domingo, 17 de febrero de 2019

A propósito de San Valentín

A propósito de San Valentín
Por Kurt Schleicher




   
   Tras nuestro magnífico evento musical el pasado día de San Valentín, bien acompañados por nuestras féminas, se me ha ocurrido hacer unas cuantas reflexiones con respecto al enamoramiento. Según trabajaba en las fotos en pareja para la reseña, observé que se nos veía a todos a todos muy sonrientes y “amurracados”; es evidente que ya somos “nosotros y nuestra querida circunstancia”.

   Yo me temo que esto de San Valentín, aparte de una estrategia comercial, proviene de que enamorarse siempre se ha tomado como un misterio; para que se produjera, lo más indicado era encomendarse al tal santo. 
   También se ha rodeado al fenómeno de algo espiritual, producto de nuestro “yo” inconsciente; al encontrarnos por pura casualidad con la persona destinada a compartir nuestros sentimientos más profundos, se produce el “click”, acelerándosenos de paso el corazón volviéndonos tarumbas y somos ya sólo capaces de pensar en el objeto de nuestros anhelos. Y de esto han surgido miles, millones de novelas, películas y toda clase de ensoñaciones. Será que es algo muy importante para nosotros, los humanos, pues los animales (excepto en el caso de “la Dama y el Vagabundo”, de Walt Disney) no se da este fenómeno (por cierto, la fidelidad a la pareja sí, en algunos casos especiales).

   Dicho esto, lamento profundamente desilusionaros; enamorarse es un fenómeno químico, muy estudiado, pero que incluso hoy en día no se conoce al 100%. Será que de ahí surge el dicho “parece que hay química entre esos dos…”.

   Como introducción, voy a hacer un pequeño resumen de los protagonistas del fenómeno en nuestro cerebro, donde se generan.
   Las hormonas y los neurotransmisores: Las hormonas son sustancias segregadas en nuestro cuerpo por células especializadas, localizadas en glándulas endocrinas  cuyo fin es el de influir en la función de otras células; pertenecen al grupo de los mensajeros químicos, que incluye también a los neurotransmisores y las feromonas. A veces es difícil clasificar a un mensajero químico como hormona o neurotransmisor.


  Un neurotransmisor es una molécula liberada por las neuronas al espacio sináptico donde ejerce su función sobre otras neuronas u otras células (células musculares o glandulares); es el elemento clave en la transmisión de los estímulos nerviosos. A estas neuronas se les llama pre-sinápticas y contienen gran cantidad de neurotransmisores en vesículas sinápticas. Una vez liberado al espacio sináptico, el neurotransmisor difunde y llega a la membrana post-sináptica donde ejerce su función al unirse a su receptor. (La sinapsis es una aproximación funcional intercelular especializada entre neuronas, ya sea entre dos neuronas de asociación, una neurona y una célula receptora o entre una neurona y una célula efectora, casi siempre glandular o muscular). Las dentritas, ramificaciones cortas, son las entidades receptoras de información y el axón (rama larga y única) es la entidad emisora. Los receptores para neurotransmisores pueden encontrarse en otras neuronas, en células musculares o en células glandulares; las células que portan estos receptores se llaman células post-sinápticas. La función del neurotransmisor es transmitir una señal desde la célula pre-sináptica a la célula post-sináptica.

    Esto parece un poco lioso y muy poco romántico, pero son los ladrillos del proceso de enamorarse. ¿Pero cómo se produce el fenómeno?
   La teoría del “mapa-imagen”: Muchas investigaciones psicológicas demuestran que ciertas imágenes embebidas en nuestros recuerdos infantiles, sean éstos conscientes o inconscientes, son decisivas o son incluso el motor de arranque de ciertas funciones o reacciones que ponen en marcha el proceso del enamoramiento. Mucho antes de que una persona se fije en otra ya nos hemos construido -sin saberlo- un mapa mental o un conjunto de informaciones mayormente visuales -o sea, una imagen- que conforma un molde completo de circuitos cerebrales. 

                                                      Mapa -imagen

    Según el especialista sexólogo John Morley, esto debe suceder cuando tenemos entre 5 y 8 años. ¡Pues vaya! Al tropezarnos años después con alguien que nos causa una asociación mental con esa imagen, se pone en marcha un proceso químico y eléctrico-neuronal, que se compone de varias fases o etapas:
1º: Comienza con un súbito desplome del nivel de serotonina (hormona existente en las neuronas que funciona como neurotransmisor) originado por una situación estresante.
 2º: El cerebro entonces, para compensar este déficit, empieza a producir desesperadamente fenitilamina (compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas). Cuando nuestro cerebro se da cuenta que se está inundando de esta droga, reacciona de nuevo secretando dopamina (neurotransmisor responsable de los mecanismos de refuerzo del cerebro, es decir, de la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer). Es una sustancia, pues, básica para enamorarse románticamente.
3º: Al mismo tiempo también se producen otras hormonas, como  la norepinefrina, la oxitocina y la vasopresina, que no hacen sino estimularnos y empujarnos a tirar para adelante y aguantar horas y horas sin cansarnos si estamos cerca de la persona que nos ha producido el “click”. Cuando no nos atrevemos, es que la producción de estas hormonas ha sido deficiente.
    La oxitocina surge cuando dos personas se miran a los ojos durante un lapso prolongado, se funden en un abrazo, proceden a tocarse, besarse o acariciarse y sigue estando presente durante la unión sexual. Es también la hormona que nos hace depositar nuestra confianza en el otro, nos ayuda a superar el "miedo social" y resulta indispensable para la unión ulterior.
     La vasopresina es una hormona que interviene en la formación de los vínculos emocionales. Se la llama la “hormona de la fidelidad”.

   Si nos pasa todo esto, es que ya nos hemos enamorado; sin embargo, este proceso tan placentero no está exento de “daños colaterales”. A la vez que se producen todos estos disparos de hormonas y entretanto las áreas de recompensa del cerebro están inundadas de dopamina, las regiones relacionadas con las emociones negativas y con el juicio crítico SE APAGAN. De ahí que nos falte juicio en esos momentos y además, en función del carácter de cada uno, todo nos parece posible, nos olvidamos de las potenciales consecuencias (se nos anula la percepción del riesgo)  y nos volvemos optimistas (comprobado gracias a escáneres cerebrales).
     El sentido del olfato también ayuda, máxime si lo relacionamos con la imagen, y es otro sentido que nos acelera el proceso, no solamente el de la vista. De ahí han surgido los perfumes, sin olvidar el efecto de las feromonas. El sentido del tacto está agazapado para hacer uso de él, pero eso ya suele suceder un poco más tarde.

