralelo o anti-paralelo; el primero se podría asimilar para entendernos a un sacacorchos perforando el corcho en el sentido de las agujas de un reloj y el segundo en girar el sacacorchos en sentido contrario, dejando el corcho donde estaba. Y sólo existen estas dos posibilidades. Yo me pregunté qué sucedería en el cuerpo humano si lo magnetizábamos con el spin invertido, igual que si fabricásemos un sacacorchos con el fileteado al revés: girando en el sentido de las agujas del reloj no profundizaría en el corcho, sino que se saldría. Como tenía a mi disposición varios equipos de RMN, estaba en una posición estupenda para investigarlo, pero me lo tomé con calma empleando mis ratos libres, fuera de las horas de oficina. Resultado: que iba a mi casa de solterón sólo para dormir.

Sí, me había vuelto un solitario; las mujeres que fui conociendo, o eran profesionales para calmar mis impulsos físicos o no provocaban mi interés; suerte que internet pudo solucionar parte de esos problemas, pero nunca a plena satisfacción.
Según iban pasando los años no volví a recibir cartas de Perú; empecé a escribir entonces febrilmente, pero no obtenía respuesta alguna. “Claro; se habrá casado o me debe haber olvidado…”, me decía yo.  Y mi desazón empezó a crecer cada vez más.
Ya no me calmaban ni siquiera mis trabajos. Decidí investigar; suponía que sus padres ya habrían fallecido, pero recordé que tenía unas primas. Tras mucho esfuerzo, logré encontrar a una de ellas; ni corto ni perezoso me personé en el domicilio que había averiguado.
Allí me recibió en efecto una señora de mediana edad, a la que recordaba haber visto en alguna ocasión hacía muchos años. Tras la sorpresa inicial al decirle quién era, me invitó a pasar, pues tenía que comunicarme algo.
Me temo que tengo malas noticias me dijo insegura y retorciéndose las manos mi prima de Perú, como la conocíamos, ha fallecido en un trágico accidente, tras despeñarse en una zona montañosa muy abrupta haciendo unas excavaciones. De eso hace ya ocho años; no sabe cómo lo siento…
A mí se me vino el mundo encima; casi me desmayé allí mismo. ¡Pobrecilla! ¡Y yo suponiendo que me había olvidado!
Antes de marcharme me dijo la fecha exacta del accidente y dónde estaba enterrada. Mi primer impulso fue viajar hasta allí para ver su tumba, pero luego sentí una enorme furia contra mí mismo; ¡no había sido capaz de buscarla cuando estaba viva! ¿Qué sentido tenía que lo hiciera estando muerta? ¿De qué serviría? No la podría resucitar…

