viernes, 19 de abril de 2019

Consciencia e Inteligencia Artificial



Consciencia e Inteligencia Artificial
Por Kurt Schleicher


    INTRODUCCIÓN

     La Consciencia humana lleva siglos tratando de ser comprendida por los filósofos y más recientemente por los científicos. La Inteligencia Artificial (IA) es más moderna y ha cogido cierto protagonismo desde que somos capaces de utilizar el manejo masivo de datos (Big Data) y por su irrupción en los medios de difusión. Ambas tienen en común que su interpretación es de lo más variopinta; en mi opinión, en el futuro debieran ser capaces de complementarse.

   Quiero advertir que este artículo representa mi opinión personal extrapolando hacia el futuro lo poco que sabemos y que de ninguna manera pretendo “dogmatizar” al respecto. Me limito a exponer nuevas posibilidades y sacar algunas conclusiones de ellas, abriendo ventanas a un posible futuro, cada vez más cercano.

   Tratar de entender la consciencia y su funcionamiento es todo un reto. Personalmente creo que es explicable neurológicamente, pero su complejidad es tan enorme que se nos escurre de entre los dedos y seguimos buscando explicaciones y soportes fuera del cerebro tendiendo a separar mente y cerebro. Yo creo que no es necesario; el cerebro es lo suficientemente complejo y “potente” como para saber gestionar lo que precise la consciencia humana; gracias al mapa neuronal, el conectoma humano, podríamos decir que aprende por sí misma a base de conexiones generando constantemente nuevos nodos neuronales, cada uno de ellos asociado a la percepción. Un nodo por sí mismo no es capaz de generar conciencia ni de sostener la noción de individualidad, pero los nodos se activan y desactivan en función de una serie de “coaliciones de neuronas” que son las que amplían la capacidad cerebral y generan la conciencia de los procesos subjetivos y del entorno.


    La IA parece que busca lo mismo y asemejarse así al funcionamiento del cerebro humano, lo que no tiene por qué ser algo necesario.

   Las aproximaciones al concepto de consciencia van desde la metafísica a la neurociencia, pasando incluso por la física teórica, como luego veremos.

   En cuanto a la aproximación filosófica, ha habido bastantes, aunque la más conocida es el dualismo de Descartes, estableciendo un mundo físico aparte de otro ideal, que es en el que se mueve la consciencia; es decir, la filosofía nos lleva más allá de lo empírico. Separa la realidad en que nos movemos en dos partes: la res cogitans (la autoconsciencia) y la res extensa (sustancia material). A esto habría que añadir una tercera, la res infinita, al tratar de demostrar la existencia de Dios. Esto lleva a que muchos conceptos reales, pero no materiales, debieran estar fuera del cerebro, pero relacionados o conectados de alguna manera –eso sí con él. Esta interrelación es lo que entonces se podría llamar consciencia. Esta extraña interrelación aún no ha podido ser explicada. El “problema difícil” de la consciencia es descubrir cómo las descargas de millones de neuronas pueden llegar a producir la experiencia consciente, ésa tan subjetiva y etérea.

   Si ser consciente implica la existencia de un “yo” y este yo es una ficción, ¿qué consecuencias tendría este hecho para la consciencia? Por otra parte, ¿existe un solo yo? El psicólogo estadounidense W. James planteó la existencia de al menos tres “yos diferentes”: un yo material, otro social y un tercero espiritual, en línea con lo anterior. Además, los enfermos con cerebro escindido han mostrado que tras la separación del cuerpo calloso les pueden surgir dos yos distintos.

   Fascinante, diría yo, pero es que este dualismo (dejo fuera los aspectos metafísico-espirituales) no ha podido aclarar aún cómo es posible que un ente inmaterial pueda interaccionar con la materia que es el cerebro. A lo mejor la física cuántica nos ayuda…


   ¿QUÉ ES LA CONSCIENCIA HUMANA?

    No existe ni siquiera una definición consensuada de consciencia. Hay muchas. Yo diría que es la capacidad de reconocer nuestro entorno y saber interpretarlo desde nuestra subjetividad, así como comprender nuestra propia individualidad. Cada vez que percibimos algo, que sentimos, que vemos, que nos emocionamos,  que establecemos una relación o una conclusión y que aprendemos o experimentamos algo, vamos construyendo nuestra propia consciencia, a partir de estímulos exteriores o interiores.
   Es curioso que el mayor problema al que se enfrenta nuestra consciencia es la propia realidad, pues tenemos una enorme facilidad para interpretarla erróneamente e incluso manipularla “consciente o inconscientemente”, como nos explicó muy bien nuestra neurocientífica Raquel Marín en su artículo “El cerebro vive en la ficción”.  El otro gran problema es la limitada energía del cerebro, pues actúa como un filtro para protegerse él mismo y evitar que nos volvamos locos por excesiva acumulación de imágenes o pensamientos; al final nuestras experiencias cognoscitivas se reducen al poso selectivo al que nos lleva nuestro propio cerebro. Eso no quiere decir que nuestros pensamientos no conscientes se hayan perdido, sino que están en segundo plano y el cerebro recurre a ellos incluso “inconscientemente” para nuestra libre toma de decisiones. La cantidad no es despreciable, pues “lo inconsciente” es del orden del 75% o incluso más.
    La IA podría aprovecharse y sacar ventaja al no estar constreñida por estas limitaciones, dotándose de la apropiada refrigeración, algo que por cierto también hace nuestro cerebro a una escala menor.

