jueves, 29 de octubre de 2020

 

                SUEÑOS HISTÓRICOS

                         por Kurt Schleicher

 

    Javier se despertó con un estremecimiento y bañado en sudor. “No me puedo creer que estos sueños se repitan de esta manera…” se dijo a sí mismo enjugándose la frente y frotándose la cara con agua.

      Hacía mucho tiempo que le pasaba lo mismo y había ido a más según iba creciendo. Ya había cumplido diecisiete años, acababa de empezar sus estudios de ingeniería electrónica e informática y por pura afición se había matriculado en Físicas. Le hubiera gustado hacerlo también en Medicina, pero eso ya le pareció un bocado demasiado grande y le faltaba vocación para hacerlo. Le atraía todo lo que tuviera que ver con el cerebro humano y su funcionamiento, pero, claro, no existía una disciplina limitada al campo que le interesaba. “Al fin y al cabo, el cerebro funciona como un ordenador y con mis dos disciplinas y además la física teórica ya me apañaré”, pensaba para sus adentros. En la Universidad también había dado comienzo a investigaciones sobre genética aplicada al cerebro humano, igualmente por pura afición o quién sabe si por algún impulso que le motivaba.

    Javier era alto y bien parecido, ojos agrisado-azules que denotaban una despierta inteligencia, tez un poco pálida y cabello que ya había empezado a huir de la parte frontal, lo que tampoco le inquietaba lo más mínimo. “Así la corteza prefrontal estará más ventilada”, decía cuando le sugerían que hiciera algo para remediarlo.

   Desde muy pequeño sufría de sueños y pesadillas, por lo que no le resultaba nada novedoso y ya estaba acostumbrado. Había hablado con su padre en muchas ocasiones, pero siempre obtuvo la misma respuesta, quitando importancia al hecho. Que si él era perfectamente normal, que eso desaparecería con el tiempo y que, si no lo hacía, siempre habría ocasión de hablar con un médico o un psicólogo en el futuro; su madre estaba más preocupada, pero tampoco podía aportar nada nuevo.

   De hecho, lo que le sorprendía era la repetitividad de aquellos sueños y su realismo; ¡era capaz hasta de recordar las caras que se le aparecían! Sin embargo, eso no era lo más sorprendente, sino la ambientación de aquellos sueños, su entorno: no pertenecían a la época actual, sino al pasado, a juzgar por las vestimentas. Javier no era experto en historia, pero las personas que veía en sueños eran de dos clases bien diferenciadas: unas parecían sacadas de la época de los conquistadores, con sus arcabuces, cotas de malla, cascos y demás aditamentos y otras, las menos, se fundían con rostros pertenecientes a todas luces a nativos de Sudamérica, con sus rasgos inconfundibles de indígenas y parcialmente desnudos. Que ambas imágenes coincidieran tenía su lógica, pero, ¿por qué siempre lo mismo? ¿Qué fijación se le había formado en un ambiente que parecía sacado del siglo XV o XVI? Sonrió para sí; en una ocasión había soñado con lo que parecían ser los Reyes Católicos. Le impresionó la reina Isabel, menos guapa que en las películas o en las series, pero con un rostro que emanaba determinación, dominando claramente a su consorte Fernando, más preocupado por asuntos terrenales que ella.

   Nadie supo nunca darle una explicación racional a aquellos sueños “medievales”; se suponía que eran figuraciones suyas, nadie les daba la tampoco mayor importancia y así fueron pasando los años. Lo molesto era cuando se le mezclaban dos tipos de sueños diferentes, unos más difusos y los ancestrales más definidos; el resultado era que se despertaba mareado y confundido. Al menos, aquella extraña “disfunción” no le había impedido ser un estudiante brillante. Cierto es que su afición al conocimiento del cerebro debía venir de encontrar una explicación racional para él mismo y sus extraños sueños; si no había quien fuera capaz de ayudarle, no tendría más remedio que ocuparse él mismo.

   Javier estaba al día, o incluso por delante, de los más recientes avances en física e informática relacionados con el cerebro; la Inteligencia Artificial (IA) le había fascinado y su Leitmotiv era precisamente conjugar ambos.

El cerebro “apartaba” las vivencias y los recuerdos que consideraba poco útiles; ¿Cómo? Pues registrándolos primero en el hipocampo, donde estarían controlados, y después, así como un 70 u 80%. pasaban a la corteza prefrontal, en la que quedaban archivados y, en la práctica, no disponibles. Eso evitaba que nos volviésemos locos si se nos inundaba el hipocampo de acumulación masiva de datos “big data” y por eso era tan importante encontrar una conexión a una IA que pudiese absorber esos datos perdidos y manejarlos sin sobrecargar la consciencia humana. La imagen que se le venía a la mente era estar sentado confortablemente en un sillón conectado a un ordenador, archivando tranquilamente lo “sobrante” para poder disponer de ello si fuese necesario. ¡Tenía que lograr que funcionase! Aun así, el margen de maniobra seguía siendo grande: nuestro cerebro tiene cerca de 100.000 millones de neuronas (la media está en torno a los 80.000 a 90.000), pero eso no es todo; cada una de ellas es capaz de establecer al menos un millar de conexiones con otras células, con lo que la capacidad global del cerebro se sitúa en torno a los 2,5 petabytes (1 Pb = 10 elevado a 15 b). No resulta extraño, pues,  que al cerebro no le apetezca mantener esas cantidades “a la vista”; disponiendo de un generoso ordenador al lado se le podría descargar al cerebro de un esfuerzo indeseado. De momento sólo podría contar con implantes de chips de memoria, pero Javier estaba convencido que mediante estimulación electrónica con electrodos conectados al ordenador sería mucho más sencillo, evitando farragosos implantes cerebrales. Hasta ese momento, la memoria global y los conocimientos adquiridos – y los olvidados, por supuesto se pierden en gran medida; siempre ha sido una meta su potencial recuperación.

    Sus sueños, dado su realismo, más parecían recuerdos que ensoñaciones. Más de una vez se había preguntado influido por novelas de ciencia-ficción si no estaba sufriendo una regresión temporal a aquella época tan repetida en su mente, pero tuvo que reconocer la fantasía que aquello suponía. Sin embargo, ¿Qué explicación podía haber para tener unos sueños más similares a recuerdos que a algo onírico? Aquello no tenía ninguna lógica.

   Javier tenía un buen compañero y amigo en Santiago, con el que había compartido sus problemas y afanes de resolución. Cuando los sueños eran más intensos, como aquél mismo día, siempre surgía entre ambos una conversación constructiva, pues también le fascinaba el cerebro y compartían las investigaciones en el laboratorio junto con un pequeño equipo de estudiantes y becarios.

Me gustaría entender, Santi, de qué forma decide el hipocampo con qué se queda y qué manda al gran archivo de memoria en la corteza prefrontal, almacenando recuerdos “sin control” y que en teoría ya no nos sirven…

Santiago sonrió.

Pues depende del interés que pongas, Javi; no siempre recordaremos todo lo que queremos, pero si instintivamente nos fijamos más en ciertos aspectos, el hipocampo lo retendrá, no te quepa duda.

Pero, ¿Cuánto tiempo se pueden mantener incólumes los recuerdos en ese gran archivo? ¿Y si mis sueños tuvieran que ver con un defecto de archivo, confundiendo sueños y recuerdos?

Santiago se encogió de hombros.

No es descartable, pero es que tu caso es rarísimo. Que sólo sueñes con conquistadores o indígenas tiene más pinta de ser una fijación psicológica que otra cosa y que no deja de martillearte. Voy a tener que estar de acuerdo con tu padre y restarle importancia; lo que fastidia es no hallar una explicación factual…

Javier no quería dar su brazo a torcer y decidió rebuscar en su pasado y en lo guardado en su casa por él mismo o sus padres. ¡Algún evento podría haber sucedido en su infancia y que él ya hubiese olvidado! Todavía tenía llave de la casa de sus padres y entró sin dificultad, pues no estaban en aquél momento.

En el cajón donde se guardaban los documentos de familia y de nacimiento encontró algo inesperado, algunos papeles de tipo médico. Con la respiración contenida, se puso a revisar con cuidado todos aquellos documentos, aprovechando que su padre no estaba en casa; ya le había dicho muchas veces desde niño que no tocase aquél cajón, pero al cabo de tantos años era algo ridículo. ¡Eran documentos que le atañían a él!

