miércoles, 2 de septiembre de 2020

Camisas de serpiente

 

Camisas de serpiente

                                                                                 Por Kurt Schleicher

 

Este cuento filosófico se me ha ocurrido por la situación de desafección impuesta que sufrimos por  culpa del Coronavirus y que nos dificulta ahora el perpetuo anhelo del ser humano de ser felices.  

 Lo podría haber titulado “Bú​squeda de la felicidad en tiempos adversos" o "Satisfacción y felicidad", pero me han parecido títulos demasiado “cartesianos”. 

 Inconscientemente ​o por revanchismo irracional ante el Covid 19, las personas (ahora en especial los jóvenes) confunden la felicidad con la satisfacción desmedida, con lo que la prevención se olvida y los brotes aumentan. Y ahí estamos…

                                                       

 


    Gerardo era un hombre corriente. Se había formado en un buen Instituto desde los años cincuenta y su bagaje colegial era normal, de la media alta, tanto con las ventajas como con los inconvenientes si comparamos con la educación actual medio siglo más tarde. Es evidente que en aquellos años no había que preocuparse por  la degradación de las costumbres (algo impensable entonces),  dado que nuestro entorno estaba debidamente “protegido” por los educadores franquistas de la época por un lado y los representantes eclesiásticos por otro. Así no había escapatoria.

    “¿Éramos felices entonces?”, se preguntaba Gerardo, y no sabía responder. Es difícil que la felicidad sea un concepto global, pues es más bien un comparativo: “Yo soy más feliz que ése”, suele decir la gente y no sería nada improbable que ni siquiera fuera así. Quizás fuera más corriente la frase opuesta “Soy menos feliz que ése…”, recordando que a la envidia se la considera el vicio nacional. Más bien seríamos “felices inconscientes”; no era fácil en aquél entorno salir de la parcela asignada, en la que además se nos inculcaban determinados valores intrínsecamente buenos: el valor de la palabra dada, la honestidad, la importancia de cumplir las promesas, etc. Se le podría llamar el “bien natural”. Que eso haga feliz es cuestionable, pero no cabe duda que desgraciado no.

   Ya desde lo que se llamaba entonces la Preparatoria nos inculcaban cierto espíritu competitivo, lo cual parecía ser conveniente pensando en un futuro por entonces todavía lejano; nunca se sabe  si eso funciona como con los idiomas, que desde más pequeños se aprenden mejor. Por otro lado, aquello de adelantar puestos en las filas de la clase en función de mejores resultados en exámenes o preservar la clase “A” para la élite de los buenos podría dar buenos resultados, en tanto se dejara a un lado la frustración de los demás. Tenía truco: bajar de clase podría bajar la auto-estimación, pero también podría ser un acicate para el que supiera reaccionar y así lograr un mejor bagaje de conocimientos al verse forzado a estudiar más. En cuanto a preservar una clase de “élite” frente a otras, no parece ser una buena idea, más aún cuando todos sabemos que eso es algo muy subjetivo y que además después se polucionó cuando se consideraron otros criterios (idioma, etc.). Todo esto recuerda a la educación francesa, que sí está muy dirigida a la formación de una “élite” a lo largo de todo el periodo educacional y desde muy pequeños se les educa para que se esfuercen en ser “números 1”. De mayores, ya en la universidad, se crean escuelas especiales, que es de donde salen los presidentes, directores, políticos relevantes, etc. Los que entran ahí tienen su futuro asegurado (un ejemplo típico es la École Polytechnique para los ingenieros). Volvemos a lo mismo: los que se quedan fuera tendrán que conformarse. Igual pasa con las universidades de prestigio en los países anglosajones.

   Como todos pretendemos  instintivamente ser felices, tendemos a soslayar quedar relegados y reaccionamos a medida del carácter de cada uno. ¿Qué hacemos entonces? Salvo que seamos de los realmente buenos, al menos en coherencia con las notas, lo que instintivamente procuramos es que “nos vean” como de los buenos, en especial en todos los aspectos de la vida frente a aquellas personas que no nos conocen o que tengan la responsabilidad de evaluarnos en determinado momento. Ya sabemos que si desde un buen día te “catalogan” de estar entre los “malos”, quitarse ese sambenito de encima no era fácil y te podía perseguir durante mucho tiempo.

   Según fue creciendo, Gerardo pasó al entonces llamado “Bachillerato Elemental” de cuatro cursos con una reválida al final, seguido del Bachillerato Superior con otra Reválida, condición para pasar a un curso Preuniversitario, al que tampoco le faltaba otro examen filtro para aquellos que ansiaran ser universitarios y crearse lo que entonces se llamaba un “porvenir decente”. El sistema parecía razonable, pero eso no quiere decir que fuera justo; había casos singulares que se veían forzados abandonar en cualquiera de estas etapas de corte por razones que nada tuvieran que ver con su capacidad intelectual o bien sencillamente por no tener suerte en los momentos clave de los exámenes. Gerardo lo tenía claro desde la época de Preparatoria con tanto afán competitivo: tenía que llegar a la Universidad “sí o sí”, el “no” no era una opción. Él se daba cuenta de que no era de los “super-buenos”, que nunca tendrían esa preocupación (aunque sólo fuera porque lo normal es que fueran lo suficiente inteligentes como para no tenerla), sino que debía hacer un esfuerzo por parecerlo. Él también era de los que debían esforzarse para que los resultados de los exámenes crecieran al final de curso de notable a sobresaliente, pues por debajo nunca iba a tener la opción de poder figurar entre esos “mejores” que ansiaba. Los inteligentes de verdad no necesitan hacer tantos esfuerzos (si es que somos capaces de definir lo que es la inteligencia, incluyendo en ello al sentido común).

   Una vez superado con relativa brillantez el Preuniversitario y las pruebas de Madurez correspondientes, pudo matricularse en la Universidad. Gerardo ya había analizado sus propias cualidades, pues una vocación clara y diáfana no tenía (envidiaba el caso de un compañero de clase que ya desde los ocho años sabía que quería ser ingeniero aeronáutico, y además, acababa de matricularse en esa Escuela). A falta de vocación, Gerardo era consciente que el diseño se le daba bien, le gustaba, poseía dotes creativas y tenía facilidad de ver en el espacio, así que se matriculó en la Escuela Superior de Arquitectura. Sería arquitecto.

   En la carrera siguió la misma tónica; su media era de “notable alto” – bien ─ pero muy pocas veces destacó en algo que pudiera catalogarse de “maravilloso”, por mucho que lo intentara. Sus proyectos no llegaban a ser rompedores, aunque hay que reconocer que unos cuantos eran originales.