De repente me vino un pensamiento; “nada es imposible”, me dije. Había leído lo suficiente por mi afición a la física teórica como para pergeñar un plan absolutamente fantástico; me había llamado la atención todo aquello del Multiverso, de la Teoría de Cuerdas con sus múltiples dimensiones, la existencia según la Teoría de Historias Múltiples de Richard Feynman de muchos universos como el nuestro y los diferentes destinos asociados a cada una de esas Historias según la Física Cuántica, basada en probabilidades.  Me llamó especialmente la atención la existencia de un Universo Espejo del nuestro, igual que el que conocemos, con las mismas personas y su mismo entorno. ¡Hasta el destino de cada persona sería el mismo, en tanto no sucediera algo externo que lo modificase! Todo aquello sonaba a absurdo, pero los sesudos científicos parecía que se lo tomaban muy en serio.
¿Y si fuera verdad?, me pregunté. “Bueno, aunque lo fuera, a ver cómo puedo yo viajar a ese Universo Espejo…”, me dije. Es inútil, pensé. Además, no se puede viajar en el tiempo hacia atrás, como ya afirmó Stephen Hawking en su Teoría de la Protección Cronológica; si alguien viajase al pasado podría matar a su padre antes de concebirle y no podría haber nacido, lo cual sería absurdo…
Dando vueltas  a todo aquello incluso en sueños, una noche caí en la cuenta que si había varios universos, es verdad que dentro de cada uno no se puede ir al pasado, pero eso no significa que tenga que ser así si nos moviésemos a otro universo diferente, por ejemplo, a ese Universo Espejo donde habría “una copia cuántica” de nosotros mismos; allí debía haber un tiempo diferente, independiente del nuestro. ¡Bien!
En otra de esas noches en vela se me ocurrió otra asociación; se me apareció la imagen del spin y el sacacorchos. ¿Y si fuera capaz de crear en uno de mis equipos de RMN un spin “antisimétrico”, que no existe en este mundo? ¿Y si fuera ésa la llave para acceder al Universo Espejo? ¡Naturalmente! Toda la materia en aquél mundo-espejo debería ser igual al nuestro, sólo que con el spin cambiado; más aún, como ese universo podía estar junto al nuestro pero en otra dimensión, no habría ni que viajar. Tras modificar el spin, automáticamente se debería acceder al otro universo, pues el nuestro me rechazaría de forma inmediata y sería “absorbido” por el otro. Me puse a investigar y desarrollar un método para lograrlo… y al final lo conseguí. Para verificarlo experimentalmente, sólo podría hacerlo conmigo mismo como cobaya, pero para eso me quedaban antes más asuntos por resolver, siendo el fundamental cómo moverme en el tiempo y poder aparecer en una fecha determinada. Tras analizarlo matemáticamente, descubrí que la precisión resultaba muy pobre, pudiendo fallar en meses o  hasta en años. Logré computerizarlo haciendo uso de los microtúbulos del cerebro que están dentro de las redes neuronales, pero la imprecisión temporal parecía ser insalvable. Esto me permitiría, sin embargo, controlar mentalmente el proceso.
Era consciente que existían multitud de incertidumbres, pero ya estaba lanzado y no podía parar. Mi plan era trasladarme a nuestro propio mundo equivalente del Universo Espejo en una fecha anterior al accidente y poder así evitarlo, salvando a mi amada o al menos a su copia cuántica. A efectos prácticos, sería igual que resucitarla. Parecía de locos, pero yo estaba desesperado.

Tras dos años logré desarrollarlo todo, pero faltaba el experimento; tenía que hacerlo y acertar a la primera. ¡Y que funcionase! Decidí darme el margen de varios años hacia atrás para salvar la imprecisión temporal; si llegaba demasiado pronto sería mucho menos arriesgado, pues así siempre podría avisar con antelación. Lo terrible sería que llegase demasiado tarde…
Se me ocurrió proveerme de unos cuantos soles, moneda de aquél país, y de algunos resultados de lotería que localicé en internet; si llegaba antes del sorteo, sería muy probable que tocase el mismo número, salvo incidencias inesperadas. Esto resolvería potenciales problemas de efectivo en aquél otro mundo.
Ya lo tenía todo pensado y planificado, pero era consciente del enorme riesgo ante tal cantidad de incertidumbres, incluso que no funcionase nada en absoluto.

A las 21:30 del día “D” me tumbé en mi equipo del hospital. Tenía que concentrarme en la fecha a la vez que pulsaba el interruptor que ponía en marcha el proceso. Cerré los ojos, a la vez que oía el zumbido cada vez mayor del equipo y recuerdo que me quedé inconsciente.
Abrí los ojos y observé que estaba todo oscuro; seguía tumbado en la misma posición. Al levantarme me di un golpe en la cabeza; con mis ojos ya acostumbrados a la oscuridad vi que me rodeaba una campana. ¡Aquello debía ser un equipo de RMN! Pero, ¿dónde? Yo había dejado la habitación iluminada… Tras incorporarme, busqué medio a tientas un interruptor de luz; descubrí entonces que no era mi equipo; ¡era otro! Desde luego, estaba en un hospital, ¿pero cuál? Procurando no tropezarme con ninguna persona, salí de aquél recinto; en efecto, era un hospital. Me crucé con varias enfermeras y médicos llevando unas batas de color azul claro, no habituales en Madrid. Me dirigí hacia la salida; el reloj de pared indicaba que eran las siete de la mañana, no coincidiendo con la hora de mi reloj, 21:40. ¡Algo había pasado, desde luego! Si estuviera en Perú, deberían ser las tres y media de la tarde… Al salir a la calle, no reconocí nada; de repente vi una caja de aquellas en las que se podían coger periódicos gratis. Con las manos temblorosas, busqué la primera plana. ¡Estaba en Lima! Volviendo la vista atrás, el hospital que había dejado se llamaba San Juan de Lurigancho. ¡Había funcionado! Me sentí exultante y de repente recordé que no había mirado la fecha. Del susto dejé caer el periódico; ¡había retrocedido más de veinte años! ¡Claro, con mi miedo de dejar un margen amplio, me había pasado; faltaban doce años todavía para que sucediese el accidente! Traté de tranquilizarme; mejor así que no al revés… al menos ya no tenía prisa. Viendo los coches, desde luego eran modelos más antiguos.
Del remite de sus cartas tenía su dirección, así que tomé un taxi; me dejó delante de un moderno chalet, no muy grande, en una urbanización de buen aspecto, aunque sin lujos.