No pudo evitar estremecerse cuando se evidenció por aquellos papeles que él no había surgido de una unión conyugal entre sus padres biológicos, sino que su padre había estado relacionado con una empresa BIOGEN con la que había permitido que se le aplicase un tratamiento genético especial y que su origen era por inseminación artificial al útero de su madre. ¡Qué sorpresa! Tenía que hablar con su padre de todo ello: ¿por qué se lo habría ocultado? Eso significaba que su padre biológico no lo era en realidad, o al menos que su ADN no era el mismo, sino de procedencia desconocida.

Al cabo de no mucho tiempo sus padres entraban en casa; venían del médico, pues su madre no se encontraba muy bien.

¡Qué sorpresa! exclamó su progenitor con énfasis con tanta informática y electrónica ya no te dejas caer por aquí…

Javier le miró con gesto de guardarse intenciones malévolas, poniéndole con afecto la mano es un hombro.

Tenemos que hablar, papá. ¿Nos vamos a tu despacho?

Su padre se dejó hacer, aunque rebulló algo inquieto.

Ya sentados, Javier le alargó el documento.

El padre palideció, pero no fue capaz de enfadarse a esas alturas y decidió confesar.

Es cierto, Javi, pero debes comprender que la compensación de Biogen fue entonces muy generosa y nos permitió salir de un bache económico muy serio; sin ella, no te habría podido dar los estudios que bien has aprovechado y de los que ahora disfrutas. De una forma u otra siempre he sido tu padre, y eso no cambia el pasado.

Javier asintió, con cierta desgana.

─ No acabo de entender qué gana Biogen con eso de la inseminación… ─ replicó Javier, algo mosqueado. Su padre le miró con tristeza.

─ Es largo de contar, hijo; debo pedirte perdón, primero por haberte ocultado todo esto y segundo… que creo saber de qué vienen tus extraños sueños. Ten un poco de paciencia; no quiero ir en desorden.

Javier no pudo evitar el respingo; ¡su padre sabía mucho más de lo que pensaba!

─ Por lo del interés de Biogen, debes saber que están asociados con una entidad llamada E.N.M.H. (Empresa Nacional de Memoria Histórica), pues existe un compromiso de Biogen con ellos para aclarar aspectos históricos y probarlo. Puedes imaginarte el dinero que hay detrás de aclarar hechos históricos olvidados y que esta empresa podría sacar a la luz… ¡Nada menos que la verdad de la historia! No olvides que Biogen se ha especializado en los aspectos de conservación y archivado de la memoria…

Javier se sintió desconcertado. ¡Era también un aspecto de su propia especialización! ¡Y Biogen sabía mucho más de lo que había supuesto!

─ No veo cómo pueden hacer eso. ¿Qué tienen que ver la memoria de la historia con lo que se archive en el cerebro? ¿De quién van a sacar eso? No me digas ahora que eso tiene que ver con mis sueños…

Su padre volvió a mirarle a los ojos con profunda tristeza.

─ Aún tengo algo más por lo que pedirte perdón, hijo… Un equipo de Biogen te está vigilando y además, sin que tú hayas sido plenamente consciente de ello, han promovido tus investigaciones e incluso te están ayudando con gran discreción. Estoy seguro que habrás conocido a más de uno.

Javier empezaba a estar alucinado, atónito y, por qué no decirlo, enfadado. ¡Cómo se habían atrevido a hacer eso sin respetar su intimidad!

Su padre se dio cuenta del potencial enfado y decidió adelantarse.

─ He podido hacerme con gran parte de los documentos de Biogen sin que lo supieran; así  estoy protegido en caso de que vinieran mal dadas. Te lo tengo que enseñar, pues es muy denso y se escapa de mis entendederas. Intuyo que tú ya estás en condiciones de digerir todo ese galimatías de ADN, ARN y además te puede servir para aclararte tú mismo o hasta descubrir algo nuevo.

Javier todavía se enfadó más.

─ ¡Papá! ¿Cómo es posible que me hayas ocultado esos papeles en tu opinión tan reveladores? ¿No te das cuenta que a lo mejor he estado trabajando en lo mismo sin saber que alguien se había ocupado antes y evitar así que trabajase en balde? Más aún: si me vigilan, ¡quizás hasta lo hayan impedido!

─ Lo siento, hijo, pero si te los hubiera dado lo más fácil es que los de Biogen, que no sé ni quiénes son, lo hubieran descubierto y eso no podía permitirlo. Tampoco sabía que estarías investigando en lo mismo ─ suspiró avergonzado.

Javier se fue calmando; tampoco tenía caso que se enfadase más con su padre, al que veía ya bastante cariacontecido.

─ Déjame ver toda esa documentación, papá; si es realmente útil y responde a criterios científicos, se me pasará el cabreo, no te preocupes…

El padre tuvo que abrir un hueco en un falso tabique del que Javier desconocía su existencia y de allí sacó una urna de metal para que los papeles se mantuviesen a salvo.

Javier se enfrascó en los documentos; parecían prometedores.

El primero trataba de cómo evitar la degradación del ADN y almacenar información de manera mucho más eficiente con un nuevo tipo de computación. Parecía interesante.

El segundo versaba sobre el ácido ribonucleico ARN y de cómo lograr que fuese capaz de evolucionar. Javier se sorprendió; que él supiese, aún no se había logrado que el ARN se replicase por sí mismo, de forma automática, sin intervenir en el proceso. Si lo habían logrado, ¡podrían hasta crear vida! No sólo eso, sino que el ADN evolucionase y fabricase en un ser en formación unas experiencias totalmente nuevas. Increíble si fuese cierto.

Y la guinda del pastel: el ácido xenonucleico artificial AXN. Javier ya sabía algo de él, no era nada nuevo, pero nunca antes se había sabido aprovechar todas sus posibilidades. El AXN es un polímero sintético creado artificialmente con las cuatro letras o bases genéticas del código genético humano (timina T, adenina A, guanina G y citosina C), aparte de otras bases suplementarias (y las dos letras o bases X e Y, totalizando así seis) que intuía eran capaces de facilitar la evolución que se pretendía, es decir, está preparado para introducir, replicar  y almacenar información genética. Allí podría estar el quid de la cuestión, pues hasta ese momento las hebras del ADN solo se podían replicar a partir de enzimas copiadoras.

                       


                                                         Acido xenonucleico o AXN


Javier estaba tan excitado que hasta sonrió a su padre.

─ Creo que esto es genial, papá; si es verdad, me servirá… y te perdono que hasta ahora me lo hayas ocultado. Más vale tarde que nunca…

Javier continuó leyendo.

Allí se detallaba cómo hacer una transcripción de las instrucciones guardadas en el ADN dentro del núcleo celular. El “artificial” AXN era capaz de transportar información genética; allí se explicaba cómo con pequeños trozos de AXN introducidos en genomas bacterianos, cuya lectura necesitaban los microbios involucrados en el proceso y así poder sobrevivir, ya sí que lo podrían hacer, es decir, ¡había garantía de que aquello funcionase!. Fantástico; a Javier le temblaban las manos.

Otro documento detallaba cómo se habían creado enzimas artificiales del nuevo AXN capaces de “leer” las hebras originales del ácido xenonucleico original… ¡y de generar copias de ADN que a su vez serían transcritas al AXN, o sea, a sus descendientes! ¡Ésa era la solución que buscaba! No estaba todavía claro que las xenoenzimas fueran realmente capaces de reproducirse, pero todo indicaba que sí; en cualquier caso, eso ya lo podría solucionar él mismo. Se sintió muy excitado; se pondría a ello de manera inmediata.

Javier se lo explicó a su padre, que había seguido su explicación con sonrisa despistada.

─ Mira, hijo, no me he enterado ni de la mitad de todo eso que me cuentas sobre esos papeles de Biogen, pero intuyo algo que puede tener que ver contigo.

Javier enarcó las cejas.

─ ¿Y eso?

─ No me ha dado tiempo a contarte que tú tienes a través mío un nuevo ADN que ha crecido en ti desde que eras un embrión, formando parte de ti y evolucionando contigo. Supongo que el tal AXN que has mencionado de los documentos ha tenido algo que ver en todo ello, pues tú eres el descendiente que se precisa para que el ADN haga su trabajo de evolución y se desarrolle en tí.

Javier ya no se sorprendió.

─ Supongo que me lo contarás ahora…

─ Por supuesto, pero permíteme de nuevo que vaya por orden y evitar así mezclar los hechos ─ replicó su padre en tono misterioso ─ dejaré para el final los detalles.