  ¿Hay diferentes niveles o clases de consciencia?
    Aunque hay por ahí muchas otras divisiones, podríamos citar una de ellas, mostrando tres modos diferentes o niveles de conciencia:
  •    Capacidad de alarma: atención, alerta, exhibida por animales con sistema nervioso, con aprendizaje (conductas aprendidas) o sin él.
  •    Lucidez (awareness): darse cuenta del entorno, mostrada por animales con sistema nervioso desarrollado, pero no por animales con conductas innatas, sin aprendizaje.
  •    Autoconciencia (consciousness): darse cuenta del mundo y percibir las propias conductas integradas en él.
Una curiosa división de la consciencia es la que se ve en este gráfico:


  ¿En qué casos estamos “no-conscientes”?
    Pues en estado de coma, estando inconscientes por alguna razón interna (desmayo) o externa, o durante el sueño cuando no soñamos, pues los sueños con imágenes embebidas es una forma de conciencia con la ventaja de no estar “polucionada” por la propia realidad.
    No deja de ser curiosa la acepción de la palabra inconsciente al referirnos a alguien extremadamente osado en su comportamiento; a lo mejor hasta alguien pudiera tildarme de ello al publicar este artículo tan lleno de lagunas y falto de evidencias contrastadas, pero es que echo mano de una faceta muy humana: el libre albedrío...

   ¿Dónde está localizada o focalizada la consciencia en el cerebro?
   A partir de la observación de lo que deja de funcionar en el cerebro estando en coma, científicos de Harvard han llegado a determinadas conclusiones. Según esta observación, la consciencia parece estar localizada en tres lugares interconectados entre sí, aunque se genera en la parte posterior del córtex cerebral. Según dicen, se focaliza en una pequeña área del tronco encefálico (Tegmentum pontor dorsolateral rostral), conectada a su vez con dos lugares que desempeñan un cierto papel “regulador” de la consciencia:
o   La ínsula anterior ventral izquierda
o   La corteza cingulada anterior pregenual

    Hay que aclarar que esto no significa que la consciencia esté constreñida a un determinado lugar del cerebro en el que se delimiten las actividades relacionadas con ella, ni mucho menos, pues todo el conectoma está involucrado. No hay “un puesto de control”, sino que la consciencia es el resultado de un “movimiento continuo”. Esto se ha hecho evidente experimentalmente, visualizando las zonas de actividad del cerebro en el instante preciso de la “toma de consciencia” de algo, fuera ya de la propia imagen cerebral pasiva: se produce entonces un fugaz  “destello” en gran parte del cerebro y además cambiando constantemente de sitio.




     El cerebro no genera consciencia, sino que es consciente; cualquier región del cerebro puede ser consciente si sus circuitos están en un estado apropiado. El cerebro descarta cantidades ingentes de información antes de que tenga lugar la consciencia, aunque esta información descartada tenga después influencia sobre nuestra conducta. Esto significa que la consciencia trata sobre todo de lo que ocurre dentro de nosotros y no fuera. Los datos sensoriales se procesan de acuerdo con estructuras cerebrales y se comparan con los contenidos de la memoria, volviendo a ser procesados, y luego surge una sensación consciente.
     La consciencia es en realidad un proceso y funciona como un flujo continuo fluctuante, como veremos después aplicando los estados cuánticos de coherencia y decoherencia.

    En realidad, el cerebro "conoce" mucho más de lo que conoce la consciencia, por lo que debe estar dotado de una capacidad enorme y saber gestionarla.


¿PODEMOS CUANTIFICAR TODA ESTA ACTIVIDAD?

   No es fácil comparar un cerebro humano con un ordenador convencional en términos de potencia o capacidad. En la práctica, el cerebro funciona como un sofisticadísimo superordenador. Sólo pesa unos 1.300 gramos, pero contiene alrededor de 85.000 millones de neuronas, sofisticadas células que constituyen las unidades básicas del sistema nervioso. Somos capaces de manejar una ingente cantidad de conexiones a gran velocidad: un máximo de 85.000 millones de neuronas x 10.000 conexiones por neurona x unas 1.000 conexiones por segundo, resultando 8,5 x 1017conexiones por segundo, una cifra verdaderamente astronómica.  Si unimos esto al crecimiento exponencial de las interconexiones ya tan sólo por la enorme cantidad de aspectos ligados a la consciencia, cabe preguntarse si no podríamos llegar a exceder las capacidades del cerebro  si nos limitamos al entorno de la física “clásica”. En la actualidad, se está desarrollando en China un  superordenador “convencional” de una capacidad de procesamiento equivalente a la del cerebro humano (del orden de 1018 operaciones por segundo), pero eso no quiere decir ni mucho menos que actúe de la misma forma.

     La pregunta del millón podría ser: ¿está el cerebro recurriendo YA a las posibilidades que ofrece la física cuántica?   Y otra: ¿es la informática cuántica la que nos pudiera llevar en un futuro a un desarrollo de la IA equivalente o superior al cerebro humano?

    La diferencia entre la computación clásica y la computación cuántica radica en que, en un ordenador tradicional, la información se guarda y procesa en bits que pueden valer 1 ó 0. En cambio, en un ordenador cuántico la información se guarda y se procesa en los llamados qubits. Un qubit es un bit que se encuentra en una superposición de estados, de forma que puede valer 1 y 0 a la vez. Así, al tener múltiples estados simultáneamente en un instante determinado, el tiempo de ejecución de algunos algoritmos puede reducirse en una escala de miles de años a segundos.  

    Stuart Hameroff y Sir Roger Penrose encontraron que la estructura nanométrica de la microtúbulos de las neuronas gracias a sus dímeros de tubulinas era una manera de aprovechar los estados de superposición cuántica para aportar un enorme incremento de capacidades que permitiera el desarrollo continuo de la estructura de la consciencia a partir de los miles de millones de “momentos” propiciando la propia evolución de la misma, pero esto no ha sido corroborado todavía por la experimentación. Quizás estemos cerca de ello, gracias al avance de los ordenadores cuánticos.

       Las comparaciones son odiosas, pero ahí van dos:
  •         Google estima que un ordenador cuántico basado en todas las posibles superposiciones de 0 y 1 será del orden de 10 x 107 veces (100 millones de veces) más rápido que su equivalente convencional.
  •         Puesto que cada neurona contiene cientos de miles de microtúbulos, el poder de computación del cerebro apoyándose en la física cuántica se incrementaría en el momento de entrar ésta en funcionamiento en un factor de 1013  

     Esto ya nos proporcionaría un amplio margen de maniobra con vistas a la consciencia… y un nuevo reto para la IA. 
     Hoy en día ya existe el ordenador cuántico, pero todavía no se ha llegado a desarrollar sus capacidades hasta los límites previsibles. Tiempo al tiempo...