Con los latidos del corazón a todo trapo, llamé al timbre; en pocos segundos me reencontraría con “ella”. Era aún muy temprano, por lo que supuse que estaría en casa. En la puerta apareció un hombre de unos treinta y tantos años que me resultaba familiar, dirigiéndose a la de la valla donde yo estaba. Pregunté si ella vivía allí y asintió, abriendo la puerta y acompañándome al interior.
¿Qué desea? me preguntó mirándome de hito en hito.
Pues vengo de su tierra natal, de España, por un asunto familiar respondí. Desde luego, yo a aquél tipo lo había visto antes, pero no lograba identificarle. Como estaba muy ansioso por encontrarme con ella, no era capaz de razonar. Pasamos ambos al interior de la casa.
¡Cariño, tienes visita de Madrid! exclamó el otro, provocándome un estremecimiento. “¡Cariño, había dicho! ¿Sería entonces su marido?”, pensé, y se me vino el ánimo al suelo.
La reconocí enseguida, con sus ojos almendrados y todavía con aspecto juvenil. Intenté abrazarla, con un poco de timidez, pero me miraba con gesto espantado.
¿No me has reconocido? exclamé con mis pulsaciones a cien.
Tú, tú… él, el… balbució y se desmayó en mis brazos.
El otro se acercó corriendo y quiso que se la traspasara, pero yo no quise, sentándome con ella todavía entre mis brazos en un sofá. En eso apareció un niño de unos tres años, corriendo torpemente hacia su madre.
“¡Mami, mami…!” exclamaba el chavalín, logrando despertarla al cabo de unos segundos.
Tráigale un poco de agua, por favor le pedí al otro, sin soltar a mi presa. ¡Después de tantos años sin verla, no tenía ningunas ganas de separarme de ella!
Poco a poco abrió los ojos y yo seguí mis impulsos ante aquella mirada, dándole un dulce y suave beso en los labios. Tras unos segundos que me parecieron eternos, ella me miró con preocupación y se separó de mí, con los ojos muy abiertos.
¿Quién eres? No puede ser que seas tú; te pareces mucho a él…
¿Quién es “él”? respondí, confuso,
En ese momento entraba el otro con el vaso de agua en la mano.
Pues él eres tú… pero más joven soltó ella entre balbuceos.
Me volví a mirar al otro, que se había quedado inmóvil con el vaso de agua en la mano y con una expresión de sorpresa.
Es verdad que nos parecemos mucho, desde luego, pero todo eso deben ser fantasías afirmó mi “sosias” juvenil A ver, ¿cómo nos conocimos ella y yo?
Bueno, ella Y YO remaché mucho el “yo” nos conocimos en la sierra de Madrid dándonos apretones de mano jugando en círculo con nuestros amigos…
Ahora fueron ellos dos los que se quedaron mudos de asombro.
Debo explicaros algo dije, pues yo tenía la ventaja de conocer toda la historia y os ruego que tratéis de seguirme en el relato.
Yo soy efectivamente “tú” y tú eres “yo”, sólo que veinte años antes de “mi” tiempo afirmé Si tú eres en efecto yo, te habrás empezado a aficionar a la física teórica y me entenderás. Yo soy tu copia cuántica en un mundo idéntico al nuestro en un Universo Espejo de éste, pero en un tiempo diferente, lo cual no ha sido intencionado, hasta cierto punto en ese momento dirigí mi mirada hacia ella con cariño El objetivo que me ha movido ha sido salvarte la vida, pues en “mi mundo” te despeñabas en un risco de una montaña de aquí, en Perú, según pude saber por tu prima, cuando ya habían pasado más de ocho años de ese hecho. Tenía que advertirte o evitarlo, sólo que ahora es posible que ya no suceda, pues mi realidad ya no es la misma que la de aquí, provocada por algún hecho que ha cambiado la línea del devenir.