Javier accedió a regañadientes, pues ya estaba ansioso.

─ Te recuerdo, hijo, que el quid de la cuestión está en el acuerdo entre la E.N.M.H. y Biogen. Todo gira alrededor de la veracidad de hechos históricos, lo que esconde potenciales beneficios millonarios si tales hechos se pudieran probar con rigor científico. Biogen, con tu ayuda “involuntaria” gracias a los estudios de memoria - a memoria histórica me estoy refiriendo - siempre ha creído que lo podrá hacer y está cuidando de que así sea.

─ Se me escapa qué tiene que ver eso con tu ADN heredado por mí e incluso con mis sueños…

─ ¿Por qué crees que me lo han implantado a mí, sino que ha sido preciso que tú crecieras con él desde el mismo momento de tu concepción y todos, en especial Biogen, ha tenido la sacrosanta paciencia de esperar varios años? ¿Aún no has caído, hijo? Tú mismo acabas de ver cómo funciona el AXN, pues a su través el cerebro se va adaptando al evolucionar a medida que fueras creciendo y tú eres mi descendiente. Estoy hablando de tu propia memoria, ésa del hipocampo que acaba en la corteza prefrontal y que no somos capaces de controlar salvo que podamos transferirla a un medio informático, como ya sabes mucho mejor que yo. Eso es lo que quieren.

Javier ya iba entreviendo el encaje de todo aquél galimatías.

─ Entonces, ¿mis sueños no son tales sino que son realmente recuerdos de hechos reales? Ahora entiendo que sean tan repetitivos y detallados, siendo capaz hasta de recordar caras… ─  Javier sonrió para sí mismo por lo que se le acababa de ocurrir, terminando con una gran carcajada ─ ¡A lo mejor soy el único ser humano hoy en día que ha visto en persona a los Reyes Católicos y encima transferir sus efigies a una base de datos!

─ Sí, pero es mucho más que eso, ya que podrás contar la verdadera historia y en imágenes, lo cual significa para el beneficiario un auténtico pastón…

─ Déjame que adivine, papá. Gracias a la aportación del AXN y su capacidad de réplica y copia, el ADN misterioso que me has transferido ha logrado que revivan los recuerdos incrustados en el ADN de no sé quién del siglo XV o XVI a juzgar por las vestimentas, permitiendo resucitar sus verdaderos recuerdos… ¿De quién es finalmente ese ADN, papá?

El padre soltó una sonrisa conejil.

─ Por eso lo guardé hasta ahora; se trata de un personaje importante y polémico, en especial en estos días que se denuesta tanto a los conquistadores españoles y su verdadero papel en la historia, cada vez más controvertida al no haber defensa posible contra los infundios que se lanzan en Hispanoamérica e incluso en la propia España. A ver si lo adivinas: ¿a quién pertenecen unos restos humanos guardados en un catafalco de la Catedral de Sevilla, aparte de otros en Santo Domingo?

La historia no era el fuerte de Javier, pero ya iba intuyendo de quién se trataba.

Sí, hijo mío, es quien estás pensando. Ahora mismo eres genéticamente nada menos que el gran almirante Cristóbal Colón, pues tu ADN ha evolucionado al implantarse y “resucitar” en tu hipocampo; además, ésos y más recuerdos de Colón a partir de su propio ADN deben estar archivados en tu corteza prefrontal. El ADN fue extraído ya hace tiempo, en 2003, cuando esos restos, los de Sevilla, fueron exhumados. Se ha comprobado que es ciertamente del almirante comparándolo con el de sus reconocidos descendientes. Los de la catedral de Santo Domingo están aún pendientes de estudio. Gracias a ti, es muy posible que la verdadera historia de Cristóbal Colón sea por fin conocida…

Sí, y en 2003 nací yo... coincidiendo con la exhumación y extracción del ADN respondió Javier pensativo.

Javier se sentía al mismo tiempo aliviado y atónito, pero todo encajaba. No era muy aficionado a la historia, pero asumiendo que todo aquello fuera verdad, le apetecía comparar la biografía del almirante nada menos que con sus propios recuerdos, es decir, su auténtica y única biografía. ¡Fascinante! Y eso no era todo, pues las posibilidades de todo aquél proceso de evolución del ADN eran enormes, aunque la ética de sacar a la luz las intimidades de cualquier persona era algo más que discutible. Si Biogen y la E.N.M.H se apropiaban del proceso, montarían un negocio muy lucrativo. Sí, la historia terminaría por no tener secretos, pero, ¿era eso mejor que la falta de ética al poder penetrar en los recuerdos más íntimos de cualquier persona elegida como “blanco”, fuera o no un personaje histórico? Si no se controlase esa actividad, se generaría un potencial problema social inaceptable.

Javier hizo un esfuerzo para alejar de su mente esa indeseada repercusión. ¡Él sólo quería aclarar la debatida biografía de Colón!

                                   

 

                         EPÍLOGO. Los recuerdos de Colón.

 

“Gestionar recuerdos es más difícil de lo que parece”, mascullaba Javier para sí al empezar con la labor de rascar lo que tuviera en su memoria que estuviera relacionado con Colón.

Aparte de otras muchas, las mayores dificultades eran localizar los recuerdos, ponerlos en orden o asociarles fechas; antes de los diez años eran muy difusos, como nos sucede a todos en mayor o menor medida. Esto dificultaba aclarar el tan debatido asunto de su nacimiento; la sorpresa se la llevó al no encontrar ninguna imagen de sus padres. ¿Por qué sería? Por fortuna, de aquella época de la infancia había algunas imágenes borrosas, pero se entremezclaban las de barcos veleros (la mayoría) con escasas imágenes de una ciudad que parecía ser Génova por el puerto, así como de otras, las menos, pero en las que se reconocía Florencia. Curioso. Tenía la sensación además de que las imágenes de Génova eran unos recuerdos que el propio Colón quería olvidar intencionadamente, pues cada vez que accedía a ellas se borraban como las de un viejo televisor que no sintonizara bien, cosa que no ocurría con las otras.

En definitiva, los primeros recuerdos de Colón eran de viajes por mar y de una ciudad que parecía ser Génova; las de Florencia eran posteriores y en consecuencia, más nítidas. En conclusión: que Colón era de origen italiano, pero el idioma que hablaba mejor de niño era portugués, no italiano, idioma que parecía rechazar. La explicación la fue descubriendo Javier con muchas dificultades: Colón sentía vergüenza por su humilde origen, más humilde de lo que se decía en algunas hipótesis, así como de no haber podido asistir a una escuela como Dios manda que le pudiera haber dado una formación más digna de la nobleza. Poniendo orden en los de barcos, desde muy pequeño había estado como grumete en buques portugueses, con los que pudo viajar tanto por el Mediterráneo como en el Atlántico. Ahí se desarrolló su vocación marinera y por eso hablaba ¡y escribía! mejor el portugués que el italiano, además de estar asociadas muchas imágenes de marineros portugueses y algunas de costas que parecían pertenecer a Portugal, incluyendo conocimientos sobre el comportamiento del mar.

En cuanto al lugar y la fecha de nacimiento, no había ningún recuerdo asociado, por lo que todo indicaba analizando el entorno histórico que debió nacer en Génova en una horquilla de cinco años entre 1446 y 1451. No estaba claro desde cuándo le habían acogido como grumete, pero entre los seis y los diez años aprendió mucho de navegación, gracias a la ayuda de los marinos portugueses. En cuanto a imágenes de personas, aparecía su hermano Bartolomé, pero de mayor; las demás resultaban difusas y no identificables.

A partir de los diez años, las imágenes mejoraban; el problema era asociarlas con una determinada edad, por lo que se supone que las primeras correspondían a un Colón entre los diez y quince años. Aparecían una serie de mapas y una efigie muy repetida de un marino turco con aspecto de caudillo; estaba claro que ambas habían impresionado al joven Colón y los recuerdos estarían en el hipocampo. Tras investigar en libros y comparar efigies, aquél marino se correspondía con el almirante Kemal Reis, inconfundible con su puntiaguda barba. Colón atesoraba gran cantidad de recuerdos en el barco del almirante, incluyendo sus experiencias en batallas navales. Kemal Reis fue encargado años más tarde, al ser nombrado Almirante de la flota otomana (gracias a lo cual se trata de un personaje conocido) de apoyar al ya disminuido reino árabe de Granada contra los Reyes Católicos, antes de le rendición de Boabdil.