   Como suelen hacer los arquitectos recién titulados, se colocó en un estudio de Arquitectura. Pensó que necesitaba destacar, por lo que desarrolló unas artes complementarias para su persona: estar a la moda, vestir bien (excepto que los jefes fueran a contracorriente), exhibir capacidades de llegar fácilmente a acuerdos en caso de disputas, no ser contestatario, pero sí capaz de exponer sus opiniones con mucha claridad. Odiaba ser “pelota” o, al menos, que se pudiera creer que lo fuera. Tampoco quería que alguien pensara que era un “trepa”; lo único que realmente pretendía era destacar y que contasen con él antes que con los demás, “ésos del montón”, como los llamaba él.

   Todo llegó. Un buen día el jefe pasó a su lado y le indicó que le siguiera a su despacho.

    ── Gerardo, tengo algo para ti, una buena oportunidad ── una amable sonrisa le iluminaba la cara.

   Gerardo se esponjó, naturalmente.

    ── Verás ── continuó su superior, ya sentados frente a frente en el despacho ── estamos asociados a un estudio parisién de muy buena fama y me han pedido que les mande a uno de mis mejores arquitectos para intercambiar experiencias; he pensado que tú eres el más indicado. El trabajo te llevaría al menos un mes, en función de cómo resulta todo. Ya te contaré los detalles y lo que queremos sacarles.

   Gerardo se esponjó todavía un poco más, ajustándose involuntariamente el nudo de su exquisita corbata de seda.

    ── Puedes contar conmigo, por supuesto; te agradezco la confianza. No te defraudaré. Para ser sincero, me extraña que no hayas elegido a uno de nuestros dos “lumbreras”, José María y Segismundo…

    ── ¡Hombre, no querrás que prescinda de ellos, aunque sea temporalmente!

   Nada más decirlo, el jefe se dio cuenta de su falta de tacto, así que se corrigió inmediatamente, frunciendo el ceño.

    ── Te repito que tras analizar tus cualidades, estoy convencido que eres el más indicado, mejor aún que ellos para esta labor. Posees un francés razonable y esta labor requiere mucha mano izquierda y tú la tienes…

   Gerardo se calmó un poco, pues también había captado el pensamiento de su jefe, aunque luego quisiera dar marcha atrás. “No seré el mejor, pero sí el más indicado y te lo voy a demostrar…”, pensó para sí.

   Gerardo ya estaba casado y había tenido tiempo de diseñar su casa y terminar su construcción con un amigo aparejador; era un chalet independiente en un terreno algo alejado del centro de Madrid, pero las limitaciones del presupuesto no le habían permitido pensar en “gollerías” ni otros lujos.  Le había salido “demasiado ajustado” para su gusto, pero no quería meterse en aventuras que después no pudiera pagar, aparte de que los créditos bancarios por entonces tenían unos intereses brutales. Para una familia con dos niños la casa estaba bien, y como era un buen planificador, tuvo lo previsto: la parejita.

   El estudio de París de la compañía asociada era de otro nivel: amplio, ultramoderno, con vistas incluso a la Torre Eiffel, y, sobre todo, que su situación era boyante. Tenían bastantes pedidos. Gerardo se puso manos a la obra, con entusiasmo. Le habían concedido un gran despacho para él sólo. “Algún día tendré uno así…”, se dijo.

   Tenía la impresión de haber caído bien; tuvo la precaución de estudiar cuidadosamente la idiosincrasia de los franceses y en especial del mandamás, con el que salió a cenar en varias ocasiones, desplegando todo su arte de “pavo real”. Su mujer prefirió quedarse en Madrid, sobre todo por los niños, de forma que ahora tenía las manos libres y nadie que le dijera “eso sí, esto no…”, lo cual estaba deteriorando su convivencia. “Un periodo alejados tampoco viene mal”, se decía.

   El trabajo consistía en desarrollar dos Proyectos de una casa unifamiliar, cada una en un entorno diferente en el extrarradio de París. Estaba convencido de que los franceses ya tenían ambos desarrollados en secreto, de forma que debía esforzarse al máximo. Decidió que podía ser un superhombre y no se puso límite de tiempo para sí, restando incluso horas al sueño. El Proyecto se convirtió en obsesión. “Tengo que ser mejor y más brillante que todos los demás”, se dijo.

   Al finalizar el periodo parisién, se reincorporó al estudio en Madrid. Su jefe le estaba esperando. Gerardo estaba ansioso por hablar con él.

   Su superior le miraba con rostro imperturbable.

    ── Tengo una carta de Monsieur Thomas, Gerardo. Te la voy a leer:

“Le comunico con satisfacción que de los dos proyectos elegidos, uno de ellos ha correspondido al que nos diseñó su arquitecto Monsieur Gerardo.  Por lo tanto, este Proyecto ahora está enteramente en sus manos. Enhorabuena”

   El jefe iluminó su rostro con una ancha sonrisa.

    ── Pues eso Gerardo, enhorabuena, mi más sentida enhorabuena; has superado mis expectativas…

   Esto fue el comienzo de una carrera imparable, cada vez con más responsabilidades; Gerardo se hizo con el puesto de Director como sucesor de su jefe, después le llamaron también de Estados Unidos, y así, empezó a coleccionar cada vez más retos.

   Las consecuencias eran imaginables: todo lo que no fuera trabajo fue pasando a un segundo plano, si bien es cierto que no descuidó nunca la educación de sus hijos. Su mujer se terminó acostumbrando. La niña le preguntó un día que por qué llegaba tan tarde todos los días y no como los otros padres, lo que constituyó un primer aldabonazo de reflexión para Gerardo. Claro, se quedaba trabajando en su precioso nuevo despacho con su mesa especial de trabajo, cosa que no podía hacer en su casa, y las horas se le iban de entre las manos. La reacción de su hija le hizo pensar. “Algo estoy haciendo mal; me temo que no estoy asignando bien mis prioridades…”, se dijo. Pero al día siguiente, nada cambió.

 

   Un buen día detectó un movimiento extraño en el césped de su jardín. Era una bonita culebra, de colores muy vivos, que estaba mudando en aquél preciso momento su vieja camisa y aparecía reluciente en su nueva piel. La culebra no pareció tenerle miedo según ejecutaba su peculiar “strip-tease” y Gerardo la siguió fascinado durante todo el espectáculo hasta que desapareció. A Gerardo le gustaban las serpientes. No le repelían; su mirada hipnótica, su graciosa lengüecilla bífida y móvil, su tacto, sus movimientos ondulantes como una bailarina de los siete velos le encantaban.