      La sensación que percibimos tras dar comienzo todo este proceso, es que nuestro organismo entra en ebullición. A través del sistema nervioso, el hipotálamo envía mensajes a las diferentes glándulas del cuerpo ordenando a las glándulas suprarrenales que aumenten inmediatamente la producción de adrenalina y noradrenalina (neurotransmisores que comunican entre sí a las células nerviosas).
     Sus efectos se hacen notar al instante:
·       El corazón late más deprisa (130 pulsaciones por minuto)
·       La presión arterial sistólica sube, 
·       Se liberan grasas y azúcares para aumentar la capacidad muscular.
·       Se generan más glóbulos rojos a fin de mejorar el transporte de oxígeno por la corriente sanguínea.
¡No deja de tener gracia que enamorarse se parezca a hacer deporte…!
       A partir de aquí, se elimina estrés y nos invade una agradable sensación de plenitud y goce. Esto se debe a la acción de las endorfinas, también conocidas como las “hormonas de la felicidad”, que no son hormonas, sino opioides de secreción interna que suscitan en el cerebro sensaciones tales como éxtasis, anestesia y bienestar.  ¿Estaremos drogados? Es a partir de este momento cuando se ponen las bases de cierta estabilidad, o sea, por ejemplo, cuando se empieza a pedir una cita a la chica, seguido del “salir juntos” y la evolución clásica del proceso de noviazgo.
     Este mecanismo es muy similar al que sentimos cuando nos invade el miedo: corazón desbocado, rodillas con flojera y una sensación de irritabilidad muy característica en la boca del estómago. Todo esto depende de nuestro sistema nervioso vegetativo, que es el que rige las funciones corporales que no dependen de nuestra voluntad, como es el ritmo y la intensidad del ritmo cardíaco. Cuando nuestro cerebro detecta algún tipo de amenaza (o en el caso que nos ocupa con la presencia del “objeto de deseo”), se desencadena un conjunto de reacciones encaminadas a poner el cuerpo en condiciones de atención y velocidad de reacción máximas; se envía entonces la alarma al hipotálamo y éste actúa como se ha dicho más arriba.  Al mismo tiempo, determinados haces nerviosos transmiten al corazón la orden de estar preparado para cualquier eventualidad; quizás por esta causa se asocia al corazón con el proceso del enamoramiento.

     Las áreas del cerebro implicadas en este proceso son las siguientes:
    Aparte del citado hipotálamo,
·        La corteza prefrontal
·        La amígdala
·        El núcleo accumbens       y
·        El área tegmental frontal (debe ser por esto último que, cuando nos damos cuenta que nos hemos enamorado, lo primero que hacemos es darnos un golpe con la mano abierta en la frente, gesto típico de “Pero…¡en qué estaría yo pensando!”) 
       Éstas no son las únicas zonas involucradas, pues la Dra. Stephanie Ortigue estimó que un total de 12 áreas del cerebro humano están involucradas en este sentimiento, lo que significa que es más complejo de lo que parece a primera vista; todo esto es una mera simplificación del proceso, que se continúa investigando.
        Esta misma doctora considera  que tardamos solamente medio segundo en enamorarnos, que es el tiempo que necesita nuestro cerebro para poder liberar las moléculas neurotransmisoras que generan las distintas respuestas emocionales.  Asimismo, afirma que el sentimiento amoroso provoca alteraciones neuronales en áreas del cerebro relacionadas con la percepción, lo que puede explicar el hecho de que las personas enamoradas encuentren a su pareja mucho más “especial” que las demás personas, sea eso cierto o no.

      ¿Enamorarse es como estar drogados? Pues en cierta forma, sí. En el cerebro se establece una relación biunívoca (comprobada y verificada) entre los niveles (altos en este caso) de fenitilamina (compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas) y el que esa persona esté enamorada. A las anfetaminas se las considera drogas, o sea, que la fenitilamina podría decirse que es la “droga del enamoramiento”. También se produce el fenómeno inverso, es decir, que cuando el enamorado no se siente correspondido, tiene tendencia compulsiva a comer chocolate, alimento rico en fenitilaminas, al sentir “mono” por faltarle las sensaciones de enamoramiento. Todo indica que estamos entonces bajo el poder de anfetaminas naturales y que cuando nos enamoramos… ¡resulta que nos estamos drogando!

    ¿Es peligroso enamorarse? Pues también. Si es verdad que estamos drogados, no es extraño que se puedan desarrollar emociones dolorosas o negativas cuando los centros de recompensa del cerebro, acostumbrados a un nivel de dopamina alto, no encuentran "su chute" necesario.  Paradójicamente, en cuanto aparezca un "nuevo objeto de deseo“, tendremos tendencia a amar de nuevo con más fuerza; incluso el pánico también se activa de forma similar a la ansiedad.  Entonces el amor puede convertirse en ira y odio, ya que las regiones asociadas con la recompensa están en el cerebro estrechamente vinculadas a la ira. Finalmente, cuando los amantes despechados se resignan a su suerte, a menudo entran en períodos prolongados de depresión y desesperación. Estas emociones negativas pueden llegar a generar obsesión, acoso e incluso, en caso de los más psicópatas, deseo criminal de matar a sus seres queridos, cosa que adquiere especial y triste relevancia en los casos de violencia de género (sería más correcto decir violencia de sexo) que vemos en la prensa, lamentablemente con demasiada frecuencia…
      Incluso dejando a un lado las emociones negativas y considerando solamente las positivas, se considera por determinados psicólogos que si el enamoramiento se mantuviera a los mismos niveles de excitación y esto se prolongase por más de seis meses, podría considerarse que es patológico y con riesgo de llevar aparejados desórdenes mentales ¡Qué barbaridad!  Y si, mientras “perdemos la razón”, por los motivos químicos que hemos visto, se acelera nuestro corazón y pensamos de manera obsesiva y recurrente en la persona querida y sin ser capaces de hacer otra cosa, sufriremos altibajos emocionales, nos desprenderemos de nuestras inhibiciones y perderemos la sensación de ridículo y del sentido común; es decir,  nuestro nivel de tolerancia a la estupidez cae entonces bajo mínimos. Quizás por todo esto, el límite de los 6 meses sea hasta una “defensa” del propio organismo, pues pudiera hasta ser peligroso a la larga… Esto podría ser la causa del suicidio de ciertas personas extremadamente sensibles que probablemente sufran esta patología -por ejemplo, Mariano José de Larra- máxime si la persona objeto del enamoramiento rompe la relación.
     Una investigación impulsada por el psicólogo Arthur Aron de la Universidad de Nueva York ha comprobado que el comienzo del enamoramiento puede producir en el organismo humano el mismo efecto que el de recibir una dosis de cocaína, droga que es un poderoso estimulante del sistema nervioso. Y no sólo eso: a los participantes del experimento se les mostraron imágenes de las personas de quienes estaban enamorados y en ese instante se registró la actividad de su cerebro por medio de una tomografía. Se comprobó entonces que, al motivarse, una determinada área se inundó de dopamina, sustancia que, como hemos visto, aparece en la sangre cuando experimentamos sensaciones agradables (como hacer el amor, comer chocolate o consumir ciertas drogas). Por lo tanto, sí podría llegar a generarse cierta “adicción” al enamoramiento.

    Según la doctora Helen Fisher, la actividad neuronal es diferente según si se trate de apego, amor o deseo sexual, por lo que nuestro cerebro no se activa de la misma forma en las relaciones 'serias' o duraderas que en las primeras etapas del enamoramiento. Plantea que la hormona responsable del amor romántico en su fase inicial es la dopamina, como ya hemos visto. Interesante punto de vista, ya que si mantenemos que el origen del proceso está en esa “imagen” de la infancia, las imágenes posteriores se comparan con la primigenia y, según sean los rasgos y las “diferencias”, los procesos químicos pueden derivar de formas muy variopintas: en unos casos nos enamoramos “románticamente” y en otros se nos genera testosterona y los subsiguientes impulsos sexuales. Al cabo del tiempo, la propia “imagen” puede llegar a transformarse por el uso continuado y hacer que los impulsos se vuelvan más tenues y hasta que ya ni se generen, hasta que la aparición de una “nueva imagen” fuera capaz de activar otra vez el proceso con renovados bríos. Nos encontraríamos entonces ante el riesgo de cometer infidelidades con la persona objeto de nuestra “imagen” primigenia.