Las otras imágenes correspondían a unos bocetos de un antiguo mapa en poder del almirante y que se suponía correspondía al océano Atlántico, pues las costas occidentales de Europa se reconocían con facilidad. Al otro lado del océano se dibujaban unas costas que muy bien podrían ser las orientales de Catay (China) y de Cipango (Japón) y más al sur otras imposibles de identificar. El joven Kemal Reis mencionó al joven Colón con el que debió de coincidir en sus primeras correrías de pirata en el mismo barco que la procedencia era de un sultán, según se lo contó su propio padre.

De Kemal Reis se sabe que fue coetáneo de Colón (el nacimiento del futuro almirante de nombre real Ahmed Kemaleddin se sabe que es 1451) y por lo tanto servía de referencia para asociar acontecimientos históricos alrededor de 1465-67 en los que ambos debieron estar juntos. A Colón le debió impresionar mucho aquél mapa, pues en sus recuerdos está marcado que se dedicó a copiarlo cuidadosamente a espaldas de su amigo (¿?) Ahmed Kemaleddin.

Después de todos sus viajes con portugueses y turcos en los que se forjó su educación y experiencia marinera, Colón retornó a Italia y pasó una temporada en Florencia. Allí entró en contacto hacia 1468 con un prestigioso matemático, astrónomo y cartógrafo de nombre Paolo del Pozzo Toscanelli, al que mostró la copia o copias que había hecho del mapa de Kemal Reis; la sorpresa del viejo cartógrafo fue mayúscula, momento que estaba muy bien grabado en sus recuerdos. Lo sorprendente era la coincidencia de aquél mapa con el que acababa de calcular el propio Toscanelli en aquellas mismas fechas sin basarse en ninguna información previa (además, Toscanelli nunca salió de Florencia). ¡Allí estaban las costas occidentales de Europa y al  otro lado las de Cipango (Japón) y Catay (China), corroborando además las distancias aproximadas que habían partido del propio Toscanelli! Colón, medio siglo más joven que el matemático, también quedó impresionado, por supuesto, pues las fuentes eran tan distintas que aquella coincidencia no podía ser sino cierta. Por parte de Toscanelli, al ver que sus cálculos coincidían con tal precisión con una información antigua procedente de un marino turco basada en no se sabe qué fuentes desconocidas más antiguas, le daba seguridad y reafirmación de que aquellos cálculos eran sin duda correctos. Hoy sabemos que no lo eran, por supuesto; los errores de Toscanelli se debían a fiarse de los 30 grados de longitud estimados por Marco Polo para el extremo oriental de China y no haber tenido en cuenta que la milla árabe era 500 metros más larga que la italiana, desvirtuando las referencias. Sumando a esto el sorprendente error de cálculo en un sabio como él de atribuir a la Tierra una circunferencia de 29000 km en lugar de los 40000 que tiene, resultaba que Cipango (Japón) se localizaba tan sólo a 4000 millas náuticas de Cabo Verde en el mapa, cuando en realidad estaba a 10600 nm.





                                             Mapa de Toscanelli (1468)


Es muy difícil que se sepa algún día por qué el antiguo mapa que copió Colón y le reafirmó a Toscanelli en sus cálculos eran tan similares y ambos erróneos; no es de extrañar que ambos, Colón y Toscanelli, se fueran a la tumba convencidos de la cercanía de Asia y Europa, pero al menos hicieron posible el descubrimiento de América.

No acaban aquí las casualidades, pues Piri Reis, el sobrino de Kemal Reis, pergeñó en 1513 su famoso mapa partiendo de la misma fuente antigua de su tío añadiendo informaciones del propio Colón de fecha 1501 tras el descubrimiento, con el contorno de las costas norteñas de Sudamérica, sorprendentemente coincidentes con la realidad.

Véanse las coincidencias entre los tres mapas, incluyendo las distancias relativas y la forma de Cipango (Japón)

             

                                              Mapa de Piri Reis (1513)


  Colón ya había acumulado en plena juventud (entre su época de grumete a los seis años y a los cerca de veinte años en que conoció a Toscanelli) una gran experiencia de navegación a lo largo y ancho del Mediterráneo. Ya con el acicate del mapa de Toscanelli decidió hacer recorridos por la costa atlántica y estudiar de paso las corrientes marinas desde las islas Azores, Canarias, bordeando España, recalando en Portugal y recorriendo las Islas Británicas llegando incluso a Islandia hacia 1477. Allí tuvo ocasión de saber que, según los islandeses, hacia el oeste había tierras; aquello podían ser leyendas, pero a Colón le reafirmaba una vez más que podría muy bien tratarse del norte de Catay. En cuanto a Irlanda, visitó la iglesia de San Nicolás en Galway, donde dejó constancia de su paso en ese año de 1477, cuando tenía aproximadamente entre 27 y 30 años. Estudió la corriente del Golfo y los vientos alisios, pues su afán era cruzar hacia Cipango y Catay con la certeza de que los vientos le llevasen allí con seguridad; habiendo atesorado más de veinte años de experiencia marina, se consideraba preparado para emprender esa aventura, pero necesitaba patrocinador, dinero y barcos.

De todo aquello había tantos recuerdos entremezclados sin determinar fechas, que cualquier referencia que relacionase los recuerdos archivados en su memoria con alguna fecha documentada era un tesoro. Por ejemplo, sabemos que su estancia en Portugal hasta que pudo contactar con el rey Juan II fue a la vuelta de sus viajes por el atlántico norte, entre 1480 y 1485. Al no tener éxito con este rey que no creyó en él ni en su proyecto de viaje a las Indias, lo que se sabe es que fue a España hasta que logró en enero de 1486 el contacto con los Reyes Católicos. A partir de ese momento, los años fueron transcurriendo en gestiones de preparación del viaje hasta 1492.

No es el objeto de este epílogo detallar y repetir la historia más o menos conocida del futuro almirante, pues no hay diferencias relevantes a partir de estas fechas. Lo que Javier podía aportar buceando en los recuerdos a los que tenía acceso era sobre aquello que más le había impresionado a Colón, pues la calidad de las imágenes y que seguían estando en su hipocampo era de gran nitidez y fácilmente archivables en un ordenador.

Comparando con la historia o biografía “oficial” de Colón, hay sin embargo un par de hechos que merece la pena destacar. Una es su vida amorosa, pues entre tantos viajes siempre hay encuentros con féminas; unas que le impresionaron más que otras y eso queda marcado en los recuerdos.

La historia oficial destaca su matrimonio con Felipa Muñiz, de la clase alta portuguesa y que le abrió las puertas al rey Juan II. Con ella tuvo a Diego Colón, como es bien sabido. Tuvo más tarde otra pareja, con la que no se casó, Beatriz Enríquez de Boadilla, con la que tuvo otro hijo, Hernando. ¿Estuvo Colón enamorado de alguna de estas dos damas? Pues analizando los recuerdos, resulta que no. Su auténtico amor fue otra Beatriz, apodada “La Cazadora”, de nombre Beatriz de Bobadilla y Ulloa, gobernadora de las islas de La Gomera y Hierro en Canarias, con la que mantuvo relaciones amorosas esporádicas, pero que en su recuerdo ha quedado marcado con gran intensidad. Parece ser y se comprueba en el cuadro adjunto que esta dama era muy bella y de gran temperamento, erigiéndose en protectora y abastecedora de avituallamientos en tres de los cuatro viajes de Colón, en 1492, 1493 y 1498.

                     


                                       Beatriz de Bobadilla, “La Cazadora”

Esta es la razón por la que sus paradas en las Canarias no fueron en Las Palmas, como parecería lógico, sino en La Gomera, ya que su dama, como gran mandamás de la isla, le garantizaba una calidad y eficiencia en los suministros, sin contar por supuesto con los dulces encuentros amorosos que la ocasión le brindaba.

Otro hecho bien marcado en su memoria fue el primer encuentro con los indígenas. Le sorprendió su aspecto primitivo, pues la ancestral cultura china era conocida tras las informaciones de Marco Polo y las relaciones comerciales subsiguientes, no acabando de encajar el aspecto de aquellos indígenas con la imagen de las historias de este otro gran viajero. Colón no paraba de preguntar por el Gran Khan y los jefes de tribu ni asentían ni dejaban de asentir, pero estaba claro que no sabían nada de aquél personaje. Colón asumió que Catay era muy grande y que en las zonas limítrofes del país pudieran no saber nada del emperador, cosa que no le evitaba cierta frustración.