   “Mirando hacia atrás, creo que en esto todos nos comportamos en la vida igual que las serpientes ─ reflexionó ─ nos estamos cambiando constantemente de camisa; ellas lo hacen para renovarse, pero nosotros lo hacemos más bien para brillar ante los demás o proyectar la imagen que queremos de nosotros mismos hacia otros. La pregunta del millón es: ¿es eso algo tan trascendente en nuestra vida como para que le dediquemos todos nuestros esfuerzos? Parece lógico que queramos hacer bien nuestro trabajo, pero siempre que sea una creación nuestra y no corresponda a una dependencia laboral. ¡Y eso a la largo de toda nuestra vida en sus diversas etapas, en especial en la profesional! ¡Nos estamos “vendiendo” por un plato de lentejas!”

   Gerardo estaba en vena y continuó reflexionando.

   “¿Cuál es de hecho nuestro objetivo en la vida? ¿Ser, o mejor dicho, parecer siempre el mejor a costa de relegar lo más trascendente a un segundo plano? ¿Es que actuamos siempre dando más importancia a nuestra “camisa” que a nosotros mismos? ¿Sacrificamos el tiempo dedicado a nuestras familias, el contacto con nuestros hijos, con nuestros amigos, nuestras experiencias, nuestra vida íntima o incluso a otras actividades más trascendentes, que hay muchas? ¿Cuánto tiempo nos pasamos actuando así? ¿Nos hemos arrodillado ante el “Dios-trabajo” y le adoramos? Cierto es que debemos velar por cuidar a nuestra familia y su bienestar, pero tampoco debemos retener el péndulo constantemente en un extremo”, continuó dándole al magín Gerardo con una leve sonrisa al imaginarse lo del péndulo retenido.

   Se le había abierto una brecha en la herida, pero la inercia de toda la vida era demasiado grande. Expandiendo sus reflexiones, Gerardo se estremeció. “Aquella forma de ser, primando la satisfacción sobre la felicidad íntima era también la referencia para la gran mayoría de los dirigentes y políticos del mundo, entendiendo que satisfacción implica en este caso poder e influencia. Todos hacen lo que sea por medrar, aparentar ser los mejores, competir con otras entidades, ocultar todo aquello que nos hace aparecer menos “perfectos” ante los demás, y así hasta el infinito. ¿Nos podemos imaginar a un político poniéndose flores en el pelo como los antiguos “hippies” defendiendo la felicidad y sencillez de la vida invirtiendo los valores hacia nuestro interior, como en religiones y filosofías budistas?” ─ Gerardo sonrió imaginándoselo.

   “Deberíamos dejar todo eso de ser los mejores para las competiciones deportivas y las Olimpiadas, que para eso están…”

 

   Al cabo de unos años llegó el momento de la jubilación. La despedida de Gerardo fue grandiosa, pues aunque no era ningún genio, su forma de ser y su dedicación le habían convertido en una persona muy respetada, incluso internacionalmente. La brecha en su herida ya hacía tiempo que se había cerrado y olvidado. No había cambiado.

   Al final de la ceremonia se le acercó el presidente de la entidad norteamericana dueña de una gran cantidad de estudios de arquitectura repartidos por todo el mundo.

    ── ¿No pensarás en retirarte de verdad de todo esto, ¿eh, Gerardo? ¡Eres el “number one”, como siempre has sido! ── el gran hombre acompañó su afirmación con una fuerte palmada en la espalda ── Tengo planes para ti, pero evidentemente respetando tu nuevo estado y lo que quieras hacer con tu vida. Obviamente, te lo remuneraríamos en especie, en renting de coches y cosas así en beneficio de ambas partes y por el tiempo que tú quieras. Qué, ¿estás de acuerdo? Es una buena oferta…

   Gerardo se estremeció. De repente se acordó de las camisas de serpiente y lo que pensaba de ellas. Pero por otro lado, aquella referencia a que había sido siempre el “número 1” como doble elogio, le llegó tan hondo que volvió a dejarse convencer ¡Ése había sido el objetivo de su vida!  Decidió sin embargo que debía ser cauto.

    ── No te preocupes, que no tengo intención de romper con todo; sin embargo, déjame que lo piense un poco, pues es algo muy trascendental para mí.

   Por primera vez en su vida, Gerardo relegó una decisión, pero eso no le resultó gratis. No paraba de darle vueltas, como una obsesión compulsiva. Entre este hecho y el cambio de vida, su salud se resintió sin que se diera cuenta, hasta cierto día en que se encontró muy mal, sin motivo aparente. Se sintió extraño, pues siempre había gozado de buena salud y nunca se había preocupado de ella con lo ocupado que estaba.

   Decidió que en lugar de ir al médico de cabecera mejor sería ir directamente al internista y que le mandase un análisis de sangre, pues ya había pasado mucho tiempo desde que se hizo el último.

   Según iba leyendo el médico los resultados del análisis, iba enarcando más y más sus pobladas y canosas cejas; cuando terminó, le miró por encima de sus antiparras de una forma que no admitía réplica.

    ── Debe usted ingresar inmediatamente en el hospital; le tienen que controlar todo esto…

    ── Pero… ¿qué tengo doctor? ── masculló Gerardo entre irritado y preocupado.

    ── No lo sé, pero con estos datos debe hacer lo que le digo y sin perder tiempo; mire, no coagula, lo que supone grave riesgo de derrame cerebral, no tiene casi función renal – de eso es de lo que se encuentra mal – y encima tiene un color amarillo generalizado que indica que su hígado tampoco funciona. ¿Le parece poco?

   Gerardo se dirigió como un autómata a Admisión con el papel en la mano. Allí le llevaron en silla de ruedas directamente a la habitación, que se llenó enseguida de batas blancas; al lado suyo había un armatoste del que iban colgando bolsas y más bolsas que tras un pinchazo en la venas le estaban conectando. Estaba consciente, pero todo aquél rollo tan repentino le había sumido en cierta confusión; podía oír retazos de conversaciones de los médicos o enfermeras que pululaban a su alrededor:

    ── Creo que le estamos poniendo demasiados corticoides, Rafa, pues están ya incluidos en varios de estos medicamentos… ── dijo una voz.

    ── No te preocupes; luego se los bajaremos… ahora lo más que pueden producirle es cierto estado de agitación mental ── replicó otra voz desde otro lado, según percibía Gerardo.

   Tras pasar la tarde con su familia, logró conciliar bien el sueño; de agitación no tenía más que la normal. Sin embargo, de madrugada, ya solo, se despertó de golpe con la sensación de tener la mente mucho más clara… ¿estaría en estado de clarividencia?