Me di cuenta que mi otro yo empezaba ya a entender todo aquello; a ella le entró de repente una risa histérica.
─ O sea, que ahora me encuentro de golpe y porrazo con dos maridos, uno joven y otro mayor, y con uno tengo un hijo ─ soltó ella entre carcajadas nerviosas ─ ¿Y ahora, qué hacemos?
Nos miramos los tres en silencio, tras el cual yo inicié una serie de preguntas.
─ ¿Tú eres radiólogo?
─ Sí; trabajo en el hospital de San Juan en Lima…
─ Pero tú deberías estar en el hospital de Madrid, no aquí…
─ Sí, pero tras pasarnos varios años escribiéndonos ─ dijo “mi otro yo” mirando también con cariño a su mujer ─ no resistí seguir viviendo lejos de ella, investigué y pedí plaza en este hospital en Lima para vivir juntos. Así, en un plazo bastante corto, le pedí casarnos y ella aceptó. El resultado ya lo ves, este precioso niño a sus tres añitos.
Me quedé mirando al niño; ¡así que ese era “mi” hijo, sólo que “yo” no era quien lo había concebido! Reflexioné, entre que los dos me miraban todavía con cierto estupor. ¡Cuando yo deseé marcharme a Perú pero no lo hice, se conoce que mi “yo en este mundo” fue capaz de romper el destino decidiendo y tomando acción para encontrarse con su – con nuestra─ amada, rompiendo amarras y hacer realidad su – nuestro − sueño! ¡Ése había sido el punto de deflexión del destino! Se me saltaron las lágrimas; ¡estaba viendo lo que podría haber sido MI futuro y no la triste realidad quedándome en Madrid convirtiéndome en un ser solitario por mi falta de decisión!

Estaba claro; el que sobraba allí era yo. Ni siquiera era mi mundo. Todo el trabajo que me había tomado no había sido necesario, pues otro se me había adelantado; al romper el destino evitó, sin saberlo, la muerte de mi – nuestra − amada, que ahora seguiría viva en cualquier caso.
Miré a mi otro yo − ¿debería decir “me miré”? − y pensé que, siendo él yo, podría ofrecerle mi trabajo de años para que él lo desarrollara en Lima y de paso me podría quedar un breve tiempo allí teniendo cerca a la persona que seguía amando y contemplándola. Total, ¿de qué me quejaba? “Yo” me había casado con ella, éramos felices y habíamos tenido un niño precioso… y sobre todo ella ya no moriría en un accidente.
─ Os dejo estos resultados de lotería, a ver si hay suerte y salen premiados los mismos. Podría resultar un buen regalo de despedida ─ les ofrecí el día que decidí marcharme, con una sonrisa.
Me despedí de ella con un intenso abrazo y un interminable beso que nunca olvidaré. Mi otro yo ni se inmutó; ¿se pueden tener acaso celos de uno mismo? Igualmente, cogí a “mi hijo” en brazos, disfrutando de su contacto. Me había cogido cariño, aunque no llegó a llamarme “papá”. Mejor así, no fuera que soltase en su colegio que “tenía dos papás”…
“Yo” me acompañó al hospital para facilitarme la entrada sin que nadie me viese; a hurtadillas fuimos a donde estaba el mismo equipo con el que había llegado. Antes de tumbarme, nos abrazamos – debo ser la única persona en el mundo que ha podido abrazarse a sí mismo – y ya puse en marcha el proceso que ya conocía.

Todo fue aparentemente bien. Me desperté dentro de mi equipo de RMN en el hospital. No había duda; era el mío en Madrid. Miré la hora: marcaba las 21:35. Me estremecí; ¿no se habría tratado todo de un sueño? 


Kurt Schleicher, 18 de enero de 2020.