Cristóbal Colón no tenía espíritu de conquistador y trató a los indígenas con respeto, aunque en alguna ocasión, siendo gobernador con hermano Bartolomé, se vio forzado a sofocar levantamientos de  indígenas, siendo acusado de haberlo hecho de forma cruenta y hasta encarcelado por mandato de la reina. Aparte de este hecho, no hay constatación alguna de ínfulas conquistadoras al estilo Pizarro o Cortés. Colón era un descubridor y su única ambición era promover que los territorios descubiertos se asignasen a sus patrocinadores los Reyes Católicos, que era además lo que le habían encargado y su medio de vida entonces.

 



No parece justa, por tanto, la animadversión que en estos últimos tiempos ha surgido en países sud- y centroamericanos hacia su persona, derribando estatuas y generando infundios por los que España debiera pedir perdón. Menos comprensible todavía es que esto mismo se repita en España, como ha sucedido recientemente.

En la memoria y recuerdos de Colón no hay sentimientos de arrepentimiento hacia acciones contra los indígenas sudamericanos, por lo que lo más lógico es que no hayan existido y lo furia levantisca hacia este personaje histórico resulte ser absolutamente vergonzosa hacia la historia de España. Todavía no he visto derribar ninguna estatua de piratas ingleses, sino más bien lo contrario, por lo que pienso que hay trampa y cartón tras estas actitudes.

 

                                                       KS, octubre de 2020


miércoles, 2 de septiembre de 2020

Camisas de serpiente

 

Camisas de serpiente

                                                                                 Por Kurt Schleicher

 

Este cuento filosófico se me ha ocurrido por la situación de desafección impuesta que sufrimos por  culpa del Coronavirus y que nos dificulta ahora el perpetuo anhelo del ser humano de ser felices.  

 Lo podría haber titulado “Bú​squeda de la felicidad en tiempos adversos" o "Satisfacción y felicidad", pero me han parecido títulos demasiado “cartesianos”. 

 Inconscientemente ​o por revanchismo irracional ante el Covid 19, las personas (ahora en especial los jóvenes) confunden la felicidad con la satisfacción desmedida, con lo que la prevención se olvida y los brotes aumentan. Y ahí estamos…

                                                       

 


    Gerardo era un hombre corriente. Se había formado en un buen Instituto desde los años cincuenta y su bagaje colegial era normal, de la media alta, tanto con las ventajas como con los inconvenientes si comparamos con la educación actual medio siglo más tarde. Es evidente que en aquellos años no había que preocuparse por  la degradación de las costumbres (algo impensable entonces),  dado que nuestro entorno estaba debidamente “protegido” por los educadores franquistas de la época por un lado y los representantes eclesiásticos por otro. Así no había escapatoria.

    “¿Éramos felices entonces?”, se preguntaba Gerardo, y no sabía responder. Es difícil que la felicidad sea un concepto global, pues es más bien un comparativo: “Yo soy más feliz que ése”, suele decir la gente y no sería nada improbable que ni siquiera fuera así. Quizás fuera más corriente la frase opuesta “Soy menos feliz que ése…”, recordando que a la envidia se la considera el vicio nacional. Más bien seríamos “felices inconscientes”; no era fácil en aquél entorno salir de la parcela asignada, en la que además se nos inculcaban determinados valores intrínsecamente buenos: el valor de la palabra dada, la honestidad, la importancia de cumplir las promesas, etc. Se le podría llamar el “bien natural”. Que eso haga feliz es cuestionable, pero no cabe duda que desgraciado no.

   Ya desde lo que se llamaba entonces la Preparatoria nos inculcaban cierto espíritu competitivo, lo cual parecía ser conveniente pensando en un futuro por entonces todavía lejano; nunca se sabe  si eso funciona como con los idiomas, que desde más pequeños se aprenden mejor. Por otro lado, aquello de adelantar puestos en las filas de la clase en función de mejores resultados en exámenes o preservar la clase “A” para la élite de los buenos podría dar buenos resultados, en tanto se dejara a un lado la frustración de los demás. Tenía truco: bajar de clase podría bajar la auto-estimación, pero también podría ser un acicate para el que supiera reaccionar y así lograr un mejor bagaje de conocimientos al verse forzado a estudiar más. En cuanto a preservar una clase de “élite” frente a otras, no parece ser una buena idea, más aún cuando todos sabemos que eso es algo muy subjetivo y que además después se polucionó cuando se consideraron otros criterios (idioma, etc.). Todo esto recuerda a la educación francesa, que sí está muy dirigida a la formación de una “élite” a lo largo de todo el periodo educacional y desde muy pequeños se les educa para que se esfuercen en ser “números 1”. De mayores, ya en la universidad, se crean escuelas especiales, que es de donde salen los presidentes, directores, políticos relevantes, etc. Los que entran ahí tienen su futuro asegurado (un ejemplo típico es la École Polytechnique para los ingenieros). Volvemos a lo mismo: los que se quedan fuera tendrán que conformarse. Igual pasa con las universidades de prestigio en los países anglosajones.

   Como todos pretendemos  instintivamente ser felices, tendemos a soslayar quedar relegados y reaccionamos a medida del carácter de cada uno. ¿Qué hacemos entonces? Salvo que seamos de los realmente buenos, al menos en coherencia con las notas, lo que instintivamente procuramos es que “nos vean” como de los buenos, en especial en todos los aspectos de la vida frente a aquellas personas que no nos conocen o que tengan la responsabilidad de evaluarnos en determinado momento. Ya sabemos que si desde un buen día te “catalogan” de estar entre los “malos”, quitarse ese sambenito de encima no era fácil y te podía perseguir durante mucho tiempo.

   Según fue creciendo, Gerardo pasó al entonces llamado “Bachillerato Elemental” de cuatro cursos con una reválida al final, seguido del Bachillerato Superior con otra Reválida, condición para pasar a un curso Preuniversitario, al que tampoco le faltaba otro examen filtro para aquellos que ansiaran ser universitarios y crearse lo que entonces se llamaba un “porvenir decente”. El sistema parecía razonable, pero eso no quiere decir que fuera justo; había casos singulares que se veían forzados abandonar en cualquiera de estas etapas de corte por razones que nada tuvieran que ver con su capacidad intelectual o bien sencillamente por no tener suerte en los momentos clave de los exámenes. Gerardo lo tenía claro desde la época de Preparatoria con tanto afán competitivo: tenía que llegar a la Universidad “sí o sí”, el “no” no era una opción. Él se daba cuenta de que no era de los “super-buenos”, que nunca tendrían esa preocupación (aunque sólo fuera porque lo normal es que fueran lo suficiente inteligentes como para no tenerla), sino que debía hacer un esfuerzo por parecerlo. Él también era de los que debían esforzarse para que los resultados de los exámenes crecieran al final de curso de notable a sobresaliente, pues por debajo nunca iba a tener la opción de poder figurar entre esos “mejores” que ansiaba. Los inteligentes de verdad no necesitan hacer tantos esfuerzos (si es que somos capaces de definir lo que es la inteligencia, incluyendo en ello al sentido común).

   Una vez superado con relativa brillantez el Preuniversitario y las pruebas de Madurez correspondientes, pudo matricularse en la Universidad. Gerardo ya había analizado sus propias cualidades, pues una vocación clara y diáfana no tenía (envidiaba el caso de un compañero de clase que ya desde los ocho años sabía que quería ser ingeniero aeronáutico, y además, acababa de matricularse en esa Escuela). A falta de vocación, Gerardo era consciente que el diseño se le daba bien, le gustaba, poseía dotes creativas y tenía facilidad de ver en el espacio, así que se matriculó en la Escuela Superior de Arquitectura. Sería arquitecto.

   En la carrera siguió la misma tónica; su media era de “notable alto” – bien ─ pero muy pocas veces destacó en algo que pudiera catalogarse de “maravilloso”, por mucho que lo intentara. Sus proyectos no llegaban a ser rompedores, aunque hay que reconocer que unos cuantos eran originales.