   Por su mente empezaron entonces a aflorar razonamientos y reflexiones a todo tropel, amontonándose unos sobre otros:

    ¿Habría llegado al final de su ciclo de vida teórico y ahora se lo prolongaban?¿Cómo podría aprovecharlo mejor? ¡Algo tendría que hacer! ¡Tenía que saber distinguir de una vez entre SATISFACCIÓN y FELICIDAD! ¿Qué es lo que había buscado él instintivamente a lo largo de su vida? Indudablemente, lo primero, y a mansalva. ¡Se había dedicado a buscar satisfacción como objetivo principal y casi único, relegando cualquier otra cosa a segundo plano! ¡No podía quitarse de encima el soniquete de la famosa canción de los “Rollings” I can´t get no satisfaction…! No había hecho otra cosa que aparentar con sus continuos cambios de camisas de serpiente, pues cada cambio era como un derrame de satisfacción, queriendo brillar ante los demás. Buscar placer es fácil; ¡la felicidad no se busca, se encuentra!  Pero… ¿sabemos acaso lo que es la felicidad y cómo se consigue? Nunca se había preocupado por ello. ¡Ahora tenía que hacerlo, en esta segunda oportunidad que se le brindaba! ¿Se había ocupado acaso de hacer felices a su familia y a su entorno tanto personal como profesional? ¿Era feliz con su familia, con su vida? No estaba seguro, pues la había relegado tanto que no tenía forma de apreciarlo debidamente. ¿Y su familia, ¿se sentía feliz con él? Pues probablemente les pasaría igual; total, sólo le veían los fines de semana y vacaciones llegando a diario sólo a cenar al quedarse siempre en el trabajo hasta muy tarde con las vueltas y revueltas que daba a sus proyectos hasta que se sentía satisfecho, o mejor dicho, que el proyecto le satisficiera. En cuanto al entorno profesional, una palmada en la espalda de sus subordinados cuando hacían algo bien nunca la había escatimado; eso en todo caso le proporcionaría satisfacción, pero “hacerle feliz” al hombre parecía un poco exagerado. ¡Tratar al menos de hacer felices a los demás debería proporcionar doble satisfacción, eso sí! ¿Existía realmente la FELICIDAD con mayúsculas? Probablemente, no, exceptuando algunos conceptos etéreos orientales como el de Nirvana.


“Ha llegado el momento de cambiar”, se dijo Gerardo en plena crisis de lucidez mental. “¡Tendría que haberme dado cuenta mucho antes! El pasado ya es tarde para reconvertirlo, ¡pero el futuro sí! Menos es nada…”

 

Cuando despertó saliendo de aquellos pensamientos obsesivos, se dijo que tenía que profundizar más sobre lo que era la felicidad, tanto pensando en la suya propia como en la de los demás. Por el concepto de satisfacción o placer ya tenía gran experiencia; ¡demasiada!

 

Gerardo reflexionó sobre su propia concepción de la felicidad; era muy simple: “es inútil tratar de ser feliz de una forma global; hay que dividir la felicidad en pequeños cachitos y saber identificarlos, disfrutando entonces de ellos”. Una conversación agradable con alguien, la sonrisa de una guapa mujer que te mire a los ojos o la sonrisa de un bebé, pueden constituir buenos ejemplos. Otra idea sería COMPARTIR con los demás algo que les proporcione bienestar y quién sabe si para algunos les supusiera una fugaz felicidad.

 

 

Gerardo se puso manos a la obra investigando lo que se sabía científicamente sobre la FELICIDAD y descubrió bastantes cosas que no podía ni imaginar:

 

ü Definición RAE: estado de grata satisfacción espiritual y física. “¡Ya estamos mezclando la satisfacción con la felicidad! Lo de espiritual me sirve de poco, de nada práctico al menos”, se dijo.

 

ü La felicidad no es un término absoluto. ¡Naturalmente! Tendemos siempre a hacer comparaciones. ¡Es muy difícil ser a la vez envidioso y feliz, por ejemplo!

 

ü           Un informe científico reciente de los investigadores Sonja Lyubomirsky y Ken Sheldon prueba que el 50 por ciento del nivel de felicidad en una persona estaría determinado genéticamente, un 10 por ciento dependería de la situación y circunstancias de la vida y el restante 40 por ciento dependería de las decisiones que tomemos en nuestra vida y por lo tanto su control depende de nosotros. ¡Caramba! ¡Resulta que la mayor capacidad de ser felices está escondida en nuestros genes, en nuestro ADN! ¡Sorpresa! Y que todo lo que hayamos elegido en la vida en tiempo pasado sólo nos aporte ese pequeño 10% por ciento, resulta frustrante. ¿Entraría ahí todo aquello por lo que tanto se había afanado en sus objetivos en ese pequeño porcentaje? Eso demostraría que las satisfacciones tipo camisas de serpiente aportan muy poco a la felicidad. ¡Al menos queda un 40% sobre el que podemos actuar, con nuestras DECISIONES!  “Habrá que ver esto con más detalle, y descubrir cuáles podrían ser”, se dijo Gerardo.

 

ü            Lo de la genética y su gran influencia de un 50% frente al total le había sorprendido bastante. ¿Existe acaso un gen de la felicidad? Pues sí. Resulta que en el 2016 se había descubierto haciendo estudios estadísticos de población que los que afirmaban ser felices tenían algo en común entre ellos: eran los que contaban con la variante genética “RS324420” del alelo A del gen del ácido graso amida hidrolasa (FAAH). ¡Otra sorpresa! Y no sólo eso: las emociones negativas se ha comprobado que afectan seriamente a la actividad genética, en particular a los telómeros (extremos de los cromosomas), que son como escudos protectores de nuestro ADN. Se sabe también que las personas más optimistas y que se manifiestan felices suelen tener los telómeros más largos; dado que éstos se acortan a lo largo de la vida (es parte consustancial del envejecimiento), el alargamiento aporta una doble ventaja: más felicidad y acortar el envejecimiento.

    Se preguntó si era posible actuar sobre ellos intencionadamente. Encontró pronto la respuesta; era afirmativa: con ejercicio físico, con meditación y ampliando nuestras relaciones sociales, los telómeros lo “agradecen”, alargándose. Tampoco se puede afirmar que la felicidad esté determinada por un solo gen; en 2011 ya se desveló que las personas que poseían las dos versiones largas del gen 5-HTTLPR se sentían más satisfechos con su vida que los que poseían las dos versiones cortas del mismo gen.  “¡Lo que estoy descubriendo!”, musitaba Gerardo por lo bajo.

 



ü           En otro informe encontró que  se había comprobado experimentalmente que las personas que se manifiestan felices, las que más sonríen y se consideran entusiastas y vitales, muestran una curiosa asimetría en su actividad cerebral: se detecta más actividad en la corteza pre-frontal izquierda que en la derecha (en la que se manifiestan a su vez más las emociones negativas)

 

ü Y había aún más: la bioquímica cerebral también aporta su granito de arena por los efectos de los neurotransmisores, aunque éstos no siempre hacen una distinción clara entre satisfacción y felicidad. Cada uno de ellos se especializa en algo y actúan de forma similar a las drogas. Son las endorfinas (que dan bienestar y placer), la dopamina (que ayuda a motivarse), la serotonina (que afecta al estado de ánimo y se la conoce como “hormona de la felicidad”), y la oxitocina (que refuerza los lazos afectivos). Esto le indicaba a Gerardo que las dos últimas contribuyen de forma más patente a la felicidad, pues las dos primeras aportan más bien satisfacción y placer. Curiosamente, la variación del gen 5.HTTLPR mencionado se comprobó que influía en el nivel de serotonina, “la de la felicidad”.