    ¿Hay matices que diferencien a los hombres y las mujeres en esto de enamorarse? Pues sí. El Dr. Porta-Etessam afirma que: “Mientras que los hombres, cuando se enamoran, parecen tener una mayor actividad en la región cerebral asociada a los estímulos visuales, en las mujeres se activan más las áreas asociadas a la memoria”. Para ellas más que para ellos y según diferentes estudios, sea cual sea el origen del enamoramiento, las relaciones a largo plazo son sin duda importantes para hacernos sentir felices y plenos. Hoy en día, esto va siendo algo cada vez menos diferenciado entre hombres y mujeres, pues los papeles de la pareja en sociedad también están menos separados y esto ya está afectando a nuestro comportamiento social (por ejemplo, el cortejo, los piropos, ceder el paso o el asiento), haciendo que pudiera ser hasta “mal visto” por las féminas de hoy.
     Todo indica que las imágenes visuales son en general más importantes que otros sentidos, el olor, por ejemplo; de ahí que se diga “amor a primera vista y no “amor a primera olida”, aunque es muy posible que las mujeres sean bastante más sensibles al olor que los machotes…
     El impulso sexual evolucionó para que saliéramos a buscar a nuestras parejas, mientras que el “enamoramiento romántico” es un impulso más verdadero, porque emana del cerebro primitivo y es más fuerte que el impulso sexual. Cuando las mujeres se sienten “locamente enamoradas”, también quieren irse a la cama con su pareja, pero no de una forma inmediata; lo que realmente quieren es que se las llame por teléfono, que se las invite a cenar, en fin, que se vaya creando una unión emocional de forma progresiva. No les suele gustar el “aquí te pillo, aquí te mato” (salvo excepciones, claro). De hecho, una de las características principales del enamoramiento es el deseo más o menos soterrado de contacto íntimo y de exclusividad sexual. Cuando nos acostamos con alguien y no lo amamos, no nos importa realmente si también se acuesta con otros, pero cuando nos enamoramos, pasamos a ser realmente posesivos y ya nos importa muchísimo. Las “cornamentas” no se llevan bien con el enamoramiento.
     Habrá que preguntar a las damas qué opinan de todo esto…

     Se dice que la actividad neuronal asociada al  enamoramiento (no los primeros síntomas ya mencionados, los “patológicos) puede llegar a durar de 2 a 3 años, incluso a veces más, pero al final la atracción bioquímica decae. La fase de atracción del enamoramiento no dura para siempre, lamentablemente. La pareja, entonces, se encuentra ante una dicotomía: o separarse o habituarse a manifestaciones más tibias y menos químicas del amor, como compañerismo, afecto, tolerancia, etc.
          Como decía D. Jacinto Benavente: “El amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio es para morir”.
          Con el tiempo el organismo se va haciendo resistente a los efectos de estas sustancias y toda la locura de la pasión se desvanece gradualmente, la fase de atracción no dura siempre y comienza entonces una segunda que podemos denominar de pertenencia mutua, dando paso a un amor más sosegado; la pasión se ha convertido así en un sentimiento de seguridad, comodidad, relajo y paz.
      Dicho estado de sosiego también está asociado a otro proceso químico; en este caso son las endorfinas  (compuestos químicos naturales de estructura similar a la de la morfina y otros opiáceos) las que confieren la sensación común de seguridad comenzando una nueva etapa, la del apego. Por esta razón se sufre tanto al perder a nuestra pareja, pues dejamos de recibir esa dosis diaria de narcóticos… Para conservarla es muy conveniente entonces buscar mecanismos socioculturales (grata convivencia, costumbre, intereses mutuos, etc.) que ya poco tienen que ver con la bioquímica del enamoramiento. 
       Soy consciente de que conjugar los estímulos químicos ya bastante más débiles o degradados por el tiempo con estos mecanismos y mantener la pareja unida no es nada fácil… pero tampoco es imposible.

    He tenido la suerte de intercambiar estas opiniones recogidas en informes o libros diversos nada menos que con Raquel Marín, la neuro-científica autora del libro “Dale vida a tu cerebro”, del que nos ha informado Vicente Ramos en su reciente reseña en este blog. Raquel es una persona extraordinaria y encantadora, pues no ha tenido inconveniente en dedicar parte de su escaso tiempo en este intercambio de opiniones con un aficionado profano como yo. En su libro también aparece alguna mención al enamoramiento, así como en su blog.


   
    Viendo este mapa-imagen de Raquel que le he dedicado no sería extraño que se nos pusiera en marcha el proceso de enamoramiento, y si no fuera así, al menos nos enamoraríamos de su libro: 

    Nos cuenta en él de una manera científica y a la vez amena y sencilla qué tenemos que hacer para evitar que nos atrape el Alzheimer ése; si perdiésemos nuestro propio “yo”, ¿qué podríamos hacer entonces? Se nos habría acabado el disfrutar de los placeres de la vida, ya no nos enamoraríamos y lo peor, que no reconoceríamos ni siquiera a esa persona de la que estamos enamorados. Terrible… 
    En el libro hace también una mención especial a que el deporte, es decir, el ejercicio físico, es fundamental para mantener "vivo" el cerebro, más aún que los ejercicios mentales, crucigramas, etc. Si lo recordáis, antes he dicho que los efectos del enamoramiento en el cuerpo son similares a los que se producen haciendo deporte (ritmo cardiaco 130, presión arterial incrementada, etc.), es decir, enamorarse resulta ser "muy sano" para el cerebro. Por lo tanto, "re-enamorarnos" de nuestra pareja o enamorarnos muchas veces resulta ser muy saludable.

    En cuanto al proceso cerebral del enamoramiento, Raquel y yo estamos globalmente en sintonia, aunque ella no opina igual con respecto a la duración del fenómeno, asegurando que puede durar mucho más que esos dos o tres años que he dicho antes. Es muy posible que ella tenga razón y que yo sea demasiado pesimista; lo de coger a nuestra pareja por sorpresa, abrazarla y darle un beso “a tornillo” a nuestras edades y tras cuarenta años de vida en común no debe ser muy habitual, pero tampoco lo podemos -¡ni lo debemos!- excluir. En caso de ser así, ¡Chapó! ¡Braaavo!

     En conclusión: “El enamoramiento, base de tantas novelas y películas,  resulta que es un proceso bioquímico que se inicia en la corteza cerebral, pasa a las neuronas y de allí al sistema endocrino, dando lugar a respuestas fisiológicas intensas”. En el intento por desentrañar qué hay detrás de este proceso, los científicos han descubierto que ese enamoramiento tan ampliamente novelado es un cóctel de hormonas que ponen en funcionamiento una serie de regiones concretas del cerebro.

   ¿Se puede producir entonces este proceso a cualquier edad, incluso a la nuestra? Desde luego que sí; no hay nada que lo impida, y más si mantenemos nuestro “corazón joven” (léase cerebro) y conservamos la capacidad de fascinarnos. Ahora bien, ¡ojo!, como se nos cruce un ejemplar “ejemplar” que encima se acomode a nuestro mapa-imagen… correríamos un serio peligro. Habrá que superar la fase ésa de “pérdida repentina de juicio” y tragar saliva. La tentación está allí agazapada…



   Otras citas curiosas al respective:

·          “Hay dos cosas que el hombre no puede ocultar: que está borracho y que está enamorado”. Antífanes (388-311 a. C.), comediógrafo griego.
·          “El amor es como la salsa mayonesa: cuando se corta, hay que tirarlo y empezar otro nuevo”. Enrique Jardiel Poncela.
·          “Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre
de labios de una mujer”
.
  Antonio Machado
·          “El amor es ciego, el matrimonio le devuelve la vista”. Anónimo

                                            *********

   KS, 17 de febrero de 2019  

   

jueves, 13 de diciembre de 2018

El torito resabiao



El torito resabiao
Por Kurt Schleicher

   Siento que no me queda mucho tiempo para hacer mutis por el foro de este mundo; será que ha llegado mi hora. Es inevitable, pero estoy contento. He vivido mucho, más que mis compañeros, y poco o nada me queda ya por hacer. Corrijo; sí, sí que me queda algo: contar mi historia. Es ésta.