   Como suelen hacer los arquitectos recién titulados, se colocó en un estudio de Arquitectura. Pensó que necesitaba destacar, por lo que desarrolló unas artes complementarias para su persona: estar a la moda, vestir bien (excepto que los jefes fueran a contracorriente), exhibir capacidades de llegar fácilmente a acuerdos en caso de disputas, no ser contestatario, pero sí capaz de exponer sus opiniones con mucha claridad. Odiaba ser “pelota” o, al menos, que se pudiera creer que lo fuera. Tampoco quería que alguien pensara que era un “trepa”; lo único que realmente pretendía era destacar y que contasen con él antes que con los demás, “ésos del montón”, como los llamaba él.

   Todo llegó. Un buen día el jefe pasó a su lado y le indicó que le siguiera a su despacho.

    ── Gerardo, tengo algo para ti, una buena oportunidad ── una amable sonrisa le iluminaba la cara.

   Gerardo se esponjó, naturalmente.

    ── Verás ── continuó su superior, ya sentados frente a frente en el despacho ── estamos asociados a un estudio parisién de muy buena fama y me han pedido que les mande a uno de mis mejores arquitectos para intercambiar experiencias; he pensado que tú eres el más indicado. El trabajo te llevaría al menos un mes, en función de cómo resulta todo. Ya te contaré los detalles y lo que queremos sacarles.

   Gerardo se esponjó todavía un poco más, ajustándose involuntariamente el nudo de su exquisita corbata de seda.

    ── Puedes contar conmigo, por supuesto; te agradezco la confianza. No te defraudaré. Para ser sincero, me extraña que no hayas elegido a uno de nuestros dos “lumbreras”, José María y Segismundo…

    ── ¡Hombre, no querrás que prescinda de ellos, aunque sea temporalmente!

   Nada más decirlo, el jefe se dio cuenta de su falta de tacto, así que se corrigió inmediatamente, frunciendo el ceño.

    ── Te repito que tras analizar tus cualidades, estoy convencido que eres el más indicado, mejor aún que ellos para esta labor. Posees un francés razonable y esta labor requiere mucha mano izquierda y tú la tienes…

   Gerardo se calmó un poco, pues también había captado el pensamiento de su jefe, aunque luego quisiera dar marcha atrás. “No seré el mejor, pero sí el más indicado y te lo voy a demostrar…”, pensó para sí.

   Gerardo ya estaba casado y había tenido tiempo de diseñar su casa y terminar su construcción con un amigo aparejador; era un chalet independiente en un terreno algo alejado del centro de Madrid, pero las limitaciones del presupuesto no le habían permitido pensar en “gollerías” ni otros lujos.  Le había salido “demasiado ajustado” para su gusto, pero no quería meterse en aventuras que después no pudiera pagar, aparte de que los créditos bancarios por entonces tenían unos intereses brutales. Para una familia con dos niños la casa estaba bien, y como era un buen planificador, tuvo lo previsto: la parejita.

   El estudio de París de la compañía asociada era de otro nivel: amplio, ultramoderno, con vistas incluso a la Torre Eiffel, y, sobre todo, que su situación era boyante. Tenían bastantes pedidos. Gerardo se puso manos a la obra, con entusiasmo. Le habían concedido un gran despacho para él sólo. “Algún día tendré uno así…”, se dijo.

   Tenía la impresión de haber caído bien; tuvo la precaución de estudiar cuidadosamente la idiosincrasia de los franceses y en especial del mandamás, con el que salió a cenar en varias ocasiones, desplegando todo su arte de “pavo real”. Su mujer prefirió quedarse en Madrid, sobre todo por los niños, de forma que ahora tenía las manos libres y nadie que le dijera “eso sí, esto no…”, lo cual estaba deteriorando su convivencia. “Un periodo alejados tampoco viene mal”, se decía.

   El trabajo consistía en desarrollar dos Proyectos de una casa unifamiliar, cada una en un entorno diferente en el extrarradio de París. Estaba convencido de que los franceses ya tenían ambos desarrollados en secreto, de forma que debía esforzarse al máximo. Decidió que podía ser un superhombre y no se puso límite de tiempo para sí, restando incluso horas al sueño. El Proyecto se convirtió en obsesión. “Tengo que ser mejor y más brillante que todos los demás”, se dijo.

   Al finalizar el periodo parisién, se reincorporó al estudio en Madrid. Su jefe le estaba esperando. Gerardo estaba ansioso por hablar con él.

   Su superior le miraba con rostro imperturbable.

    ── Tengo una carta de Monsieur Thomas, Gerardo. Te la voy a leer:

“Le comunico con satisfacción que de los dos proyectos elegidos, uno de ellos ha correspondido al que nos diseñó su arquitecto Monsieur Gerardo.  Por lo tanto, este Proyecto ahora está enteramente en sus manos. Enhorabuena”

   El jefe iluminó su rostro con una ancha sonrisa.

    ── Pues eso Gerardo, enhorabuena, mi más sentida enhorabuena; has superado mis expectativas…

   Esto fue el comienzo de una carrera imparable, cada vez con más responsabilidades; Gerardo se hizo con el puesto de Director como sucesor de su jefe, después le llamaron también de Estados Unidos, y así, empezó a coleccionar cada vez más retos.

   Las consecuencias eran imaginables: todo lo que no fuera trabajo fue pasando a un segundo plano, si bien es cierto que no descuidó nunca la educación de sus hijos. Su mujer se terminó acostumbrando. La niña le preguntó un día que por qué llegaba tan tarde todos los días y no como los otros padres, lo que constituyó un primer aldabonazo de reflexión para Gerardo. Claro, se quedaba trabajando en su precioso nuevo despacho con su mesa especial de trabajo, cosa que no podía hacer en su casa, y las horas se le iban de entre las manos. La reacción de su hija le hizo pensar. “Algo estoy haciendo mal; me temo que no estoy asignando bien mis prioridades…”, se dijo. Pero al día siguiente, nada cambió.

 

   Un buen día detectó un movimiento extraño en el césped de su jardín. Era una bonita culebra, de colores muy vivos, que estaba mudando en aquél preciso momento su vieja camisa y aparecía reluciente en su nueva piel. La culebra no pareció tenerle miedo según ejecutaba su peculiar “strip-tease” y Gerardo la siguió fascinado durante todo el espectáculo hasta que desapareció. A Gerardo le gustaban las serpientes. No le repelían; su mirada hipnótica, su graciosa lengüecilla bífida y móvil, su tacto, sus movimientos ondulantes como una bailarina de los siete velos le encantaban.

   “Mirando hacia atrás, creo que en esto todos nos comportamos en la vida igual que las serpientes ─ reflexionó ─ nos estamos cambiando constantemente de camisa; ellas lo hacen para renovarse, pero nosotros lo hacemos más bien para brillar ante los demás o proyectar la imagen que queremos de nosotros mismos hacia otros. La pregunta del millón es: ¿es eso algo tan trascendente en nuestra vida como para que le dediquemos todos nuestros esfuerzos? Parece lógico que queramos hacer bien nuestro trabajo, pero siempre que sea una creación nuestra y no corresponda a una dependencia laboral. ¡Y eso a la largo de toda nuestra vida en sus diversas etapas, en especial en la profesional! ¡Nos estamos “vendiendo” por un plato de lentejas!”

   Gerardo estaba en vena y continuó reflexionando.

   “¿Cuál es de hecho nuestro objetivo en la vida? ¿Ser, o mejor dicho, parecer siempre el mejor a costa de relegar lo más trascendente a un segundo plano? ¿Es que actuamos siempre dando más importancia a nuestra “camisa” que a nosotros mismos? ¿Sacrificamos el tiempo dedicado a nuestras familias, el contacto con nuestros hijos, con nuestros amigos, nuestras experiencias, nuestra vida íntima o incluso a otras actividades más trascendentes, que hay muchas? ¿Cuánto tiempo nos pasamos actuando así? ¿Nos hemos arrodillado ante el “Dios-trabajo” y le adoramos? Cierto es que debemos velar por cuidar a nuestra familia y su bienestar, pero tampoco debemos retener el péndulo constantemente en un extremo”, continuó dándole al magín Gerardo con una leve sonrisa al imaginarse lo del péndulo retenido.