 

ü Se topó con otra faceta más: todos nos forjamos en nuestra vida unas EXPECTATIVAS (bien que lo sabía Gerardo), influyendo en nuestra percepción de ser felices. Incluso se encontró con una “fórmula de la felicidad, que las relacionaba:

 

     

      FELICIDAD          >=        Percepción de los eventos                  EXPECTATIVAS

                                          de nuestra vida                                         que nos forjemos

 

Es decir, que “si nuestra percepción subjetiva sobre nuestra vida es mejor o al menos igual a nuestras expectativas, facilitaremos el camino hacia la felicidad”.

“El peligro está en la clase de expectativas, pues si las redujéramos a satisfacciones, nos engañaríamos a nosotros mismos”, se decía Gerardo, pensando en su propia experiencia.

 

ü Y la pregunta del millón con respecto a las DECISIONES: ¿cómo puedo incentivar la felicidad en mi vida a partir de ahora?, se preguntó Gerardo.

 

 Tras darle muchas vueltas, el resultado fueron una serie de “recetas” que apuntó cuidadosamente:

 

v Dedicar más tiempo a la familia, a los amigos y a disfrutar de y con todos, rememorando y compartiendo por ejemplo experiencias felices y positivas de la vida pasada.

v Sentirse gratificado y expresarlo.

v Estar dispuesto a ayudar a los que lo necesiten.

v Tratar de afrontar con optimismo cualquier situación.

v Reconocer los “pequeños cachitos de felicidad” y disfrutar con ellos.

v Mostrarse fuerte frente a las adversidades.

v Cuidar la salud; ser feliz estando enfermo y con dolores es difícil…

v Adoptar valores nuevos, no perder la curiosidad y estar siempre dispuesto a aprender.

v Saber perdonar.

v En general, para creyentes y no creyentes, fomentar la espiritualidad de alguna manera.

 

¿Siguió Gerardo todas estas recomendaciones y encontró la felicidad? No, o al menos en un sentido amplio. El día a día, los pequeños disgustos y la salud menoscabada siempre enturbian nuestras mejores intenciones. Al final, le faltó tiempo… la lección tenía que haberla aprendido un poco antes.

 

                                                      FIN

 

 




 

                    ALGUNAS REFLEXIONES FINALES.

 

                                    

Ø Las camisas de serpiente, pese a lo dicho, no tienen por qué ser intrínsecamente malas. Basta con pensar en las intenciones del ofidio: se renueva y se desprende de lastre inútil. Nosotros podríamos hacer lo mismo; renovarse es renacer un poco, nos satisface y hasta pudiera contribuir a que seamos más felices.

 

Ø Sin embargo, una gran acumulación de satisfacciones no tiene por qué hacernos más felices; incluso se podría provocar el efecto contrario. En general, se suele confundir la felicidad con la satisfacción; la primera sí satisface, pero al revés raramente funciona.

 

 

 

                           REPERCUSIÓN POR EL COVID 19

 

Ø Este año de 2020 marcado por las medidas de protección contra el Coronavirus no contribuye precisamente a que seamos más felices. El virus no sólo nos afecta físicamente, sino espiritualmente. Si ya existía una crisis de valores, los confinamientos, la situación económica y la separación forzada entre las personas queridas está causando una búsqueda desesperada e irracional de satisfacciones en cada vez mayor número de personas, que ya ni razonan (es el caso de los negacionistas, por ejemplo). El afán por los botellones, las diversiones exageradas y el tratar de escabullirse de una triste realidad no son más que manifestaciones de lo mismo, y lo único que se consigue es que el problema se agrave.

 

Ø Como estamos ante una pandemia, los efectos no son solamente a título personal, sino que afectan al devenir de nuestro mundo. Las decisiones de los gobiernos de diferentes países no son unívocas, sino que cada gobernante campa por donde le parece y después reacciona a chispazos descontrolados en función de la evolución de la situación sanitaria. En lugar de controlar al virus, es el virus quien nos sigue controlando a nosotros.

 

Ø La esperanza cristaliza en los avances de las vacunas. Ya veremos cuál será el nivel de aceptación, pues la desconfianza también tendrá su impacto. Si la vacunación a nivel mundial no prosperase por las causas que fueran, la situación de impass se prolongaría y seguiríamos teniendo que convivir más tiempo con nuestro enemigo y soportar la falta de manifestaciones de afecto, coartando esa ansiada felicidad, por poca que sea. Esto podría llevar a una crisis psicológica a la larga.

 

Ø Lo que al menos podremos hacer y tendremos que seguir haciendo es cambiarnos con frecuencia de camisas de serpiente manteniéndonos lo más limpios y relucientes posible, igual que hacen ellas…

 

 