   Soy huérfano, al fallecer mis padres al poco tiempo de nacer yo. Me crié en un lugar paradisíaco, con muchas encinas y aire puro. El tío Mauricio –así se le conocía– cuidó de mí, pues se compadeció  al verme tan triste y solitario. La verdad es que crecí con él y juntos nos hacíamos mutua compañía, pues él enviudó pronto y se quedó solo todavía en plenitud de su madurez.
   Entre él y yo surgió un cariño muy especial; yo le entendía muy bien y él a mí, pese a ser tan distintos y hablar idiomas diferentes. Me enseñó muchas cosas de su larga experiencia, lo que me colocó con cierta ventaja frente a mis pocos amigos, que no mostraron el menor interés por saber lo que yo estaba aprendiendo.
   El tío Mauricio había vivido siempre en el campo; su padre y el padre de su padre se dedicaron a lo mismo, a criar reses bravas; su finca era la envidia de los ganaderos en las cercanías.
   Por las tardes, cuando no nos veía nadie, nos sentábamos juntos frente a su casa, en el jardín, y nos dedicábamos a charlar; más que charla, lo que él quería era aleccionarme y prevenirme para protegerme de lo que probablemente acontecería en mi vida cuando fuese mayor. Es normal; todos los padres y más si no hay más familia, harían lo mismo.
  Bueno hijo mío, ¿qué te gustaría hacer de mayor? — me preguntó un buen día en una de esas tardes.
  Pues yo estoy contento como estamos ahora; me gustaría seguir así, pues no ambiciono otra cosa… — respondí poniendo cara de despistado, pues no sabía a qué venía aquella pregunta. — ¿Es que el mundo va a cambiar? — le pregunté.
El tío Mauricio se me quedó mirando con una mezcla de duda y pena, como si tuviera problemas para contestarme.
—Tal como lo veo, no tienes muchas alternativas. Puedes seguir como estás, disfrutando de la buena vida, pero por ser quien eres debes comenzar a recibir una preparación adecuada. A partir de ahí, puede pasar una de tres cosas: una es que, relativamente pronto, antes de que cumplas cinco años, tu corta vida termine discretamente y que sirvas de alimento a otros. Otra es que te toque la lotería y te elijan para dar vida a otros como tú y morir de viejo, pero eso es muy difícil y muy poco probable. Por último — finalizó el tío Mauricio, con la voz quebrada por la emoción — tienes una posibilidad reservada a los que son de tu ralea y es morir luchando, lo que supone, claro está, mucho sacrificio y sólo un poco de gloria.
Yo abrí los ojos como platos. ¡Pues vaya un futuro!
—¿Qué tengo que hacer para que me toque esa lotería?
—Pues ya te lo he dicho: prepararte debidamente y mostrar tus mejores cualidades; yo te prepararé, con ayuda de mi gente, pero no confíes en ello. Prefiero ocuparme de ti personalmente y que logres tu objetivo sin necesidad de loterías, pero por la tercera vía. Veo que tienes en apariencia una excelente disposición genética, que en tu caso se llama “trapío”, que me encargaré de desarrollar para tu propia conveniencia, pero debes ser obediente y seguir todas mis instrucciones al pie de la letra; si eres listo, las aprovecharás.
Tras esta decisiva conversación sobre mi futuro, me quedé rumiando una respuesta apropiada; ya había dejado atrás mi época de añojo y estaba saliendo de ser un eral adolescente para convertirme en un utrero con muy buena pinta, perdón, con gran trapío.
El tío Mauricio me había bautizado con un nombre muy peculiar: Cassius. Cuando le pregunté a qué venía ese nombre, me contó no sé qué de un boxeador, pero la verdad es que no entendí nada. Me dijo que ya lo comprendería cuando fuera algo más mayor y con eso me tuve que conformar. Mi piel era completamente negra, “negro zaíno” me contaron que se decía y tenía marcado el número 80 en el lomo. Según los chinos, era el número de la suerte.

Pocos días más tarde de aquella conversación, me vino a buscar.
—Bueno, Cassius, vamos a comenzar hoy a prepararte. Empezaremos con la tienta.
Yo debí poner cara de bobo, pues lo de la “tienta” no me decía nada. Ya sabía lo que era “tentador”, o sea, comida, vaquillas guapas y cosas así, pero me daba la sensación que los tiros no iban por ahí. Decidí callar y no preguntar.
Varios caballistas nos recibieron tanto a mí como a mis compañeros; me extrañaba verles con unas varas muy largas de madera, que no sabía para lo que podían servir. No tuve que esperar mucho para averiguarlo, pues uno de ellos vino hacia mí dándome con el palo aquél de tal modo que casi pierdo el equilibrio. No me hizo gracia; busqué con la mirada al tío Mauricio para que me ayudase, pero no estaba allí. Estando así, despistado,  el garrochista (que así se llamaban esos lanceros según supe más tarde) me largó otro empellón y me tiró al suelo. ¡Eso ya no era un juego! Entonces me cabreé; me levanté de un salto y fui a por él. El tío quería más guerra y avanzó hacia mí a caballo con la garrocha por delante, pero esta vez no me pilló desprevenido; le enganché el palo entre mis dos cuernos y haciendo una finta se lo arrebaté de las manos, dejándole desarmado. El garrochista, al ver que iba hacia él con malas intenciones, salió a uña de caballo haciendo varias fintas; el caballito aquél era más ágil y veloz que yo, escapándose de mis embestidas. Tras seguirle un buen rato, comencé a fatigarme y lo dejé estar; poco a poco se me fue pasando el enfado.
Cuando me tropecé con el tío Mauricio, le quise decir que a eso de la tienta no le veía la gracia, pero me esquivó; sin embargo, me pareció ver por el rabillo del ojo que sonreía socarronamente antes de desaparecer con los garrochistas aquellos.

Al día siguiente, vuelta a lo mismo. Esta vez no fui capaz de enganchar la garrocha, pero logré girar sobre mí mismo con rapidez y con la cabeza gacha le di un buen testarazo –nunca mejor dicho– al caballo en los cuartos traseros. El pobre animal se llevó un leve rasponazo y poco faltó para que ambos, caballo y caballero, se fueran al suelo.
—¡Que no se diga que no podéis con mi Cassius! — oí que decía el tío Mauricio a los garrochistas en tono de sorna.
Estos lo intentaron más veces, pero como el juego ya no me divertía, los esquivé.
Esa noche vino a verme mi padre adoptivo.
—Hola, hijo mío, has estado muy bien… — me espetó — pero no me ha gustado que luego te dejaras intimidar y no les atacaras. Ellos están haciendo lo que les mando, acoso y derribo.
—No me han intimidado — contesté — es que no soy gilipollas y me he cansado de ese juego estúpido.
El tío Mauricio me miró y sonrió levemente.
—Veo que eres listo y eso me gusta, pero quiero que sigas el juego. Si lo piensas despacio, te puedes divertir y de paso te vas entrenando. Quiero que corras hasta que te canses; ya verás que día a día terminarás estando cada vez menos cansado. A ver qué se te ocurre — me dijo, dejándome rumiando sobre lo que quería decir.