   Se le había abierto una brecha en la herida, pero la inercia de toda la vida era demasiado grande. Expandiendo sus reflexiones, Gerardo se estremeció. “Aquella forma de ser, primando la satisfacción sobre la felicidad íntima era también la referencia para la gran mayoría de los dirigentes y políticos del mundo, entendiendo que satisfacción implica en este caso poder e influencia. Todos hacen lo que sea por medrar, aparentar ser los mejores, competir con otras entidades, ocultar todo aquello que nos hace aparecer menos “perfectos” ante los demás, y así hasta el infinito. ¿Nos podemos imaginar a un político poniéndose flores en el pelo como los antiguos “hippies” defendiendo la felicidad y sencillez de la vida invirtiendo los valores hacia nuestro interior, como en religiones y filosofías budistas?” ─ Gerardo sonrió imaginándoselo.

   “Deberíamos dejar todo eso de ser los mejores para las competiciones deportivas y las Olimpiadas, que para eso están…”

 

   Al cabo de unos años llegó el momento de la jubilación. La despedida de Gerardo fue grandiosa, pues aunque no era ningún genio, su forma de ser y su dedicación le habían convertido en una persona muy respetada, incluso internacionalmente. La brecha en su herida ya hacía tiempo que se había cerrado y olvidado. No había cambiado.

   Al final de la ceremonia se le acercó el presidente de la entidad norteamericana dueña de una gran cantidad de estudios de arquitectura repartidos por todo el mundo.

    ── ¿No pensarás en retirarte de verdad de todo esto, ¿eh, Gerardo? ¡Eres el “number one”, como siempre has sido! ── el gran hombre acompañó su afirmación con una fuerte palmada en la espalda ── Tengo planes para ti, pero evidentemente respetando tu nuevo estado y lo que quieras hacer con tu vida. Obviamente, te lo remuneraríamos en especie, en renting de coches y cosas así en beneficio de ambas partes y por el tiempo que tú quieras. Qué, ¿estás de acuerdo? Es una buena oferta…

   Gerardo se estremeció. De repente se acordó de las camisas de serpiente y lo que pensaba de ellas. Pero por otro lado, aquella referencia a que había sido siempre el “número 1” como doble elogio, le llegó tan hondo que volvió a dejarse convencer ¡Ése había sido el objetivo de su vida!  Decidió sin embargo que debía ser cauto.

    ── No te preocupes, que no tengo intención de romper con todo; sin embargo, déjame que lo piense un poco, pues es algo muy trascendental para mí.

   Por primera vez en su vida, Gerardo relegó una decisión, pero eso no le resultó gratis. No paraba de darle vueltas, como una obsesión compulsiva. Entre este hecho y el cambio de vida, su salud se resintió sin que se diera cuenta, hasta cierto día en que se encontró muy mal, sin motivo aparente. Se sintió extraño, pues siempre había gozado de buena salud y nunca se había preocupado de ella con lo ocupado que estaba.

   Decidió que en lugar de ir al médico de cabecera mejor sería ir directamente al internista y que le mandase un análisis de sangre, pues ya había pasado mucho tiempo desde que se hizo el último.

   Según iba leyendo el médico los resultados del análisis, iba enarcando más y más sus pobladas y canosas cejas; cuando terminó, le miró por encima de sus antiparras de una forma que no admitía réplica.

    ── Debe usted ingresar inmediatamente en el hospital; le tienen que controlar todo esto…

    ── Pero… ¿qué tengo doctor? ── masculló Gerardo entre irritado y preocupado.

    ── No lo sé, pero con estos datos debe hacer lo que le digo y sin perder tiempo; mire, no coagula, lo que supone grave riesgo de derrame cerebral, no tiene casi función renal – de eso es de lo que se encuentra mal – y encima tiene un color amarillo generalizado que indica que su hígado tampoco funciona. ¿Le parece poco?

   Gerardo se dirigió como un autómata a Admisión con el papel en la mano. Allí le llevaron en silla de ruedas directamente a la habitación, que se llenó enseguida de batas blancas; al lado suyo había un armatoste del que iban colgando bolsas y más bolsas que tras un pinchazo en la venas le estaban conectando. Estaba consciente, pero todo aquél rollo tan repentino le había sumido en cierta confusión; podía oír retazos de conversaciones de los médicos o enfermeras que pululaban a su alrededor:

    ── Creo que le estamos poniendo demasiados corticoides, Rafa, pues están ya incluidos en varios de estos medicamentos… ── dijo una voz.

    ── No te preocupes; luego se los bajaremos… ahora lo más que pueden producirle es cierto estado de agitación mental ── replicó otra voz desde otro lado, según percibía Gerardo.

   Tras pasar la tarde con su familia, logró conciliar bien el sueño; de agitación no tenía más que la normal. Sin embargo, de madrugada, ya solo, se despertó de golpe con la sensación de tener la mente mucho más clara… ¿estaría en estado de clarividencia?

   Por su mente empezaron entonces a aflorar razonamientos y reflexiones a todo tropel, amontonándose unos sobre otros:

    ¿Habría llegado al final de su ciclo de vida teórico y ahora se lo prolongaban?¿Cómo podría aprovecharlo mejor? ¡Algo tendría que hacer! ¡Tenía que saber distinguir de una vez entre SATISFACCIÓN y FELICIDAD! ¿Qué es lo que había buscado él instintivamente a lo largo de su vida? Indudablemente, lo primero, y a mansalva. ¡Se había dedicado a buscar satisfacción como objetivo principal y casi único, relegando cualquier otra cosa a segundo plano! ¡No podía quitarse de encima el soniquete de la famosa canción de los “Rollings” I can´t get no satisfaction…! No había hecho otra cosa que aparentar con sus continuos cambios de camisas de serpiente, pues cada cambio era como un derrame de satisfacción, queriendo brillar ante los demás. Buscar placer es fácil; ¡la felicidad no se busca, se encuentra!  Pero… ¿sabemos acaso lo que es la felicidad y cómo se consigue? Nunca se había preocupado por ello. ¡Ahora tenía que hacerlo, en esta segunda oportunidad que se le brindaba! ¿Se había ocupado acaso de hacer felices a su familia y a su entorno tanto personal como profesional? ¿Era feliz con su familia, con su vida? No estaba seguro, pues la había relegado tanto que no tenía forma de apreciarlo debidamente. ¿Y su familia, ¿se sentía feliz con él? Pues probablemente les pasaría igual; total, sólo le veían los fines de semana y vacaciones llegando a diario sólo a cenar al quedarse siempre en el trabajo hasta muy tarde con las vueltas y revueltas que daba a sus proyectos hasta que se sentía satisfecho, o mejor dicho, que el proyecto le satisficiera. En cuanto al entorno profesional, una palmada en la espalda de sus subordinados cuando hacían algo bien nunca la había escatimado; eso en todo caso le proporcionaría satisfacción, pero “hacerle feliz” al hombre parecía un poco exagerado. ¡Tratar al menos de hacer felices a los demás debería proporcionar doble satisfacción, eso sí! ¿Existía realmente la FELICIDAD con mayúsculas? Probablemente, no, exceptuando algunos conceptos etéreos orientales como el de Nirvana.


“Ha llegado el momento de cambiar”, se dijo Gerardo en plena crisis de lucidez mental. “¡Tendría que haberme dado cuenta mucho antes! El pasado ya es tarde para reconvertirlo, ¡pero el futuro sí! Menos es nada…”

 

Cuando despertó saliendo de aquellos pensamientos obsesivos, se dijo que tenía que profundizar más sobre lo que era la felicidad, tanto pensando en la suya propia como en la de los demás. Por el concepto de satisfacción o placer ya tenía gran experiencia; ¡demasiada!

 

Gerardo reflexionó sobre su propia concepción de la felicidad; era muy simple: “es inútil tratar de ser feliz de una forma global; hay que dividir la felicidad en pequeños cachitos y saber identificarlos, disfrutando entonces de ellos”. Una conversación agradable con alguien, la sonrisa de una guapa mujer que te mire a los ojos o la sonrisa de un bebé, pueden constituir buenos ejemplos. Otra idea sería COMPARTIR con los demás algo que les proporcione bienestar y quién sabe si para algunos les supusiera una fugaz felicidad.

 

 

Gerardo se puso manos a la obra investigando lo que se sabía científicamente sobre la FELICIDAD y descubrió bastantes cosas que no podía ni imaginar:

 

ü Definición RAE: estado de grata satisfacción espiritual y física. “¡Ya estamos mezclando la satisfacción con la felicidad! Lo de espiritual me sirve de poco, de nada práctico al menos”, se dijo.

 

ü La felicidad no es un término absoluto. ¡Naturalmente! Tendemos siempre a hacer comparaciones. ¡Es muy difícil ser a la vez envidioso y feliz, por ejemplo!

