jueves, 29 de abril de 2021

¡Muera yo con los filisteos!

 

     ¡Muera yo con los filisteos!... Por Kurt Schleicher

 

   No, no se trata de ninguna declaración de suicidio ni nada que se le parezca. Tiene más bien que ver con una reflexión filosófica sobre la decadencia del ser humano como ente civilizado y su posible desaparición. Sansón, el héroe bíblico, decidió sacrificarse para vencer a los filisteos una vez que le fue concedido recuperar la fuerza que había perdido; aquí se trata más bien de un Sansón villano que provoca con su recuperada fuerza la extinción de los filisteos humanos con el hundimiento del templo de nuestra civilización. Con el artículo pretendo plantear que las posiciones catastrofistas hacia la civilización humana, preconizadas incluso por muchos pensadores y filósofos afamados, está de nuevo en boga por diversas razones, que pretendo refutar.

   En parte debido a la pandemia del Covid19 superando ya los 3 millones de muertos y 150 millones de contagiados a nivel mundial a finales de abril de 2021, muchas personas han vuelto a poner sobre el tapete si no será cierto que nos dirigimos hacia una extinción de la especie humana, algo que ya se venía escuchando incluso antes de la pandemia en diversas teorías de la conspiración, la degradación continua del ser humano, el problema de la superpoblación y la falta de recursos, los riesgos tecnológicos (proliferación de bombas nucleares) o la degradación del medio ambiente causados por el ser humano.

   Si miramos hacia atrás, esta no es la primera vez – ni será la última – que nos enfrentemos a algo así, de forma más o menos generalizada. Desde la antigüedad en Egipto, habiendo sufrido epidemias de peste bubónica y malaria al final de la dinastía XIX hacia el siglo XIV a.C., pasando por la peste negra medieval y la pandemia de la mal llamada gripe española a principios del siglo XX, la humanidad ya ha sufrido incrementos exponenciales de mortandad que para los que pasaron por esas épocas ya parecía ser el fin del mundo. Si a esto unimos las guerras de todo tipo, en especial las dos mundiales del siglo XX (con once millones de  muertos en la primera y más de sesenta millones en la segunda), la humanidad ya ha sufrido lo suyo y habría que mirar al futuro con más optimismo; suele suceder que tras una hecatombe surjan oportunidades para mejorar. Hay gente que afirma cosas como “Cuando hay superpoblación, la sociedad humana se recicla automáticamente por medio de guerras o pandemias, ofreciendo una solución global al problema y evitando así la extinción” Esto lo considero una barbaridad, pero hasta tiene su poquito de lógica; quien lo afirma da por hecho que él no estará entre las víctimas, pues de otro modo no plantearía tales cosas tan alegremente.

   Sin embargo, hay otras consideraciones menos directas que los agoreros plantean como probable causa de extinción de la humanidad. Si observamos los cambios generacionales entre dos o más generaciones sucesivas, la evolución actual es mucho más rápida que en las anteriores (la idiosincrasia entre abuelos, padres e hijos cambia con mucha mayor velocidad en los tiempos actuales), es decir, cada vez se parecen menos los hijos a los padres o a los abuelos, debido en gran medida a la influencia del entorno. Si hiciéramos una encuesta con respecto al nivel de frustración de nuestros jóvenes en relación a las desigualdades entre pobres y ricos, frente a los políticos actuales, sobre quién gobierna realmente nuestro mundo y, en general, su opinión sobre el mundo en el que vivimos, saldría a la luz que va en continuo aumento, de manera que, a la vista de falta de ideales, los terminan buscando en la satisfacción inmediata, entre otras cosas porque no ven claro el futuro y su frustración les lleva a pensamientos incluso suicidas – de nuevo se nos aparece Sansón – o acercamiento a la drogadicción, el lamentable negocio del siglo, aprovechándose de estos sentimientos negativos de los más jóvenes. Por supuesto que habrá muchas excepciones – el ser humano, sobre todo la juventud, quisiera tener ideales nobles – pero la presión de ese entorno es cada vez mayor. Suponiendo que este fenómeno se incremente cada vez más, los agoreros tendrían su alfombra roja bien extendida. Habrá que hacer algo, digo yo, para evitar o al menos minimizar estas tendencias que se difunden como la moda y que nuestros hijos y nietos recuperen la fe y la esperanza en un futuro mejor.