      Quantum Brain Project

    Mattheuw Fisher, un reconocido físico de la universidad de California, ha puesto en marcha este proyecto para determinar si el cerebro funciona como un ordenador cuántico, incluyendo en él pruebas experimentales.
     Fisher postula que los átomos de fósforo, uno de los elementos más abundantes del cuerpo, podrían funcionar como auténticos qubits bioquímicos, gracias a una característica de su spin o estado de rotación. Se pretende analizar las propiedades cuánticas de dichos átomos, cuando sus espines se encuentran cuánticamente entrelazados con los espines de otros átomos de fósforo,  dentro de moléculas sometidas a procesos bioquímicos.  Esta “comunicación” instantánea entre los átomos, a través de sus estados de rotación, podría suponer un modo de procesamiento de información cuántica en el cerebro. Las moléculas a analizar son las “moléculas de Posner”, de fosfato de calcio y de forma esférica. Estas moléculas tienen la capacidad de proteger los espines de los “qubits” de los átomos de fósforo, lo que podría promover el almacenamiento de información cuántica en ellos. 

    Por otra parte, Fisher y su equipo estudian también la potencial contribución de las mitocondrias al entrelazamiento cuántico entre neuronas. Quieren averiguar si pueden transportar moléculas de Posner por el interior de las neuronas y de unas neuronas a otras. De ser así, las mitocondrias estarían propiciando el entrelazamiento cuántico en la red de las neuronas del cerebro. Este proceso cuántico desencadenaría la liberación de calcio de las moléculas de Posner, lo que a su vez supondría la liberación de los neurotransmisores que activan las conexiones sinápticas entre las neuronas.  

     Una vez que los espines queden entrelazados, permanecen así incluso una vez que los átomos se hayan separado espacialmente; el entrelazamiento cuántico es independiente del tiempo y de la distancia en que se encuentren entre sí una partícula y su “gemelo” cuántico, propiedad cuántica que se podría aplicar a los microtúbulos y sus tubulinas al movernos a tamaños muy pequeños, a nivel atómico y molecular. El efecto resultante en este proceso sería “como si” existiese una conexión con el exterior del cerebro, sin importar la distancia ni el tiempo, lo que propiciaría ese “misterioso” aspecto de la consciencia en cuanto a la conexión con el mundo exterior que preconizan los filósofos.


   Para obviar la dependencia de un observador en un proceso cuántico y poder así aplicarlo al cerebro (no deja de ser curioso que un observador pueda modificar la realidad por el hecho de serlo), Penrose y Hameroff han postulado en su teoría lo que llaman la “Reducción Objetiva Orquestada”. La consciencia se derivaría entonces de la actividad de las neuronas del cerebro y dependería de procesos cuánticos biológicamente orquestados que se desarrollan en (y entre) los microtúbulos (tubulinas) de las neuronas del cerebro.  
   Nota:  Algunas de las pruebas esgrimidas por Penrose y Hameroff para su hipótesis han sido el descubrimiento de vibraciones cuánticas a temperaturas cálidas en los microtúbulos del interior de las células cerebrales. Estudiando la anestesia, R.G. Eckenhoff (U. de Pennsylvania) descubrió que ésta deja inconsciente a una persona gracias a que actúa –a nivel cuántico− sobre los microtúbulos de las neuronas del cerebro. 

    Es curiosa la forma de funcionar de este entrelazamiento cuántico, pues sería a base de colapsos sucesivos de sistemas cuánticos que se producen en nanosegundos, causando “estallidos” de consciencia. El efecto es el mismo que el de la coherencia cuántica (estado cuántico que mantiene su fase –recordar la dualidad onda/partícula- durante un cierto tiempo), seguido de la decoherencia cuántica, proceso por el que se pierde el estado cuántico, volviendo entonces al mundo físico de nuestra percepción. La consciencia se movería así “a destellos” pasando de un estado cuántico a otro que no lo es en brevísimos plazos de tiempo, pero suficientes para aprovechar a favor de la consciencia el enorme potencial de las propiedades cuánticas, incrementándose entonces la capacidad de las conexiones entre las neuronas cerebrales en magnitudes del orden de 1013, como ya he dicho.

     Evidentemente, todo esto son teorías entretanto no se demuestren de forma experimental.

      Por cierto, un reputado matemático y físico teórico ya fallecido, Richard Feynman, dijo un día una frase gloriosa: "El que diga que entiende la mecánica cuántica, miente..."


   LA REALIDAD, ¿ES COMO LA PERCIBIMOS?

    Partiendo de que la física cuántica nos abre el melón de la probabilística (que estemos aquí o allá es solamente más o menos probable), ya podemos ir empezando a poner en cuestión cosas que ni habíamos pensado. Aparte de expandirnos la consciencia a niveles cósmicos, ésta ya hemos visto que trata básicamente de nuestra capacidad de percibir nuestro entorno, saber interpretarlo y poder razonar sobre él. Pero es que además, como afirmaba Raquel en su artículo (copio), la consciencia se forja de acuerdo a la actividad cerebral a partir de un sinfín de estímulos que el cerebro procesa y para la que genera predicciones en base a la experiencia previa. Por consiguiente, la conciencia es subjetiva y relativa. Junto a la necesidad del filtrado y las emociones entremezcladas con nuestra memoria, el cerebro nos engaña; nuestras percepciones coincidirán con la realidad sólo ocasionalmente. Los humanos es que somos así…

   Y por si esto fuera poco, podríamos tener en cuenta la Teoría de Cuerdas, llevándonos a un universo (mejor dicho, a un multiverso) de 11 dimensiones. Esta teoría no está demostrada, pero permite al menos conciliar otras dos que sí lo están: las dos teorías de la Relatividad (Especial y General) de Einstein, que funcionan muy bien en el macrocosmos, y la ya mencionada Cuántica, que funciona muy bien en el microcosmos. Con esto quiero decir que nuestra consciencia tiene ciertas dificultades para imaginarse un mundo de más de tres dimensiones, que es el que somos capaces de percibir. Considerando el tiempo como cuarta dimensión, llegamos marginalmente a comprenderlo, aunque no se nos aparezca de forma espacial "en 3D". Igual nos sucede con la curvatura del espacio-tiempo y la gravedad causada por esta curvatura, que intuimos más que comprendemos. Nuestra percepción se queda en Newton y la manzana…
   Podríamos preguntar a un ciego de nacimiento cómo percibe él la realidad; no es fácil que coincida con la nuestra.