Los garrochistas no me caían muy simpáticos, así que decidí no ponérselo fácil y pocas veces eran capaces de acertarme y derribarme; en lugar de esperar a que fueran a por mí, les atacaba yo primero sin dejarles tiempo a prepararse, con lo que la mayoría de las veces salían huyendo. Y el tío Mauricio riéndose a carcajadas. Así fueron pasando los días en la dehesa.
—Mañana vamos a cambiar de escenario, Cassius; vamos a la plaza de la finca. Ahí ya no vas a poder usar tus tretas, pues tendrás menos espacio — me dijo.
En efecto, me llevé una sorpresa al entrar a la plaza; allí me estaba esperando un garrochista sobre un caballo protegido con una lona gruesa en los bajos (luego me enteré que se llamaba “peto”).
—¡A por él, Cassius! — me gritó mi padrino desde el burladero
“Ahora verá”, me dije tomando carrerilla.
Esta vez fui yo el sorprendido, pues al embestir contra el peto, el tipo me clavó la punta de la garrocha en el lomo y me hizo daño, pero no pudo evitar que le diera un buen testarazo al caballo. Aquello me enfureció, por lo que, tras dar una vuelta a la plaza, arranqué desde lejos tomando más impulso todavía, pero esta vez, cuando intentaba darme con la punta, hice una pequeña finta que no se esperaba, me rozó por todo el costado sin hacerme daño y yo le di al caballo con todas mis fuerzas, tirando a los dos al suelo. En medio de mi furia, me dieron ganas de ir a por el garrochista, pero me miró con tal cara de susto, que me apiadé de él.
—¡Vaya bicho! — oí que le decía el caballista al tío Mauricio según se levantaba.
—Sí, es un luchador; a mí me gustaría usarle como semental.
—Para eso es demasiado pronto, ¿no te parece?
—Tienes razón; aparte de todo, es muy listo — el tío Mauricio se frotó el mentón con las manos — tengo una idea; si me sale bien, a lo mejor consigo dos objetivos a la vez.
Ya no fue más explícito y el garrochista se desentendió de él.

Esa misma tarde me reuní con mi padre adoptivo –llamémosle padrino– en nuestros encuentros “secretos” en el jardín.
—Mañana vamos a empezar con otra fase de entrenamiento para desarrollar tus habilidades. Veo que tu musculatura está evolucionando de forma muy rápida, como si ya fueras un cuatreño, pero con la agilidad de un eral. Es el momento de optimizar la fuerza con la agilidad y la rapidez. Si además vas adquiriendo más aguante, vas a ser el mejor.
Aquello sonaba bien, me dije. En efecto, desde el día siguiente, el propio tío Mauricio con un garrochista de su confianza se “ocupaban” de mí. La verdad es que no me dejaban en paz y en muchas ocasiones me enfurecía y no lograba controlar mi rabia cuando en alguna ocasión me derribaban, pero poco a poco fui capaz de tragarme esa furia o al menos gestionarla sin perder la calma.
—Es bravo el tío, ¿eh? — comentó más que preguntó el garrochista.
El tío Mauricio asintió, orgulloso.
—Mañana vamos a la plaza, a seguir formándole.
—Pero no debes dejar que le toreen; ya sabes que está prohibido — objetó el garrochista — luego podrían objetar que está resabiao.
El tío Mauricio sonrió.
—Ya lo sé, ya; no te preocupes. Tengo otras intenciones y no entra en ellas en modo alguno que tenga que ir a por el torero. “Resabiao” viene de “sabio” y lo que intento es protegerle y evitar que en medida de lo posible le hagan daño…
—Pues ya me dirás cómo te las vas a arreglar para que no sufra en una lidia…
Mauricio le puso una mano en el hombro a su empleado.
—Deberías saber que los animales en general no sufren como lo hacemos nosotros, pues carecen de imaginación, y menos aún los toros de lidia. Por supuesto, en una corrida conocerán lo que es el dolor, pues les harán daño; sin embargo, estos animales lo que hacen entonces es enrabietarse y luchar con más determinación y furia que antes. Tenemos la manía los humanos de calibrar los sentimientos de otros a través de los nuestros, cosa que se aproxima más en el caso de animales domésticos, que ya “comparten” su vida con nosotros. Pero las fieras son otra cosa…
El garrochista se quedó sorprendido tras esta explicación, que nunca antes se le había ocurrido, pero no se quedó muy convencido. Al final se encogió de hombros.
—Tú sabrás, que eres el patrón…
—Hay expertos que saben más que yo de todo eso — terminó Mauricio — mira los domadores, los buenos, claro, o cómo actúan los entrenadores de perros…
El garrochista se fue, reflexionando sobre estos argumentos. “No es lo mismo”, se dijo, pero prefirió no debatir más sobre el tema.

Al día siguiente se encontraron todos de nuevo en la plaza de la finca. El tío Mauricio se acercó a su ahijado y le habló al oído.
—Escucha con atención, Cassius. Ya estás en un nivel de forma aceptable y eres muy ágil, así que podrás hacer maniobras que a otros no les sería tan fácil ejecutar. También has adquirido una fuerza poco común para tu peso, que ya me encargaré yo de que vaya siendo más de músculo. Con eso y tu inteligencia para adaptarte a diversas situaciones, te evitaré sinsabores. Tienes que aprender a controlar tu furia, no a perderla. Hoy sobre el caballo vas a tener enfrente a un picador profesional, aunque por supuesto la garrocha no es ninguna puya. Todo el mundo quiere ver cómo embistes y no es necesario que te frene el ímpetu con la vara. Tú sabrás lo que haces; ¡hala, a por él!
Ya intuía yo por dónde iba mi padrino; evitar el puyazo. Ya me había dicho que en las corridas de verdad eso se hace para debilitar al toro, y no queríamos eso.
Me dispuse a atacar. Desde el otro lado de la plaza, lancé un bufido y escarbé instintivamente con las patas delanteras, mirando hacia mi objetivo y lanzándome de repente contra él. Me di cuenta que al dejar tanto recorrido, al picador le daba tiempo a prepararse, por lo que ya había perdido el efecto sorpresa. Aún así no frené, pero me permití una leve finta a última hora y cargué sobre la delantera del caballo, tratando de no perder impulso. Resultado: que el picador, hábil él, logró recolocar la vara a tiempo, pero alcanzando tan sólo mis partes traseras y haciéndome girar, pero ya sin hacerme daño y sin conseguir impedir que llegase con fuerza al caballo, al que levanté de patas haciendo que se fuera al suelo. Yo tampoco pude recobrar el equilibrio tras el esfuerzo y el “ángulo de ataque” al que me había forzado, así que también me fui al suelo dando una media voltereta, pero poniéndome en pie rápidamente. Fui por detrás de caballo y caballero, ambos todavía en el suelo,  con gesto amenazador y dando otro bufido de manera que el picador se puso pálido de miedo, creyendo llegada su última hora; no pude evitar sonreír para mis adentros.
Los pocos espectadores me ovacionaban, silbando a picador y caballo.
Mi padrino me recibió contento, pero me dijo que lo podría hacer mejor.
—Tienes que practicar más el “efecto sorpresa”, con arrancadas más cortas, pero con mucho impulso y evitar a la vez que te toque con la vara, ¿entendido?
Asentí, naturalmente, pues ya me había dado cuenta.