 

ü           Un informe científico reciente de los investigadores Sonja Lyubomirsky y Ken Sheldon prueba que el 50 por ciento del nivel de felicidad en una persona estaría determinado genéticamente, un 10 por ciento dependería de la situación y circunstancias de la vida y el restante 40 por ciento dependería de las decisiones que tomemos en nuestra vida y por lo tanto su control depende de nosotros. ¡Caramba! ¡Resulta que la mayor capacidad de ser felices está escondida en nuestros genes, en nuestro ADN! ¡Sorpresa! Y que todo lo que hayamos elegido en la vida en tiempo pasado sólo nos aporte ese pequeño 10% por ciento, resulta frustrante. ¿Entraría ahí todo aquello por lo que tanto se había afanado en sus objetivos en ese pequeño porcentaje? Eso demostraría que las satisfacciones tipo camisas de serpiente aportan muy poco a la felicidad. ¡Al menos queda un 40% sobre el que podemos actuar, con nuestras DECISIONES!  “Habrá que ver esto con más detalle, y descubrir cuáles podrían ser”, se dijo Gerardo.

 

ü            Lo de la genética y su gran influencia de un 50% frente al total le había sorprendido bastante. ¿Existe acaso un gen de la felicidad? Pues sí. Resulta que en el 2016 se había descubierto haciendo estudios estadísticos de población que los que afirmaban ser felices tenían algo en común entre ellos: eran los que contaban con la variante genética “RS324420” del alelo A del gen del ácido graso amida hidrolasa (FAAH). ¡Otra sorpresa! Y no sólo eso: las emociones negativas se ha comprobado que afectan seriamente a la actividad genética, en particular a los telómeros (extremos de los cromosomas), que son como escudos protectores de nuestro ADN. Se sabe también que las personas más optimistas y que se manifiestan felices suelen tener los telómeros más largos; dado que éstos se acortan a lo largo de la vida (es parte consustancial del envejecimiento), el alargamiento aporta una doble ventaja: más felicidad y acortar el envejecimiento.

    Se preguntó si era posible actuar sobre ellos intencionadamente. Encontró pronto la respuesta; era afirmativa: con ejercicio físico, con meditación y ampliando nuestras relaciones sociales, los telómeros lo “agradecen”, alargándose. Tampoco se puede afirmar que la felicidad esté determinada por un solo gen; en 2011 ya se desveló que las personas que poseían las dos versiones largas del gen 5-HTTLPR se sentían más satisfechos con su vida que los que poseían las dos versiones cortas del mismo gen.  “¡Lo que estoy descubriendo!”, musitaba Gerardo por lo bajo.

 



ü           En otro informe encontró que  se había comprobado experimentalmente que las personas que se manifiestan felices, las que más sonríen y se consideran entusiastas y vitales, muestran una curiosa asimetría en su actividad cerebral: se detecta más actividad en la corteza pre-frontal izquierda que en la derecha (en la que se manifiestan a su vez más las emociones negativas)

 

ü Y había aún más: la bioquímica cerebral también aporta su granito de arena por los efectos de los neurotransmisores, aunque éstos no siempre hacen una distinción clara entre satisfacción y felicidad. Cada uno de ellos se especializa en algo y actúan de forma similar a las drogas. Son las endorfinas (que dan bienestar y placer), la dopamina (que ayuda a motivarse), la serotonina (que afecta al estado de ánimo y se la conoce como “hormona de la felicidad”), y la oxitocina (que refuerza los lazos afectivos). Esto le indicaba a Gerardo que las dos últimas contribuyen de forma más patente a la felicidad, pues las dos primeras aportan más bien satisfacción y placer. Curiosamente, la variación del gen 5.HTTLPR mencionado se comprobó que influía en el nivel de serotonina, “la de la felicidad”.

 

ü Se topó con otra faceta más: todos nos forjamos en nuestra vida unas EXPECTATIVAS (bien que lo sabía Gerardo), influyendo en nuestra percepción de ser felices. Incluso se encontró con una “fórmula de la felicidad, que las relacionaba:

 

     

      FELICIDAD          >=        Percepción de los eventos                  EXPECTATIVAS

                                          de nuestra vida                                         que nos forjemos

 

Es decir, que “si nuestra percepción subjetiva sobre nuestra vida es mejor o al menos igual a nuestras expectativas, facilitaremos el camino hacia la felicidad”.

“El peligro está en la clase de expectativas, pues si las redujéramos a satisfacciones, nos engañaríamos a nosotros mismos”, se decía Gerardo, pensando en su propia experiencia.

 

ü Y la pregunta del millón con respecto a las DECISIONES: ¿cómo puedo incentivar la felicidad en mi vida a partir de ahora?, se preguntó Gerardo.

 

 Tras darle muchas vueltas, el resultado fueron una serie de “recetas” que apuntó cuidadosamente:

 

v Dedicar más tiempo a la familia, a los amigos y a disfrutar de y con todos, rememorando y compartiendo por ejemplo experiencias felices y positivas de la vida pasada.

v Sentirse gratificado y expresarlo.

v Estar dispuesto a ayudar a los que lo necesiten.

v Tratar de afrontar con optimismo cualquier situación.

v Reconocer los “pequeños cachitos de felicidad” y disfrutar con ellos.

v Mostrarse fuerte frente a las adversidades.

v Cuidar la salud; ser feliz estando enfermo y con dolores es difícil…

v Adoptar valores nuevos, no perder la curiosidad y estar siempre dispuesto a aprender.

v Saber perdonar.

v En general, para creyentes y no creyentes, fomentar la espiritualidad de alguna manera.

 

¿Siguió Gerardo todas estas recomendaciones y encontró la felicidad? No, o al menos en un sentido amplio. El día a día, los pequeños disgustos y la salud menoscabada siempre enturbian nuestras mejores intenciones. Al final, le faltó tiempo… la lección tenía que haberla aprendido un poco antes.

 

                                                      FIN

 

 




 

                    ALGUNAS REFLEXIONES FINALES.

 

                                    

Ø Las camisas de serpiente, pese a lo dicho, no tienen por qué ser intrínsecamente malas. Basta con pensar en las intenciones del ofidio: se renueva y se desprende de lastre inútil. Nosotros podríamos hacer lo mismo; renovarse es renacer un poco, nos satisface y hasta pudiera contribuir a que seamos más felices.

 

Ø Sin embargo, una gran acumulación de satisfacciones no tiene por qué hacernos más felices; incluso se podría provocar el efecto contrario. En general, se suele confundir la felicidad con la satisfacción; la primera sí satisface, pero al revés raramente funciona.

 

 

 

                           REPERCUSIÓN POR EL COVID 19

 

Ø Este año de 2020 marcado por las medidas de protección contra el Coronavirus no contribuye precisamente a que seamos más felices. El virus no sólo nos afecta físicamente, sino espiritualmente. Si ya existía una crisis de valores, los confinamientos, la situación económica y la separación forzada entre las personas queridas está causando una búsqueda desesperada e irracional de satisfacciones en cada vez mayor número de personas, que ya ni razonan (es el caso de los negacionistas, por ejemplo). El afán por los botellones, las diversiones exageradas y el tratar de escabullirse de una triste realidad no son más que manifestaciones de lo mismo, y lo único que se consigue es que el problema se agrave.

 

Ø Como estamos ante una pandemia, los efectos no son solamente a título personal, sino que afectan al devenir de nuestro mundo. Las decisiones de los gobiernos de diferentes países no son unívocas, sino que cada gobernante campa por donde le parece y después reacciona a chispazos descontrolados en función de la evolución de la situación sanitaria. En lugar de controlar al virus, es el virus quien nos sigue controlando a nosotros.

 

Ø La esperanza cristaliza en los avances de las vacunas. Ya veremos cuál será el nivel de aceptación, pues la desconfianza también tendrá su impacto. Si la vacunación a nivel mundial no prosperase por las causas que fueran, la situación de impass se prolongaría y seguiríamos teniendo que convivir más tiempo con nuestro enemigo y soportar la falta de manifestaciones de afecto, coartando esa ansiada felicidad, por poca que sea. Esto podría llevar a una crisis psicológica a la larga.

 

Ø Lo que al menos podremos hacer y tendremos que seguir haciendo es cambiarnos con frecuencia de camisas de serpiente manteniéndonos lo más limpios y relucientes posible, igual que hacen ellas…

 

 

                                                 KS, 2 de septiembre 2020