                                                 KS, 2 de septiembre 2020


lunes, 20 de abril de 2020

El virus desconcertante




El virus desconcertante.  18 de abril de 2020.
    por Kurt Schleicher

    Pues sí, llevamos un mes y pico (¡!) de “prisión preventiva” debido a un virus coronado de muy mala uva. Cada día se nos presenta algo nuevo que nos desconcierta; en fin, prisión no es lo mismo que confinamiento, pero cuando le condenan a uno, al menos se sabe por cuánto tiempo es, y aquí ni eso. Nos movemos por chispazos y además nos vigilan por si nos salimos de las veleidosas y cambiantes normativas que se nos aparecen día a día casi de forma visceral.
    El enemigo ha entrado a traición, pese a las múltiples señales que se iban teniendo, pero claro, siempre se pensaba que este virus se comportaría como sus primos de la gripe. Hace un mes y cinco días, la señora Merkel hacía bromas con sus colegas de gobierno evitando dar la mano al saludarse, pero en España al que iba con mascarilla y guantes en el metro se le miraba con extrañeza y más de uno se cachondeaba. Y si te negabas a darle la mano a alguien, pitorreo al canto. Ya por aquellos días a finales de febrero no había mascarillas en las farmacias y tampoco en las tiendas de pintura, ni en las ferreterías ni en las droguerías; los más previsores ya habían acabado con las pocas existencias que había y a precio de coste (60 céntimos o así). Los médicos políticos o políticos médicos nos tranquilizaban (seguramente seguían consignas para evitar un estado de alarma, sin sospechar que eso es precisamente lo que iba a suceder cuando los números fueran engordando demasiado) aseverando que las mascarillas no valían para nada, excepto en el raro caso de estar contagiado, evitando que se propagase. Vamos, que las mascarillas sólo funcionaban en un sentido. Resulta que hay varios tipos de mascarillas, las sencillotas de los dentistas y las mejores, llamadas fp2 y fp3, de las que nadie nos informó de ellas, y ni se pidieron. ¿Para qué, si las primeras se podían hacer en casa con una servilleta y un par de gomas? Sólo las últimas protegían razonablemente, pero parece mentira que habiendo pasado mes y medio sólo se ha logrado proveer al personal de unas mascarillas de cirujano tipo “home made” o de andar por casa, mientras que de las otras algunos sinvergüenzas han pretendido hacer negocio (como las de una empresa gallega, con las fp2), pero sigue sin haber existencias suficientes. Es increíble la dependencia del exterior, China en especial, para hacernos con mascarillas; me digo yo, ¿no se podría haber encargado la fabricación urgente de mascarillas fp3, las únicas que de verdad protegen, a alguna de las múltiples empresas del ramo textil, evitando de paso que vayan al paro? Y si encima se les da una generosa subvención si las tienen disponibles antes de un mes, miel sobre hojuelas. Pero nada, que nos las den los chinos, y encima mal hechas. Los de Zara seguro que tienen suficientes medios para transformar parte de su imperio en mascarilleros de lujo, aunque hay que decir que D. Amancio ya se ha portado como un señor donando más de 300000 mascarillas. Repito: hoy deberíamos de disponer de miles o millones de las fp3 tras adaptar las muchas fábricas textiles que hay en nuestra piel de toro, con las que podríamos salir con más tranquilidad, con un 95% de protección. ¿No valen para nada? Por favor…
    En cuanto a los respiradores, SEAT ha sido capaz de adaptarse y fabricarlos; me parece que fabricar respiradores es un poco más complejo que mascarillas. ¡Y se ha hecho! Cierto es que con eso no daba ni para empezar, pero ¿no tenemos también al grupo PSA de Citröen y Renault, o Ford en Almusafes? No tienen más que espiar a Seat y copiar. Pues nada, a pedirlos a los turcos, engaño incluido.
     Por aquellos días, ya en marzo, de repente se informaba por el gobierno que había tres mil contagiados, cifra basada en no se sabe qué. Con gesto triste, el máximo responsable nos decía que podríamos llegar a tener en el peor de los casos unos diez mil casos y que después ya se aplanaría la célebre curva tras pasar el no menos famoso “pico”. Bendito optimismo; hoy estamos a punto de alcanzar los 200000 contagiados (¿?). ¡Cuánta razón tenía aquél documento que cifraba la predicción entre 100000 y 300000, en función de las medidas que se tomasen! Y ahora, al cabo de mes y medio, ya no nos podemos fiar ni de las cifras. ¡Qué manía de hacer pruebas! ¿Para qué? Como no sea para afinar las estadísticas, si te puedes contagiar en cualquier momento que te descuides y encima el virus puede reverdecer en las personas dadas de alta (aunque se dice que de forma más leve y en un porcentaje relativamente bajo), lo mejor es suponer que estás contagiado y confinarte todo lo que puedas. Cuando hayan pasado dos o tres meses sin síntomas, o has pasado por el coronavirus sin enterarte y ya no contagias (¿?) o estás limpio, con riesgo de contagiarte, pero a esas alturas ya debería ser más difícil.
    Creo recordar que también por aquellos mismos días ya se limitaban los eventos multitudinarios, los de más de cinco mil o de mil personas, como si eso fuera suficiente, pero aquí se permitieron “excepcionalmente” los del “8M”, los del mitín de VOX, y la visita de catalanes separatistas a otro evento en Perpignan. ¡Naturalmente! ¡Cómo se iba a prohibir a las señoras a que se manifestaran o a los separatistas que viajaran en atestados autobuses! Y no sólo eso; ya por entonces se sabía lo que había pasado en el norte de Italia, cerrando Lombardía, con un aluvión de contagios. Cuando se filtró la intención de cerrar los aeropuertos de allá, hubo desbandada italiana, pero a nadie se le ocurrió tomar medidas restrictivas en los aeropuertos españoles, en especial Barcelona o Madrid. Recuerdo la entrevista a un italiano proveniente de Milán, con su mascarilla y todo, comentando su extrañeza por la falta de controles, pues él honestamente no sabía si estaba contagiado o no. Y así lo menos estuvimos durante una semana; si por entonces había alrededor de 50 vuelos diarios (¿?) de Italia a España, un somero cálculo nos lleva a 7 días x 50 vuelos x 150 pasajeros =  52000 potenciales contagiadores provenientes de una zona caliente. No está mal.