   Al vista de todo esto, resulta que somos unos seres encantadoramente imperfectos que no somos capaces ni de captar la realidad; la IA se partiría de risa al vernos, aunque después se tendría que callar al no ser capaz de sentir emociones como nosotros.

   Para ilustrar esto con un ejemplo, voy a contaros una fábula que se me ha ocurrido.

      Imaginemos a una hormiga que va andando por una cuerda formando una amplia circunferencia horizontal en el espacio. La hormiguita anda que te anda y de repente se encuentra con otra que venía en sentido contrario.

    - Hola, compañera; ¿podrías decirme, tú que vienes de donde yo aún no he estado, si nuestro mundo es efectivamente de una sola dimensión, tal y como yo lo veo?
    - Pues yo lo percibo igual que tú – respondió la otra − pero creo que vivimos en una dimensión más; a veces me da la sensación que cambio levemente de dirección, pero sin referencias exteriores no lo puedo asegurar, sólo imaginar. ¿Y si nuestro mundo fuese bidimensional y nos estemos moviendo formando un círculo? Sería maravilloso crear un atajo, un puente, en esa nueva dimensión…

La primera hormiga se quedó mirando a la otra con los ojos muy abiertos de sorpresa.
     - Lo veo difícil – exclamó con voz ronca − yo sólo sé caminar por este mundo lineal sin fin. ¿Qué es eso de un atajo? ¿Qué es un círculo?

La segunda hormiga miró a la primera con gesto risueño.
     - ¿Y tú estás segura que no repites en un momento determinado el mismo camino? Si fuera así, creo que se podría formar un puente entre dos puntos y te ahorrarías mucho trecho…

La primera hormiga miraba incrédula a su imaginativa compañera, pensando que estaba un poco loca y siguió su camino moviendo la cabeza, diciéndose para sus adentros que todo aquello no eran más que fantasías de una pobre mente calenturienta.

      Ahora ya sólo tenemos que extrapolar para entender lo que nos pasa al pasar a mundos de > 4 dimensiones, como preconiza la Tª de Cuerdas… o dicho de otra forma: el que nuestra consciencia no sea capaz de percibir, comprender o imaginar algo, no quiere decir que no exista.

       Y otra: ha habido personas -las solemos llamar genios- que han imaginado y hasta concretado algo en su consciencia, aunque fuera tan sólo una teoría, y luego, mucho tiempo más tarde, a veces toda una vida, aquello se ha verificado empíricamente. Ahí está por ejemplo Higgs y su bosón con su Campo de Higgs asociado, descubierto en el LHC medio siglo después...


    INTELIGENCIA ARTIFICIAL

    Nuestro mundo, nuestro entorno, es muy probable que se vea bastante afectado por la incorporación de la IA en nuestra sociedad humana en los próximos años. No se trata tan sólo de que unas maquinitas nos hagan el favor de hacernos los trabajos repetitivos o más desagradables, sino que la IA dará algunos pasos más, tomando sus propias decisiones.  Por poner sólo un par de ejemplos, el tráfico estará constituido sólo por coches autosuficientes, debidamente programados. No se nos permitirá conducir (al menos en las ciudades) coches propios, con lo que sobrarán los policías, los semáforos y las multas. Los médicos sólo serán necesarios en casos aislados. La cirugía será cada vez más autosuficiente. Las prótesis con tejidos llevando nuestro ADN se fabricarán a medida como si fueran repuestos de coches.  Sobrarán los jueces, los abogados y los fiscales. Los maestros tendrán que reconvertirse también, apoyados por terminales informáticos interconectados. Las comidas elaboradas serán las más sanas, pues responderán a los requerimientos de salud; comerse un solomillo producido por una impresora 3D a base de proteínas optimizadas que no tengan nada que ver con los terneros o las vacas podría llegar a estar a la orden del día. Con un poco de buena voluntad, podrían incluso desaparecer las emigraciones africanas, haciendo que esos países fueran más productivos al poner nuevos medios a su alcance.

     Lo que ya será un poco más difícil es que la IA sea consciente; eso ya se ve hoy en día, con una máquina que siempre ganará al mejor ajedrecista del mundo, sólo que no será consciente de que está jugando al ajedrez.

      No es fácil que una máquina adquiera ni siquiera una protoconsciencia o que tenga sentido común. O que tome decisiones altruistas. O que disponga de una creatividad sin experiencias previas, es decir, hará unas copias magníficas de una obra de arte, pero crear una totalmente nueva le será más difícil. Sin embargo, no se puede decir de esta agua no beberé; ya existen máquinas poetas, pues han aprendido a escribir poesías a partir de haber leído millones de ellas. Harán poesía, sí, pero no serán capaces de sentirla.

    Los beneficios de contar con la IA son innumerables y están cada vez más individualizadas: asistente personal inteligente, apoyo diagnóstico en hospitales, optimización de tratamientos médicos, dispositivos inteligentes en el hogar capaces de aprender los gustos o preferencias de los dueños, etc. También surgirán nuevos problemas y algunos riesgos; pueden reproducir datos que inciten al racismo o interferir en las relaciones humanas, problemas jurídicos si las decisiones resultaran equivocadas y hay lesiones, necesidad de adaptar el mundo laboral a la nueva situación, etc.

     A la velocidad que evolucionan las computadoras y que nadie sabe si hay límites para el aprendizaje por parte de una IA, no se puede descartar que a largo plazo y aprovechando las propiedades de la física cuántica antes mencionadas, se consiga una IA dotada de algo parecido a una consciencia, sea humana o no. Igualmente, partiendo de que las emociones en el fondo son procesos electroquímicos, tampoco es descartable que puedan reproducirse en una IA.