De esta forma, continué con mis entrenamientos, desarrollando mis músculos y practicando mis piruetas.
Un día no pude evitar hacerle a mi padrino la pregunta que ya llevaba tiempo rumiando.
—No acabo de entender a qué viene tanto entrenamiento, si lo que yo quiero es llevar una vida tranquila y cubrir alguna que otra vez a unas cuantas vaquillas a las que he echado el ojo. Ya he demostrado de lo que soy capaz y me han visto, aunque ocultando en parte mis habilidades, según me has dicho…
El tío Mauricio me miró con lástima.
—Verás, hijo mío; ya te han echado el ojo algunos empresarios a los que les ha gustado tu trapío y tu bravura y no quieren que te dedique a semental. Incluso me han hecho chantaje; no olvides que yo vivo de esos contratos al tener una ganadería brava y dependo de ellos. Te he estado preparando “por si acaso” y creo haber conseguido que seas capaz de defenderte bien en una corrida con el menor daño posible,  pero sin poder practicar lo que se llama el toreo a pie, pues en tal caso te mandarían de inmediato al matadero. En consecuencia, tienes que ganarte el respeto de la concurrencia en la plaza, incluso de los toreros, dejándoles que hagan “una buena faena”, como ellos dicen. ¡No se te ocurra cornear a ninguno! En resumen, pretendo que te indulten, y entonces ya habrás conseguido lo que quieres, la buena vida. Pero yo quiero más, y es que no te hagan daño o el menor posible; luego te curaríamos y santas pascuas.
Yo le miré con el rabillo del ojo.
—¿Estás seguro de que no me harán daño? No me fío… — dije.
—Para eso te he estado entrenando, pero tampoco te puedo garantizar nada. Cuando llegue la hora, estará más en tus manos que en las mías; el riesgo desde luego está ahí, pues ten en cuenta que el 99% de los toros salen de la plaza al final de la corrida con las patas por delante…
Me estremecí. No sé por qué me daba la impresión que me estaba ocultando algo…

Una tarde, durante nuestras charlas vespertinas, me dio la noticia.
—El domingo que viene debutas.
Ya me lo esperaba, así que me quedé frío.
—Te voy a repasar cómo se organiza una corrida, Cassius. Presta atención. Consta de tres tercios; en el primero, el torero te va a recibir con el capote; síguele la corriente y embiste. Cuando menos te lo pienses, te va a ir llevando hábilmente hacia el caballo del peto; ya sabes lo que tienes que hacer. La vara tiene una hoja de 8 centímetros, ya no es como la garrocha; no dejes que te toque. Después viene el tercio de banderillas…
—¿Eso qué es?
—Nada; no te preocupes. Te van a clavar unos palitos en el lomo. No es grave; luego te curamos…
Volví a mirar a mi padrino con el rabillo del ojo. ¡Nunca me había dicho que me fueran a pinchar! Opté por no preguntar más.
—Después le toca el turno al “matador” y éste te torearía con la muleta; como ya te he dicho, síguele la corriente y que esté contento. No te va a hacer nada; es como un baile. Para que él se luzca, tienes que lucirte tú. No dejes de embestir; te tienes que meter en el bolsillo a todos, al torero, al respetable y a la presidencia… ¡Ojo! Atento a que no te deje solo y se vaya a la barrera a por una espada de verdad y vuelva con ella; eso sería muy mala señal, pues  el último tercio es el de muerte. Le decisión del indulto se podría retrasar, así que, si sucediera eso, ya no le sigas la corriente y deja de colaborar con él. Eso sí, sigue embistiendo, no te pares, al menos hasta que veas pañuelos reclamando el indulto. Trataré de avisarte, de todas formas.
Cuando me quedé solo, me dije que aquello cada vez me hacía menos gracia; ¡me estaba jugando la vida! Y encima me dice el tío que el indulto sólo se concede en un 1% de los casos, si mi escaso nivel de matemáticas no falla. Mucho riesgo… ¿No se podría cambiar el triste destino de los toros de lidia? Si nosotros no queremos guerra; es el ser humano el que disfruta con eso, no nosotros, unos pobres rumiantes…

Llegó así el gran día de la corrida.
Yo no podía ver nada, pues estaba encajonado y acoj…, por supuesto, pero sí que podía oír. Aquello no era como en la pequeña plaza de toros de la finca del tío Mauricio; había un “run run” y un vocerío de fondo que no presagiaba nada bueno. ¿Querrían sangre, MI sangre? A lo mejor más de uno, guiado por la morbosidad, quería ver sangre de los toreros, pensé; entonces, quizás no fuera tan malo que le empitonase a alguno. No; me lo quité de la cabeza. Yo era el bueno y no el malo de la película. Era la víctima, no el verdugo. Pero la idea no se me fue del todo de la mente; si el respetable lo que quería era tremendismo, quizás yo pudiera contribuir llevándome a más de un torerillo por delante; ¡a lo mejor hasta me indultaban con más facilidad y el tío Mauricio no estaba en lo cierto! Eso de fingir complacencia ronroneando al “matador”, que encima se llamaba así, quizás fuera una táctica equivocada.
Así estuve rumiando un buen rato a oscuras, hasta que se hizo un poco de luz, pudiendo reconocer el entorno donde estaba, constatando que me rodeaban varios congéneres, con la misma cara de tonto que la mía.
De repente, cuando estaba de lo más desprevenido, noté en mi lomo un doloroso pinchazo. ¡Nadie me había dicho nada de eso! Me indigné y empecé a maldecir. Por el rabillo del ojo vi más arriba a un gamberro con gorra, que todavía estaba retirando la vara y mirándome con sorna. “¡Ya verás cuando te pille, cabronazo!”, me dije, y me enfurecí todavía más al ver que estaba fuera de mi alcance.
En ése momento entró un raudal de luz al abrirse un portalón deslumbrándome; pude ver a otro tipo con gorra que palmeaba la puerta, pero bien escondido detrás de ella, lejos de mi alcance. Según me fui acostumbrando a la luz, reconocí la plaza de toros, igual que la otra, pero mucho más grande, con varios tipos vestidos de lucecitas llevando un gran capote. “¿Serán primos del torero?”, me pregunté. La verdad es que nunca había visto antes a uno, pero el instinto y mi furia me decían que ése era el enemigo. “¡A por ellos!”, me dije, olvidándome de todas las advertencias que había recibido y saliendo como una exhalación. Los pobres incautos no habían contado con mi velocidad y decidieron salir por piernas, llegando por los pelos a un sitio curioso que llamaban “burladero” y desapareciendo como por arte de magia delante de mi hocico. Me volví con rapidez contra el siguiente “lucero” más cercano y le pegué un buen testarazo, mandándole por encima del burladero aquél. Me volví buscando a otro, pero ya me encontré con la plaza vacía.
¡La gente rugía! Hasta me empecé a sentir orgulloso…
Durante aquél momento de tranquilidad, me dediqué a trotar ágilmente dando una vuelta por la plaza, observando los graderíos. Había mucha gente produciendo extraños y molestos ruidos, silbidos y voces.
Por el rabillo del ojo vislumbré a otro torero de aquellos de las lucecitas y un gran capote que se dirigía con cautela hacia mí, citándome y moviendo el trapo aquél. En ese momento recordé las recomendaciones de mi padrino: que embistiera al capote y le siguiera el juego. “Está bien”, suspiré y pensé para mí “hagamos un poco el paripé”.
Embestí con la cabeza baja siguiendo al capote aquél y arrimándome al torero según intuía sus intenciones. Así, venga vueltas y más vueltas, pasando por debajo del trapo y parándome cuando el hombre quería lucirse alejándose de mí con chulería. De repente escuché una música de fondo y observé que el torero me estaba guiando sutilmente en dirección al caballo sobre el que estaba montado un picador, figura que reconocí. Recordé las advertencias: ¡que no te pique con esa vara, que era otra bien distinta!
El picador ya estaba levantando la puya dando por hecho que iría a por el caballo, pero hice otra cosa; me separé de ellos con un trote elegante mirando a los tendidos y súbitamente giré sobre mí mismo arrancándome de golpe sobre el caballo. El picador no se lo esperaba y tardó un poco en reaccionar, de modo que hice una de aquellas fintas que tantas veces había ensayado y entré al caballo por delante, levantándole por las patas delanteras y tirando a ambos, caballo y picador al suelo, sin que me hubiera tocado la puya aquella. Después me di una vueltecita al trote como quien no ha roto un plato. Al picador se le veía muy enfadado. Noté que algunos subalternos me incitaban a volver a embestir al caballo, pues yo me había ido ya algo lejos. Arranqué otra vez de golpe, procurando darme impulso; observé que el picador colocaba la puya más hacia el frente dada la experiencia pasada, de forma que, sin perder impulso, finté de nuevo pero ahora hacia la trasera del caballo, sin dejar tampoco tiempo a que el picador redirigiera la puya hacia mí. La misma historia que antes, pero ahora levanté el caballo por detrás, haciendo que jinete y puya se vencieran hacia adelante, dándose el hombre un monumental golpe de cara contra el suelo. El caballo también perdió el equilibrio, con la mala fortuna para el picador que le cayó encima. Se oyó un grito ahogado en los graderíos, pues el picador se había quedado inmóvil bajo el caballo. Resultado: el picador a la enfermería tras sufrir algún aplastamiento. Yo me volví a dar otro paseíto chulesco por la plaza a trote ligero, haciendo de vez en cuando un amago de embestir.
Alguien debió llamar al otro picador, que se preparó a su vez para una nueva embestida de las mías. Observé que el hombre estaba muy girado encima del caballo apuntando con la vara hacia atrás, suponiendo que repetiría la maniobra anterior. Yo me dirigí como una flecha en dirección a los cuartos traseros del caballo, pero en el último segundo, ya lanzado como una locomotora, viré ligeramente a la derecha y embestí con todas mis ganas  a la zona media del caballo. El pobre animal ni se enteró, pues se fue como una torre al suelo, arrastrando en la caída a su jinete. Yo salí de nuevo haciendo un leve amago de ataque con la cabeza baja para despistar, con lo que el picador se puso blanco como el papel del susto.
El público se lo estaba pasando en grande, pues al parecer los picadores no solían caer simpáticos al respetable silbando siempre para que soltara la puya, pero esta vez creí oír “¡Caaassius, Caassius, Caassius!” en los graderíos, y sin silbidos. Yo volví a darme otra vueltecita con chulería y con mi trote ya habitual.
—Oye, ¿sabes que este bicharraco me recuerda al boxeador aquél con su mismo nombre? — le comentó un aficionado veterano a otro más joven, que ponía cara de haba — Hace lo mismo que el Cassius Clay aquél, dando vueltas alrededor de su oponente para lanzar sorpresivos golpes cuando menos se lo esperaba. ¡Qué feliz idea la de ponerle ese nombre, no podía ser más apropiado!
El joven se encogió de hombros, pues no había nacido aún cuando Muhamad Alí  se retiró y no llegó a conocerle en sus buenos tiempos.
—Por fuerza tiene que estar cansado, tras derribar tres caballos — le dijo el matador a su apoderado, que le miraba dubitativo — Ahora le clavarán las banderillas, que algo harán — terminó el maestro, dando permiso para cambiar el tercio.