    Los mismos médicos-políticos de antes nos informaban de que el virus se limitaba a viajar a poco más de un metro de un contagiado que tosiera, pero no se contaba con la potencia de un estornudo, que podría lanzar el virus bastante más lejos. Dejando esto a un lado, una leve tosecita podría facilitar el aterrizaje de unos cuantos virus en lo que más tocamos, es decir, botones, barras, mesas, sillas, etc. y quedarse allí malévolamente acurrucados. Luego llegan las potenciales víctimas, a las que no se les ocurre otra idea mejor que sacarse los mocos, restregarse los ojos o sacarse un trozo del bocata de jamón que se ha quedado entre los dientes, invitando al coronavirus a extender sus horizontes. Los mismos médicos-políticos o políticos-médicos afirmaban por entonces que en menos de una hora ya se habrían “desactivado” de esas superficies; luego pasaron a ser ya varias horas, pero que no nos preocupásemos, que en el aire no se quedaban. Será que ya han aprendido a volar, pues ahora sí que pueden permanecer en el aire por algún tiempo. Es decir, que si nos metemos en un ascensor con guantes para no tocar los botoncitos, tampoco estamos ya seguros si algún contagiado ha usado el mismo ascensor poco antes y seguimos estando en peligro sin mascarilla. Y es que no vale para nada, por supuesto. En los telediarios se veía que todos los chinos iban con su mascarilla puesta, pero claro, eran chinos y estaban acostumbrados, pese a que las mascarillas “no valían para protegerse”, según se nos decía. Y ahora, tras mes y medio, seguimos oyendo eso de “las mascarillas son recomendables” o “sólo valen para que los contagiados no contagien”. Claro, no hay mascarillas, cuando ya en muchos sitios son “obligatorias” y multazo al que no las lleve. Desconcertante.
   Igual que el confinamiento. Si sales a darte un tonificante paseo o una carrerita por un parque manteniendo una distancia, no ya de un metro o dos, sino de cien, multazo al canto. Por el contrario, si vas al supermercado sin mascarilla ni guantes, no passa nada. Mucho vigilante, eso está bien, pero nadie que se encargue de limpiar al menos los asideros de los carritos. Y si alguien tose o estornuda al aire, tampoco. Genial.
   Ahora se está estudiando cómo liberar del confinamiento a los niños, que lo que quieren es jugar con otros niños, naturalmente. Pues no hay otra solución que ir alternando mascotas y niños, incluso usando la misma correa para unas y otros y evitar que se alejen demasiado. Tampoco pueden tocar nada ni entrar en las zonas de juego, pues como no se puede evitar que se lleven las manos a la nariz tras tocar los columpios, habrá que pensar en ponerles una mascarilla especial tipo “Viernes 13”, aparte ya de la correa. El clásico “¡nene, caca!” multiplicado por cien. ¿Eso no genera frustración, señores psicólogos? Salir a la calle con mascarilla, correa, máscara, guantes y bien sujetos por los papás para evitar desmanes, no creo que constituyan las expectativas de nuestros tiernos infantes, que ya no podrán gritar triunfalmente eso de “¡por fin libres!”. Vamos, que si yo fuera niño, mejor me quedo en casita jugando con el ordenata. Hombre, si tenemos la suerte de tener un parque cerca, se les podría dejar sin correa igual que se hace con los perritos, aunque no esté permitido. Me vuelvo a decir yo que para eso soltamos también a los abuelos, que de paso vigilarían a los nenes, como saben hacer muy bien. Habría un leve riesgo de contagio entre ambos, abuelos y niños, claro, pero ¿no será más difícil contagiarse en un parque al aire libre que confinados todos juntos en casa?
    No se recomienda ir a los hospitales, excepto que te estés muriendo. Será que el virus flota en el ambiente, en contra de las afirmaciones de los propios médicos. Si tienes una enfermedad crónica, mejor quédate quietecito y evita análisis o pruebas médicas. Habrá que rezar o cruzar los dedos para que no se “despierte” alguna de las potenciales enfermedades, tan corrientes en las personas de la tercera edad. Lo mejor será dejarles solitos y cerrar los ojos. Se me abren las carnes pensando en los miles de viejecitos que se han muerto en soledad tratando de decir “¡socorro, que me ahogo!”; es mejor echar tierra para que no se noten tantas muertes (o ya directamente echar tierra de verdad encima de los sepulcros). Empiezo a pensar que tras tanto jubilado protestando por su pensión, el coronavirus se ha diseñado justo para hacer una gran escabechina y solucionar el problema de las pensiones de un plumazo, eliminando sencillamente la raza de los pensionistas. Prefiero no hablar de muertes, pero un ratio de 500 fallecimientos por día equivale a que suceda un accidente de A380 todos los días. Tremendo; sólo imaginarse que cada día se vaya al suelo un avión gigante de éstos hace estremecer. Es terrible que ya nos “estamos acostumbrando” a estas cifras, al cabo tan sólo de un mes. ¿Nos estaremos “insensibilizando” o “anestesiando”?
    ¿Y qué decir del cambio climático? Los ecologistas estarán que saltan de alegría bendiciendo al coronavirus, que ha conseguido también de un plumazo que ya no sean necesarias medidas restrictivas de ningún tipo, ni siquiera promover eventos que al final nunca valen para nada.
    Tampoco entiendo el jaleo de los guantes. Sigue apareciendo en las farmacias “no hay guantes”. ¡Pero si en los supermercados los sigue habiendo y gratis! Cierto es que son una babilla, pero cumplen su función y son perfectamente desechables, siempre que no se tiren al suelo, claro. Se ha dicho también que es mejor pagar con tarjeta y no en metálico, pero pocos lo hacen. Los billetes de banco siempre están llenos de bacterias o virus y nunca nos hemos preocupado, pero ahora con el coronavirus hasta las monedas resultan peligrosas, en especial si luego en casa las cogemos sin guantes. Se deberían dejar las vueltas en una cajita en la entrada de casa, con más razón que los zapatos, que, por cierto, también han tenido su polémica; primero se nos dice que es una tontada dejarlos en la entrada y luego, poco a poco, se confirma que “es muy recomendable”. ¡Por favor! ¡Si incluso sin coronavirus la civilización asiática y la musulmana obligan a descalzarse cuando visitas a alguien y a ponerte unas zapatillas que te ofrecen ipso-facto desde tiempo inmemorial! ¿Para qué tanta polémica? Si es lógico… También se recomienda ahora lavar la ropa que has llevado puesta a 60º y “no vale” si se lava a 40º durante una hora. Y habrá que meter la ropa en la lavadora con guantes. Eso sí, si has salido sin ellos y te lavas las manos con jabón dos minutos aunque sea en agua fría, “ya vale”. Caray, ni tanto ni tan calvo.
   También se nos dice que el virus no afecta a los niños, excepto a los que (eso sí, en menor cantidad) ya lo tienen. De Perogrullo. Habría que investigar cuál es la razón para esa preferencia por parte del virus, que podrá ser cualquier cosa, menos inteligente. Incluso se debate aún si es un ser vivo, pues está en la frontera de la vida. Eso sí, se ha creado con ciertas tendencias innatas, que a lo mejor hasta mutan. Me pregunto yo: ¿Cómo, cuándo y por qué deciden mutar?
   Igual que pasa con los niños, parece que nuestro coronavirus no siente ninguna afinidad por los animales, pero no es descartable que a partir de que exista una vacuna, contemple a nuestras mascotas con más afecto, como alternativa al menos. Ha habido casos, muy pocos, pero haberlos, haylos. No me extrañaría a mí que entonces se le ocurra mutar y volver por vía perruna o gatuna a infectarnos más tarde. Tiempo al tiempo.