     Entonces podría pasar lo que aparece en algunas películas de ciencia-ficción tan en boga: que nos enamoremos de una guapa robot, ¡o que ella se enamore de nosotros!


   CONCLUSIONES

1. En mi opinión, no se precisa una dualidad cerebro / mente. El cerebro es perfectamente capaz de lidiar con la consciencia y todas las características inherentes a ella, tanto las físicas como las “etéreas”, es decir, el razonamiento abstracto, los sentimientos, las emociones, etc. Los aspectos metafísicos es posible imaginarlos con nuestro cerebro, independientemente de la existencia de Dios (cosa que trajo de cabeza a Descartes) y que no quiero mezclar aquí con la consciencia. En cuanto a la IA, me figuro que no estaría muy interesada por la metafísica. 

2. La Inteligencia Artificial debe seguir usándose como complemento a la humana; lo ideal es formar una simbiosis entre ambas. Suponiendo que algún día la IA desarrollase cierto nivel de consciencia, creo que será lo suficientemente inteligente –valga la redundancia− como para “aprovecharse” de la humana con todas sus imperfecciones. Si algún día delegásemos funciones en la IA en cuanto a cargos políticos y decisiones que nos afecten a los humanos como sociedad, sería conveniente que la IA fuera “consciente” de que debe seguir contando con nosotros. Es evidente que las personas con capacidades creativas serían muy bienvenidas en ese hipotético entorno de colaboración.

       KS, abril 2019


domingo, 17 de febrero de 2019

A propósito de San Valentín

A propósito de San Valentín
Por Kurt Schleicher




   
   Tras nuestro magnífico evento musical el pasado día de San Valentín, bien acompañados por nuestras féminas, se me ha ocurrido hacer unas cuantas reflexiones con respecto al enamoramiento. Según trabajaba en las fotos en pareja para la reseña, observé que se nos veía a todos a todos muy sonrientes y “amurracados”; es evidente que ya somos “nosotros y nuestra querida circunstancia”.

   Yo me temo que esto de San Valentín, aparte de una estrategia comercial, proviene de que enamorarse siempre se ha tomado como un misterio; para que se produjera, lo más indicado era encomendarse al tal santo. 
   También se ha rodeado al fenómeno de algo espiritual, producto de nuestro “yo” inconsciente; al encontrarnos por pura casualidad con la persona destinada a compartir nuestros sentimientos más profundos, se produce el “click”, acelerándosenos de paso el corazón volviéndonos tarumbas y somos ya sólo capaces de pensar en el objeto de nuestros anhelos. Y de esto han surgido miles, millones de novelas, películas y toda clase de ensoñaciones. Será que es algo muy importante para nosotros, los humanos, pues los animales (excepto en el caso de “la Dama y el Vagabundo”, de Walt Disney) no se da este fenómeno (por cierto, la fidelidad a la pareja sí, en algunos casos especiales).

   Dicho esto, lamento profundamente desilusionaros; enamorarse es un fenómeno químico, muy estudiado, pero que incluso hoy en día no se conoce al 100%. Será que de ahí surge el dicho “parece que hay química entre esos dos…”.

   Como introducción, voy a hacer un pequeño resumen de los protagonistas del fenómeno en nuestro cerebro, donde se generan.
   Las hormonas y los neurotransmisores: Las hormonas son sustancias segregadas en nuestro cuerpo por células especializadas, localizadas en glándulas endocrinas  cuyo fin es el de influir en la función de otras células; pertenecen al grupo de los mensajeros químicos, que incluye también a los neurotransmisores y las feromonas. A veces es difícil clasificar a un mensajero químico como hormona o neurotransmisor.


  Un neurotransmisor es una molécula liberada por las neuronas al espacio sináptico donde ejerce su función sobre otras neuronas u otras células (células musculares o glandulares); es el elemento clave en la transmisión de los estímulos nerviosos. A estas neuronas se les llama pre-sinápticas y contienen gran cantidad de neurotransmisores en vesículas sinápticas. Una vez liberado al espacio sináptico, el neurotransmisor difunde y llega a la membrana post-sináptica donde ejerce su función al unirse a su receptor. (La sinapsis es una aproximación funcional intercelular especializada entre neuronas, ya sea entre dos neuronas de asociación, una neurona y una célula receptora o entre una neurona y una célula efectora, casi siempre glandular o muscular). Las dentritas, ramificaciones cortas, son las entidades receptoras de información y el axón (rama larga y única) es la entidad emisora. Los receptores para neurotransmisores pueden encontrarse en otras neuronas, en células musculares o en células glandulares; las células que portan estos receptores se llaman células post-sinápticas. La función del neurotransmisor es transmitir una señal desde la célula pre-sináptica a la célula post-sináptica.

    Esto parece un poco lioso y muy poco romántico, pero son los ladrillos del proceso de enamorarse. ¿Pero cómo se produce el fenómeno?
   La teoría del “mapa-imagen”: Muchas investigaciones psicológicas demuestran que ciertas imágenes embebidas en nuestros recuerdos infantiles, sean éstos conscientes o inconscientes, son decisivas o son incluso el motor de arranque de ciertas funciones o reacciones que ponen en marcha el proceso del enamoramiento. Mucho antes de que una persona se fije en otra ya nos hemos construido -sin saberlo- un mapa mental o un conjunto de informaciones mayormente visuales -o sea, una imagen- que conforma un molde completo de circuitos cerebrales. 