Me fijé que ahora venía hacia mí un torero sin capote y en lugar de éste dos palitroques, citándome a la vez que llamaba mi atención levantando las banderillas aquellas. Aquello era nuevo para mí, así que arranqué la embestida con la cabeza baja a ver qué pasaba. El tipo era muy ágil, se salió de mi dirección de embestida y me clavó limpiamente los dos palos en todo el lomo. ¡Cómo me dolió aquello! Un dolor lacerante me recorrió desde arriba hasta mis cuartos traseros, igual que si fuera un lumbago, pero mucho más intenso. Intenté quitármelos con furia, pero estaban muy bien clavados. Cuando quise ir a por él y vengarme, ya se había puesto fuera de mi alcance. Enseguida apareció otro con los mismos palos, pero de otro color; yo solté un bufido, pues éste no iba a repetir la faena, desde luego. Fui a por él con la cabeza alta y con mucho impulso sin que tuviera tiempo de reaccionar, llevándomelo por delante tras atizarle un testarazo limpio con la frente en todo el pecho y luego pasándole por encima cuidando de no pisarle. Cuando me volví, casi tuve que echarme a reír; el banderillero estaba caído de espaldas, desmayado del susto o del golpe, con las dos banderillas todavía fuertemente agarradas y con los brazos en cruz; la postura resultaba absolutamente cómica.
Ahora le tocó el turno al tercer banderillero, al que se le veía muy poco entusiasmado, andando torpemente hacia mí sin casi levantar los brazos. Me moví rápido pegando a la vez un amenazador mugido  embistiendo de nuevo con la cabeza alta. No llegué a darle, pues tiró las banderillas al suelo y salió pitando hacia el burladero.
La gente volvió a animarme, tras silbar al pobre desgraciado. “¡Cassius, Caassius!”, gritaban. Decidí repetir el leve trotecillo ante los gritos del público jaleándome. Me lo estaba pasando en grande, pese al dolor de las dos banderillas en mi lomo.
—Maestro, ¿qué hacemos? ¿Pedimos el cambio? —le preguntó el apoderado al matador. Éste se estaba mordiendo los labios y terminó asintiendo. Agarró la muleta con la espada falsa y se dirigió hacia el toro.
Yo le ví venir y me acordé de repente que convenía disimular y no mostrar que mi poderío estaba casi intacto, de forma que decidí tomármelo con calma. El hombre parecía valiente enfrentándose a mí tras todo el zafarrancho que había organizado. Le haría el juego y procuraría que se luciese ante el público.
Y así lo hice: embestida por aquí, embestida por allá, me arrimaba manchándole la chaquetilla para impresionar, le dejaba hacerme desplantes, salía con ímpetu de la serie de naturales y así estuvimos un largo rato. Me pareció que cuando me citaba y yo embestía noblemente a la muleta, el hombre me miraba agradecido por brindarle aquella oportunidad. En los graderíos se oían cada vez más “Olé, ooleé, OLEEÉ…” y la música no paraba ni un momento. Cuando me hizo el teléfono aprovechando que yo estaba quieto, no pude reprimirme pegándole un susto haciendo un amago de arrancada. Me miró con el ceño fruncido y yo no pude por menos que fabricarme un amago de pícara sonrisa. Aprovechando el momento, se dirigió hacia un burladero de aquellos y me fijé que intercambiaba su espada por otra que brillaba mucho; ésa debía ser la de verdad. “Que no te toque con esa espada”, recordé que me había advertido mi padrino en varias ocasiones. Sorprendentemente, la volvió a esconder dentro de la muleta y vino hacia mí para seguir toreando. Decidí que seguiría colaborando, pero ya vigilándole estrechamente. De nuevo más embestidas, florituras y todo género de adornos; yo me dejaba hacer, le seguía el juego y mantenía mi ritmo impertérrito, pero siempre vigilante a ver lo que hacía con la espada.
De repente, tras un adorno de espaldas, se volvió hacia mí, ¡y me habló!
—Lo siento, Cassius,  pero tengo que matarte — al mismo tiempo empezó a sacar la espada.
—Ni lo pienses, amigo — le respondí con un mugido en voz baja, que no me entendió, claro, y al mismo tiempo me abalancé sobre él sin darle tiempo a recomponerse y preparar la puntería; se apartó en el último segundo, pero formando una figura poco airosa, teniendo que apoyarse en la espada para no caerse.
Lo volvió a intentar; yo me había quedado quieto con las patas delanteras intencionadamente muy abiertas para cerrar el hueco entre mis omóplatos. Estaba dando resultado, pues empezó a oscilar a derecha e izquierda tratando de que las juntase como hacen las señoras mayores cuando se sientan con faldas algo cortas. Yo le miraba aviesamente y me arranqué de sopetón hacia él; podría haberle matado si hubiera querido, pero la verdad es que no sentía animadversión alguna por él y me limité a darle otro buen susto; esta vez se fue al suelo soltando el instrumento de matar.
En la plaza se había hecho un silencio expectante.
El hombre se levantó rápido, dándose cuenta de que la espada estaba doblada y manchada de tierra, decidiendo ir a por otra. Por el camino fue maldiciendo, pues estaba estropeando una faena colosal, de las de orejas y rabo.
—Maestro, o lo matas bien o vas a fastidiar todo lo que has hecho hasta ahora — le comentó el apoderado, entre que le entregaba la nueva espada.
—Parece como si lo adivinase, el cabroncete; encima en el fondo no quiero matarlo…
El apoderado le miró muy serio.
—Pues o lo matas bien o pides el indulto, pero en tal caso perderías los trofeos. Ya vas tarde y no puedes lucirte mucho más con él; la gente parece que jalea más al toro…
—Ahora veré lo que hago; le daré un par de pases más.