     Otra historia desconcertante es la de los síntomas. Saber diferenciar entre al menos los iniciales del catarro común, gripe y coronavirus es todo un arte y en esto los médicos deben ser muy artistas, excepto cuando se realice una prueba fiable de verdad .Yo soy de los que creen que hay falsos positivos, no que el coronavirus resucite al cabo del tiempo, pero quizás me equivoque. Se entiende que el primer aspecto diferenciador es el de la fiebre, pero si a alguien se le ha ocurrido mirar cuáles son las causas que pueden producirla, son tantas que se requiere tiempo y paciencia para descartar otras razones. Como primer filtro nos puede valer (en caso contrario, ¿para qué tanto examen de temperatura corporal?). Luego está lo de perder olfato, pero si tienes la nariz tapada por un catarro, es evidente que tu olfato está reducido por meras razones físicas. En cuanto al gusto, también es engañoso, si estamos acatarrados. Ya si te falta el aire, podría ser un síntoma, claro, pero este aparece (creo) tras algún tiempo, cuando el malévolo virus ya te ha llegado hasta los bronquiolos. Y a buenas horas, mangas verdes.
   Siguiendo con los síntomas, este desconcertante virus es muy capaz de engañarnos, pues puede dar síntomas o no darlos. No parece muy normal, pues se nos dice que el periodo de incubación es de cinco días, al cabo de los cuales ya debería asomar la patita. Pues no, es así de cabroncete; se han detectado casos, y no tan pocos, de asintomáticos positivos. Pues no lo entiendo; si se incuba en cinco días, ¿qué pasa a partir de ahí? ¿Es que nuestro cuerpo no reacciona frente al indeseable visitante? ¿Por qué? Pues eso es una putada y nos va a llevar de cabeza. Habrá que estudiar profundamente cómo se comporta al cabo de quince días y además saber cuánto tiempo seguirá siendo capaz de infectar a otros. Se nos ha dicho que quince días más, pero no me fío. Si se utiliza un factor de seguridad de 2, que no está mal, nos ponemos en dos meses. En lugar de continuar con la investigación, se nos dice que se podría crear un “Arca de Noé” para albergar a esos asintomáticos y evitar que contagien. El carro delante del caballo. Dejemos a la gente en estas condiciones confinadita en su casa, aunque fuera a costa de mirarles con preocupación mal disimulada. También se me ocurre que se les podría utilizar como cobayas en la investigación para despejar esta incógnita tan preocupante, confinándoles en un hotel de cinco estrellas (total, no tienen clientes) a cuerpo de rey, con tal de poder asegurar que son positivos, por el tiempo que puedan seguir contagiando. En paralelo, los demás no tienen más que esperar esos dos meses y ya veremos cómo evolucionan.
   También se podría dar el caso recíproco, tener síntomas y dar negativo, pero no parece que merezca la pena investigar a éstos; será que tienen gripe o tratarse de algún hipocondríaco capaz de pseudocontagiarse.
   Ya he hablado antes de la problemática de los supermercados; para soslayar este problema, la tecnología actual nos permite pedir comida a domicilio por internet, si es que no disponemos de un alma caritativa que nos haga la compra y nos la traiga. Pero aquí se nos presenta otro problema nuevo: ¿Qué manos han tocado los alimentos durante todo el proceso? ¿De dónde vienen? En circunstancias normales, el riesgo se consideraría bajo, pero con este puñetero coronavirus que le gusta agarrarse a los plásticos, vaya uno a saber si no será peor el remedio que la enfermedad. Todavía no sabemos si sigue activo tras una, dos, tres o doce horas, o incluso días, aunque eso ya me parece exagerado. Otra cosa que se debiera estar investigando; se coge a un positivo confirmado y sintomático, se le dice que sople en varias probetas de diferentes materiales y ante entornos diferentes de humedad y temperatura y luego con mucho cuidado se llevan las muestras contaminadas a un laboratorio. No creo que tarden meses en saberlo, pero nada, seguimos preguntándonos qué pasa en la más completa incertidumbre, salvo que haya resultados dispares y no nos hayamos enterado. Ni idea, pues.
    No tengo ganas de meterme más con las pruebas de positivo/negativo, pero con la que está cayendo a nivel mundial no me puedo creer que no existan pruebas fiables. Hasta en China se siguen usando y me parece haber visto que son muy sencillas e inmediatas, dando la clave de un “pasa, no pasa” que será vital en un futuro. A lo mejor este virus es tan desconcertante que no se comporta igual según sea el país. Hombre, el clima aquí no es igual que en Rusia o en Argentina, pero sería otra cosa a averiguar, ya que se habla tanto del efecto de la temperatura en el virus. Podría ser, pues el comportamiento de sus primos estacionales ya lo dice, apareciendo en la estación invernal. ¿Sabemos acaso la magnitud de este efecto? Pues tampoco.
    ¿Tratamiento entretanto haya una vacuna? Pues ahora se sabe que este desconcertante virus tiene en su estructura aspectos muy similares al del VIH, y se está estudiando, igual que con la malaria. La respuesta de momento es la misma de siempre: “Estamos en ello”. ¿Es que cada país trabaja sin mantener una mínima coordinación con los demás? Penoso.
   Una reflexión final: ¿Cómo es posible que este desconcertante virus nos halla pillado así, indefensos y con los calzoncillos bajados? ¿Cómo ha sido posible que nadie nos haya advertido? Falso, por supuesto que nos han advertido, pero nunca nos lo hemos creído. Me parece que hace menos de un año, Bill Gates dio una conferencia alertando de que en cualquier momento podía aparecer un virus que pusiera a la Humanidad en un grave aprieto y advirtiendo que habría que tomar medidas preventivas en especial en la sanidad a nivel mundial. Pues nada; como quien oye llover. Y no sólo eso; miremos un momento atrás, que tenemos una memoria muy floja; es sorprendente lo contrario, que se haya manifestado sorpresa, valga la redundancia, por la aparición “traicionera” de este nuevo virus, mirando a experiencias nada lejanas en el tiempo. Se podría calificar de “milagro” que nuestras acciones como humanos depredadores, explotadores y contaminadores no originase desequilibrios fatales de manera periódica entre las especies, y estoy pensando en animales. ¿Es que nos hemos olvidado ya de los recientes brotes y epidemias producidos por virus de origen animal saltando la barrera de las especies y afectando a los humanos? ¿Cómo es posible que nos hayamos olvidado ya del VIH (Sida), del Zika (de los mosquitos brasileños en 2015), del temido Ébola, del MERS (¡síndrome respiratorio de Oriente Medio!), del SARS (¡síndrome respiratorio agudo surgido en China en 2003!), del EET (el famoso de las vacas locas), de la gripe aviar y de la gripe porcina? ¿Es acaso tan sorprendente que nos haya surgido otro virus emparentado con éstos, todos de animales, pero más veloz en su forma de contagiar? ¡Ya en enero de este año se estaban viendo “sorprendentes” casos de fibrosis pulmonar en residencias de ancianos!
   Nada, nada, no hemos aprendido todavía a anticiparnos y luego nos pillan en pelota picada. A ver si esta vez aprendemos para la próxima, que ya vendrá. Al menos esta pandemia nos va a servir para mirar más por nuestra higiene; no sé lo que pasará ahora, pero me da miedo pensar en los países africanos y sus pobres condiciones sanitarias. Esperemos que se libren, porque de otra forma se va a notar el efecto de manera relevante hasta en la población mundial, visto lo visto. No deja de ser curioso que haya afectado tanto a países desarrollados y no a los otros. ¿Alguien sabe por qué?

KS, 19 de abril de 2020