                                                      Mapa -imagen

    Según el especialista sexólogo John Morley, esto debe suceder cuando tenemos entre 5 y 8 años. ¡Pues vaya! Al tropezarnos años después con alguien que nos causa una asociación mental con esa imagen, se pone en marcha un proceso químico y eléctrico-neuronal, que se compone de varias fases o etapas:
1º: Comienza con un súbito desplome del nivel de serotonina (hormona existente en las neuronas que funciona como neurotransmisor) originado por una situación estresante.
 2º: El cerebro entonces, para compensar este déficit, empieza a producir desesperadamente fenitilamina (compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas). Cuando nuestro cerebro se da cuenta que se está inundando de esta droga, reacciona de nuevo secretando dopamina (neurotransmisor responsable de los mecanismos de refuerzo del cerebro, es decir, de la capacidad de desear algo y de repetir un comportamiento que proporciona placer). Es una sustancia, pues, básica para enamorarse románticamente.
3º: Al mismo tiempo también se producen otras hormonas, como  la norepinefrina, la oxitocina y la vasopresina, que no hacen sino estimularnos y empujarnos a tirar para adelante y aguantar horas y horas sin cansarnos si estamos cerca de la persona que nos ha producido el “click”. Cuando no nos atrevemos, es que la producción de estas hormonas ha sido deficiente.
    La oxitocina surge cuando dos personas se miran a los ojos durante un lapso prolongado, se funden en un abrazo, proceden a tocarse, besarse o acariciarse y sigue estando presente durante la unión sexual. Es también la hormona que nos hace depositar nuestra confianza en el otro, nos ayuda a superar el "miedo social" y resulta indispensable para la unión ulterior.
     La vasopresina es una hormona que interviene en la formación de los vínculos emocionales. Se la llama la “hormona de la fidelidad”.

   Si nos pasa todo esto, es que ya nos hemos enamorado; sin embargo, este proceso tan placentero no está exento de “daños colaterales”. A la vez que se producen todos estos disparos de hormonas y entretanto las áreas de recompensa del cerebro están inundadas de dopamina, las regiones relacionadas con las emociones negativas y con el juicio crítico SE APAGAN. De ahí que nos falte juicio en esos momentos y además, en función del carácter de cada uno, todo nos parece posible, nos olvidamos de las potenciales consecuencias (se nos anula la percepción del riesgo)  y nos volvemos optimistas (comprobado gracias a escáneres cerebrales).
     El sentido del olfato también ayuda, máxime si lo relacionamos con la imagen, y es otro sentido que nos acelera el proceso, no solamente el de la vista. De ahí han surgido los perfumes, sin olvidar el efecto de las feromonas. El sentido del tacto está agazapado para hacer uso de él, pero eso ya suele suceder un poco más tarde.

      La sensación que percibimos tras dar comienzo todo este proceso, es que nuestro organismo entra en ebullición. A través del sistema nervioso, el hipotálamo envía mensajes a las diferentes glándulas del cuerpo ordenando a las glándulas suprarrenales que aumenten inmediatamente la producción de adrenalina y noradrenalina (neurotransmisores que comunican entre sí a las células nerviosas).
     Sus efectos se hacen notar al instante:
·       El corazón late más deprisa (130 pulsaciones por minuto)
·       La presión arterial sistólica sube, 
·       Se liberan grasas y azúcares para aumentar la capacidad muscular.
·       Se generan más glóbulos rojos a fin de mejorar el transporte de oxígeno por la corriente sanguínea.
¡No deja de tener gracia que enamorarse se parezca a hacer deporte…!
       A partir de aquí, se elimina estrés y nos invade una agradable sensación de plenitud y goce. Esto se debe a la acción de las endorfinas, también conocidas como las “hormonas de la felicidad”, que no son hormonas, sino opioides de secreción interna que suscitan en el cerebro sensaciones tales como éxtasis, anestesia y bienestar.  ¿Estaremos drogados? Es a partir de este momento cuando se ponen las bases de cierta estabilidad, o sea, por ejemplo, cuando se empieza a pedir una cita a la chica, seguido del “salir juntos” y la evolución clásica del proceso de noviazgo.
     Este mecanismo es muy similar al que sentimos cuando nos invade el miedo: corazón desbocado, rodillas con flojera y una sensación de irritabilidad muy característica en la boca del estómago. Todo esto depende de nuestro sistema nervioso vegetativo, que es el que rige las funciones corporales que no dependen de nuestra voluntad, como es el ritmo y la intensidad del ritmo cardíaco. Cuando nuestro cerebro detecta algún tipo de amenaza (o en el caso que nos ocupa con la presencia del “objeto de deseo”), se desencadena un conjunto de reacciones encaminadas a poner el cuerpo en condiciones de atención y velocidad de reacción máximas; se envía entonces la alarma al hipotálamo y éste actúa como se ha dicho más arriba.  Al mismo tiempo, determinados haces nerviosos transmiten al corazón la orden de estar preparado para cualquier eventualidad; quizás por esta causa se asocia al corazón con el proceso del enamoramiento.

     Las áreas del cerebro implicadas en este proceso son las siguientes:
    Aparte del citado hipotálamo,
·        La corteza prefrontal
·        La amígdala
·        El núcleo accumbens       y
·        El área tegmental frontal (debe ser por esto último que, cuando nos damos cuenta que nos hemos enamorado, lo primero que hacemos es darnos un golpe con la mano abierta en la frente, gesto típico de “Pero…¡en qué estaría yo pensando!”) 
       Éstas no son las únicas zonas involucradas, pues la Dra. Stephanie Ortigue estimó que un total de 12 áreas del cerebro humano están involucradas en este sentimiento, lo que significa que es más complejo de lo que parece a primera vista; todo esto es una mera simplificación del proceso, que se continúa investigando.
        Esta misma doctora considera  que tardamos solamente medio segundo en enamorarnos, que es el tiempo que necesita nuestro cerebro para poder liberar las moléculas neurotransmisoras que generan las distintas respuestas emocionales.  Asimismo, afirma que el sentimiento amoroso provoca alteraciones neuronales en áreas del cerebro relacionadas con la percepción, lo que puede explicar el hecho de que las personas enamoradas encuentren a su pareja mucho más “especial” que las demás personas, sea eso cierto o no.

      ¿Enamorarse es como estar drogados? Pues en cierta forma, sí. En el cerebro se establece una relación biunívoca (comprobada y verificada) entre los niveles (altos en este caso) de fenitilamina (compuesto orgánico de la familia de las anfetaminas) y el que esa persona esté enamorada. A las anfetaminas se las considera drogas, o sea, que la fenitilamina podría decirse que es la “droga del enamoramiento”. También se produce el fenómeno inverso, es decir, que cuando el enamorado no se siente correspondido, tiene tendencia compulsiva a comer chocolate, alimento rico en fenitilaminas, al sentir “mono” por faltarle las sensaciones de enamoramiento. Todo indica que estamos entonces bajo el poder de anfetaminas naturales y que cuando nos enamoramos… ¡resulta que nos estamos drogando!