Yo estaba atento desde lejos a los manejos del torero y observé que le daban otra espada, también de las de matar, pero la guardó dentro del trapo. Según se me aproximaba, vi que me citaba desde lejos con la muleta; decidí colaborar embistiendo con la cabeza baja, pero mirando de reojillo no fuera a sacarla en el último momento. Supuse que quería lucirse un poco más y le seguí el juego, engarzando una serie de pases en redondo y terminando con unos naturales perfectos.
De repente, se produjo el milagro. Tras unos estentóreos “¡Torero, Toreero!”, aparecieron cientos de pañuelos en los graderíos gritando “¡Cassius, Cassius, Cassius indulto, induuultoo…!”
El torero se quedó quieto delante de mí luciendo una leve sonrisa, recogió la muleta envolviendo en ella la espada, me dio la espalda y se dirigió hacia donde estaba el tío Mauricio.
—Supongo que estará de acuerdo en que indultemos a este magnífico ejemplar, ¿verdad?
—Por supuesto — le respondió Mauricio con los ojos transidos de lágrimas.
A continuación, ambos levantaron el pulgar mirando a la presidencia, mientras que el público ya no chillaba, ¡rugía!, agitando de todo, pañuelos, sombreros, chaquetas y todo lo que tuvieran a mano.
Al cabo de unos angustiosos segundos y tras consultar entre los miembros de la presidencia, apareció un pañuelo blanco por encima de la barandilla. Y entonces la plaza ya se vino abajo y el griterío debió de oírse a varios kilómetros a la redonda.
Al matador, al lado del tío Mauricio, también se le soltaron las lágrimas y saludó al público.
Yo me acerqué a ambos con mi trote ligero haciendo honor a mi nombre; mi padrino salió al ruedo por el burladero y se abrazó a mi cuello, llorando ya a lágrima viva.
—¡Lo has conseguido, hijo mío!
El matador prefirió no acercarse tanto.
—Oiga, hablando de hijos, espero que nos dé usted más de este calibre, siendo éste el padre… — arguyó el torero.
—No lo dude — respondió Mauricio con una gran sonrisa — Debería usted de dar la vuelta al ruedo, maestro; ¡Qué menos! Encima se ha quedado sin trofeos, de lo cual me alegro mucho, claro…
—No — respondió el matador — no me corresponde a mí; el triunfador ha sido el toro, que es el que debería hacerlo.
Decidí entonces hacer algo instintivo, algo que me estaba pidiendo el cuerpo. Me acerqué al torero según me soltaba de mi padrino y le hice un gesto moviendo la cabeza a la vez que le guiñaba un ojo, empezando a caminar por el borde del ruedo, tratando de indicarle que viniera conmigo. El hombre lo captó, se acercó a mí con cierta prevención todavía, poniéndose a mi lado. Así iniciamos los dos juntos una apoteósica vuelta al ruedo, en medio de los vítores del respetable, empezando a llovernos gorras, sombreros, flores y hasta un jamón.

El presidente se dirigió en voz baja a quien tenía a su lado.
—¿Está usted viendo lo que yo veo? ¡Esto me rompe todos los esquemas! Toro y torero recibiendo los aplausos de todo el mundo, enfervorizado y enloquecido como nunca he visto.
—Es que el público se le ha pasado tan bien que casi revienta de alegría. Esto me hace pensar que debiéramos replantearnos algunas cosas.
—¿Cómo qué? — inquirió el presidente.
—Es sencillo. La Fiesta Nacional se debe adaptar no sólo a los tiempos, sino al gusto del público; ambos sabemos que los puyazos al toro no gustan –siempre protestan–  y ya ve lo contentos que están sin haber tenido que matar al animal. Sí, ya sé que éste se ha ganado sus simpatías, pero nadie echa ahora de menos su muerte ni la falta de trofeos del cuerpo del toro. Deberíamos comentar esto con las autoridades, ya de por sí presionadas por una gran parte de ciudadanos anti-taurinos. Yo pienso que si los españoles están preparados para modificar nada menos que su Constitución y adaptarla a los nuevos tiempos, ¿no podríamos hacer nosotros lo mismo? Si continuamos sin hacer nada, la propia Fiesta está en riesgo de desaparecer, lo cual tampoco es bueno; todavía queda mucho aficionado, los turistas vienen como moscas y los toreros tampoco pueden reconvertirse de un día para otro. Ya veremos lo que pase una vez hayamos dejado atrás otra generación, pues tampoco se puede cercenar de una vez una tradición de siglos. Además, ahí están los portugueses y el mundo no se ha venido abajo…
El presidente le miraba con los ojos muy abiertos, sin saber muy bien qué decir, pero asintió.
—Vamos a tener que iniciar el proceso del cambio, sí…


                                             Epílogo

En la prensa del día siguiente, la foto del paseíllo conjunto de toro y torero salió en todas las portadas y fue ampliamente difundida también por las redes sociales. Se volvió a levantar la gran polémica de siempre, pero esta vez los “taurinos” se mostraron menos reticentes.
La imagen hablaba por sí sola; incluso resultaba ejemplar, pensando en el mundo de la política. “Colaboración entre dos personajes de tendencias muy distintas”, interpretó un astuto periodista. Otro de los titulares resultó genial: “Más valen toros pensando como humanos que humanos pensando como toros”, en clara alusión a las guerras y al terrorismo imperante.

Todo aquello resultó ser el embrión de la modificación del reglamento taurino; el puyazo se sustituyó por una inyección dosificada de forma que la lidia pudiera llevarse a cabo y la figura del picador desapareció. Con el asunto de la muerte del toro pasó más tiempo, pero al final también le llegó el turno.

Cassius fue retirado con todos los honores, siendo además entre los pocos toros indultados que han existido el que menos había sufrido, recuperándose en poco tiempo. Mauricio pudo seguir disfrutando de su ahijado todavía bastantes años, cosa que además le fue muy rentable, pues Cassius  resultó ser asombrosamente prolífico (o que las jóvenes vaquillas de Mauricio resultaban muy atractivas). Se cuenta que llegó a tener cien hijos, todos con sus genes, por supuesto.

A un avispado empresario alemán se le ocurrió inmortalizar la efigie de nuestro toro, creando una nueva línea de cosméticos para hombre, a la que llamó “Cassius”. Con la fama que llevaba detrás y que había llegado a traspasar las fronteras, la idea tuvo éxito. Recordaba mucho al famoso toro de Osborne.
El trapío del toro hizo todo lo demás.


KS, diciembre de 2018