    ¿Es peligroso enamorarse? Pues también. Si es verdad que estamos drogados, no es extraño que se puedan desarrollar emociones dolorosas o negativas cuando los centros de recompensa del cerebro, acostumbrados a un nivel de dopamina alto, no encuentran "su chute" necesario.  Paradójicamente, en cuanto aparezca un "nuevo objeto de deseo“, tendremos tendencia a amar de nuevo con más fuerza; incluso el pánico también se activa de forma similar a la ansiedad.  Entonces el amor puede convertirse en ira y odio, ya que las regiones asociadas con la recompensa están en el cerebro estrechamente vinculadas a la ira. Finalmente, cuando los amantes despechados se resignan a su suerte, a menudo entran en períodos prolongados de depresión y desesperación. Estas emociones negativas pueden llegar a generar obsesión, acoso e incluso, en caso de los más psicópatas, deseo criminal de matar a sus seres queridos, cosa que adquiere especial y triste relevancia en los casos de violencia de género (sería más correcto decir violencia de sexo) que vemos en la prensa, lamentablemente con demasiada frecuencia…
      Incluso dejando a un lado las emociones negativas y considerando solamente las positivas, se considera por determinados psicólogos que si el enamoramiento se mantuviera a los mismos niveles de excitación y esto se prolongase por más de seis meses, podría considerarse que es patológico y con riesgo de llevar aparejados desórdenes mentales ¡Qué barbaridad!  Y si, mientras “perdemos la razón”, por los motivos químicos que hemos visto, se acelera nuestro corazón y pensamos de manera obsesiva y recurrente en la persona querida y sin ser capaces de hacer otra cosa, sufriremos altibajos emocionales, nos desprenderemos de nuestras inhibiciones y perderemos la sensación de ridículo y del sentido común; es decir,  nuestro nivel de tolerancia a la estupidez cae entonces bajo mínimos. Quizás por todo esto, el límite de los 6 meses sea hasta una “defensa” del propio organismo, pues pudiera hasta ser peligroso a la larga… Esto podría ser la causa del suicidio de ciertas personas extremadamente sensibles que probablemente sufran esta patología -por ejemplo, Mariano José de Larra- máxime si la persona objeto del enamoramiento rompe la relación.
     Una investigación impulsada por el psicólogo Arthur Aron de la Universidad de Nueva York ha comprobado que el comienzo del enamoramiento puede producir en el organismo humano el mismo efecto que el de recibir una dosis de cocaína, droga que es un poderoso estimulante del sistema nervioso. Y no sólo eso: a los participantes del experimento se les mostraron imágenes de las personas de quienes estaban enamorados y en ese instante se registró la actividad de su cerebro por medio de una tomografía. Se comprobó entonces que, al motivarse, una determinada área se inundó de dopamina, sustancia que, como hemos visto, aparece en la sangre cuando experimentamos sensaciones agradables (como hacer el amor, comer chocolate o consumir ciertas drogas). Por lo tanto, sí podría llegar a generarse cierta “adicción” al enamoramiento.

    Según la doctora Helen Fisher, la actividad neuronal es diferente según si se trate de apego, amor o deseo sexual, por lo que nuestro cerebro no se activa de la misma forma en las relaciones 'serias' o duraderas que en las primeras etapas del enamoramiento. Plantea que la hormona responsable del amor romántico en su fase inicial es la dopamina, como ya hemos visto. Interesante punto de vista, ya que si mantenemos que el origen del proceso está en esa “imagen” de la infancia, las imágenes posteriores se comparan con la primigenia y, según sean los rasgos y las “diferencias”, los procesos químicos pueden derivar de formas muy variopintas: en unos casos nos enamoramos “románticamente” y en otros se nos genera testosterona y los subsiguientes impulsos sexuales. Al cabo del tiempo, la propia “imagen” puede llegar a transformarse por el uso continuado y hacer que los impulsos se vuelvan más tenues y hasta que ya ni se generen, hasta que la aparición de una “nueva imagen” fuera capaz de activar otra vez el proceso con renovados bríos. Nos encontraríamos entonces ante el riesgo de cometer infidelidades con la persona objeto de nuestra “imagen” primigenia.

    ¿Hay matices que diferencien a los hombres y las mujeres en esto de enamorarse? Pues sí. El Dr. Porta-Etessam afirma que: “Mientras que los hombres, cuando se enamoran, parecen tener una mayor actividad en la región cerebral asociada a los estímulos visuales, en las mujeres se activan más las áreas asociadas a la memoria”. Para ellas más que para ellos y según diferentes estudios, sea cual sea el origen del enamoramiento, las relaciones a largo plazo son sin duda importantes para hacernos sentir felices y plenos. Hoy en día, esto va siendo algo cada vez menos diferenciado entre hombres y mujeres, pues los papeles de la pareja en sociedad también están menos separados y esto ya está afectando a nuestro comportamiento social (por ejemplo, el cortejo, los piropos, ceder el paso o el asiento), haciendo que pudiera ser hasta “mal visto” por las féminas de hoy.
     Todo indica que las imágenes visuales son en general más importantes que otros sentidos, el olor, por ejemplo; de ahí que se diga “amor a primera vista y no “amor a primera olida”, aunque es muy posible que las mujeres sean bastante más sensibles al olor que los machotes…
     El impulso sexual evolucionó para que saliéramos a buscar a nuestras parejas, mientras que el “enamoramiento romántico” es un impulso más verdadero, porque emana del cerebro primitivo y es más fuerte que el impulso sexual. Cuando las mujeres se sienten “locamente enamoradas”, también quieren irse a la cama con su pareja, pero no de una forma inmediata; lo que realmente quieren es que se las llame por teléfono, que se las invite a cenar, en fin, que se vaya creando una unión emocional de forma progresiva. No les suele gustar el “aquí te pillo, aquí te mato” (salvo excepciones, claro). De hecho, una de las características principales del enamoramiento es el deseo más o menos soterrado de contacto íntimo y de exclusividad sexual. Cuando nos acostamos con alguien y no lo amamos, no nos importa realmente si también se acuesta con otros, pero cuando nos enamoramos, pasamos a ser realmente posesivos y ya nos importa muchísimo. Las “cornamentas” no se llevan bien con el enamoramiento.
     Habrá que preguntar a las damas qué opinan de todo esto…

     Se dice que la actividad neuronal asociada al  enamoramiento (no los primeros síntomas ya mencionados, los “patológicos) puede llegar a durar de 2 a 3 años, incluso a veces más, pero al final la atracción bioquímica decae. La fase de atracción del enamoramiento no dura para siempre, lamentablemente. La pareja, entonces, se encuentra ante una dicotomía: o separarse o habituarse a manifestaciones más tibias y menos químicas del amor, como compañerismo, afecto, tolerancia, etc.
          Como decía D. Jacinto Benavente: “El amor es como Don Quijote: cuando recobra el juicio es para morir”.
          Con el tiempo el organismo se va haciendo resistente a los efectos de estas sustancias y toda la locura de la pasión se desvanece gradualmente, la fase de atracción no dura siempre y comienza entonces una segunda que podemos denominar de pertenencia mutua, dando paso a un amor más sosegado; la pasión se ha convertido así en un sentimiento de seguridad, comodidad, relajo y paz.
      Dicho estado de sosiego también está asociado a otro proceso químico; en este caso son las endorfinas  (compuestos químicos naturales de estructura similar a la de la morfina y otros opiáceos) las que confieren la sensación común de seguridad comenzando una nueva etapa, la del apego. Por esta razón se sufre tanto al perder a nuestra pareja, pues dejamos de recibir esa dosis diaria de narcóticos… Para conservarla es muy conveniente entonces buscar mecanismos socioculturales (grata convivencia, costumbre, intereses mutuos, etc.) que ya poco tienen que ver con la bioquímica del enamoramiento. 
       Soy consciente de que conjugar los estímulos químicos ya bastante más débiles o degradados por el tiempo con estos mecanismos y mantener la pareja unida no es nada fácil… pero tampoco es imposible.

    He tenido la suerte de intercambiar estas opiniones recogidas en informes o libros diversos nada menos que con Raquel Marín, la neuro-científica autora del libro “Dale vida a tu cerebro”, del que nos ha informado Vicente Ramos en su reciente reseña en este blog. Raquel es una persona extraordinaria y encantadora, pues no ha tenido inconveniente en dedicar parte de su escaso tiempo en este intercambio de opiniones con un aficionado profano como yo. En su libro también aparece alguna mención al enamoramiento, así como en su blog.


   
    Viendo este mapa-imagen de Raquel que le he dedicado no sería extraño que se nos pusiera en marcha el proceso de enamoramiento, y si no fuera así, al menos nos enamoraríamos de su libro: 

    Nos cuenta en él de una manera científica y a la vez amena y sencilla qué tenemos que hacer para evitar que nos atrape el Alzheimer ése; si perdiésemos nuestro propio “yo”, ¿qué podríamos hacer entonces? Se nos habría acabado el disfrutar de los placeres de la vida, ya no nos enamoraríamos y lo peor, que no reconoceríamos ni siquiera a esa persona de la que estamos enamorados. Terrible… 
    En el libro hace también una mención especial a que el deporte, es decir, el ejercicio físico, es fundamental para mantener "vivo" el cerebro, más aún que los ejercicios mentales, crucigramas, etc. Si lo recordáis, antes he dicho que los efectos del enamoramiento en el cuerpo son similares a los que se producen haciendo deporte (ritmo cardiaco 130, presión arterial incrementada, etc.), es decir, enamorarse resulta ser "muy sano" para el cerebro. Por lo tanto, "re-enamorarnos" de nuestra pareja o enamorarnos muchas veces resulta ser muy saludable.

    En cuanto al proceso cerebral del enamoramiento, Raquel y yo estamos globalmente en sintonia, aunque ella no opina igual con respecto a la duración del fenómeno, asegurando que puede durar mucho más que esos dos o tres años que he dicho antes. Es muy posible que ella tenga razón y que yo sea demasiado pesimista; lo de coger a nuestra pareja por sorpresa, abrazarla y darle un beso “a tornillo” a nuestras edades y tras cuarenta años de vida en común no debe ser muy habitual, pero tampoco lo podemos -¡ni lo debemos!- excluir. En caso de ser así, ¡Chapó! ¡Braaavo!

     En conclusión: “El enamoramiento, base de tantas novelas y películas,  resulta que es un proceso bioquímico que se inicia en la corteza cerebral, pasa a las neuronas y de allí al sistema endocrino, dando lugar a respuestas fisiológicas intensas”. En el intento por desentrañar qué hay detrás de este proceso, los científicos han descubierto que ese enamoramiento tan ampliamente novelado es un cóctel de hormonas que ponen en funcionamiento una serie de regiones concretas del cerebro.

   ¿Se puede producir entonces este proceso a cualquier edad, incluso a la nuestra? Desde luego que sí; no hay nada que lo impida, y más si mantenemos nuestro “corazón joven” (léase cerebro) y conservamos la capacidad de fascinarnos. Ahora bien, ¡ojo!, como se nos cruce un ejemplar “ejemplar” que encima se acomode a nuestro mapa-imagen… correríamos un serio peligro. Habrá que superar la fase ésa de “pérdida repentina de juicio” y tragar saliva. La tentación está allí agazapada…



   Otras citas curiosas al respective:

·          “Hay dos cosas que el hombre no puede ocultar: que está borracho y que está enamorado”. Antífanes (388-311 a. C.), comediógrafo griego.
·          “El amor es como la salsa mayonesa: cuando se corta, hay que tirarlo y empezar otro nuevo”. Enrique Jardiel Poncela.
·          “Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre
de labios de una mujer”
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  Antonio Machado
·          “El amor es ciego, el matrimonio le devuelve la vista”. Anónimo

                                            *********

   KS, 17 de febrero de 2019