   Hay algo que se olvida en este razonamiento, y es que la evolución de la historia suele ser cíclica y no acumulativa; ¿quién nos dice si a un periodo negativo – por ejemplo, la actual pandemia – no le seguirá una época de prosperidad? Eso suele suceder, pues al sufrimiento le suele seguir un ansia de revancha para no seguir sufriendo. Un ejemplo de ello es la reacción habida entre los años 1945 a 1950, la época de la postguerra tras aquellos sesenta millones de muertos, si bien es también cierto que la prosperidad apareció antes en los países vencedores que en los vencidos. Sin embargo, éstos tampoco se anduvieron a la zaga: Alemania resurgió de sus cenizas en un tiempo asombrosamente breve y se crearon la CEE y la ONU; Japón también, aunque de forma más lenta, logró superar incluso los desastres de Hiroshima y Nagasaki, sin olvidar el gran número de víctimas por la radioactividad. No deja de ser curioso que la recuperación española fue relativamente más lenta que la alemana  pese a no haber participado en la guerra mundial – cierto es que España salía de la Guerra Civil habida con anterioridad – pero Alemania se recuperó con mucha mayor rapidez en su estado de bienestar, gracias a las iniciativas de Adenauer y Erhard, padre este último del “milagro económico” alemán, visible ya en los primeros años 50. Entonces todavía existían las cartillas de racionamiento en España, vigentes hasta 1952, trece años tras la terminación de la Guerra Civil, frente a los aproximadamente cinco años alemanes tras el fin de la IIGM. Se puede debatir si la existencia del Plan Marshall – al que España no pudo acceder por discrepancias estúpidas relacionadas con la libertad de culto – tuvo una mayor o menor influencia en la recuperación económica de Alemania, pero nadie duda que el mérito se debe asignar a los dos políticos alemanes mencionados. Resumiendo: tras una catástrofe, suele aparecer una oportunidad; sólo hay que saber aprovecharla.

   Es curioso que los agoreros echan la culpa a la ciencia y la tecnología como las causantes de futuros desenlaces apocalípticos – la ya mencionada proliferación de armamento nuclear y los efectos ambientales, por ejemplo – y como origen de una eventual  extinción masiva, cuando de hecho es lo contrario, siempre que los avances tecnológicos lleven emparejados unos objetivos dirigidos al bien común y no tanto a la ambición de riqueza y poder. Volviendo a la actual pandemia, nos tropezamos con un buen ejemplo: la disponibilidad de vacunas en un tiempo récord frente a lo sucedido en años anteriores con otras vacunas, sólo ha podido suceder en tan breve espacio de tiempo gracias al tesón de los científicos y a la tecnología, permitiendo que fuera posible. La necesidad de mantener, por ejemplo, las vacunas de ARNm a temperaturas tan extremas y su gestión para la distribución,  han sido posibles gracias a la tecnología. Es obvio que en el otro lado de la moneda quedan las zancadillas, tensiones, trabas, etc. entre las diferentes farmacéuticas que no han hecho sino dificultar la distribución de dosis de vacunas, pero una cosa no quita a la otra.

   Dicho esto, hay, sin embargo, más factores, llamémosles “filosóficos” o “etéreos”, que dan pábulo al pesimismo de los agoreros frente a la evolución del ser humano. Es el aspecto de la llamada “degradación” continua del Hombre, causada por la falta de valores y, quizás, debido a la globalización, el mal empleo de maravillas como internet, el mal uso de las redes sociales, las “fake-news”, etc. Se podría llamar a esto una “dejadez espiritual”, que tiene mucho que ver con la falta de ideales entre la juventud, como ya he mencionado antes. Tomando de nuevo el ejemplo del comportamiento humano frente a la actual pandemia, el deseo – o la necesidad – de satisfacción inmediata que compense la sensación de confinamiento, despreciando las repercusiones hacia el prójimo – ¡y hasta hacia uno mismo! – del contagio, denota un aspecto muy negativo, explicable, pero no justificable. ¿Tendrá esto que ver con esa falta de ideales de la juventud, que constituye obviamente el mayor porcentaje de los buscadores de satisfacción rápida? Enfrentado este hecho al sacrificio de los mayores por no poder disfrutar de sus nietos o de su familia si viven en residencias, todo ello clama al cielo.

   Konrad Lorenz, doctor en medicina y filosofía y premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1973, escribe en su libro “Decadencia de lo humano” la siguiente frase lapidaria: “Ninguna persona razonable puede poner en duda que nuestra civilización occidental es un sistema que ha perdido el equilibrio. Ningún científico puede dudar de que todos nosotros podremos restablecer ese equilibrio sólo cuando exploremos los nexos causales en el juego de las funciones normales y descubramos cuál es el tipo de las perturbaciones desequilibradoras”. Sí, tendrá razón, pero démonos la oportunidad de descubrir cuáles son esas perturbaciones – seguramente habrá muchas – para revertir el proceso que indica con tanta seguridad. La transformación del pensamiento humano, habiendo sido atacado en lo más profundo por efecto de la globalización en nuestro mundo occidental al oponerse por moda o por lo que sea a la aceptación de valores tradicionales inherentes al ser humano, así como por un cierto desprestigio de la Iglesia Católica – aunque sería más propio decir Cristiana-Occidental – tampoco ayuda. Sin embargo, nos olvidamos de que existe la moral natural que nos faculta para movernos incluso con soltura tan sólo a partir de un principio universal: “No hagas a tu prójimo lo que no desearías para ti mismo”. Anteponiendo esto a otras pasiones como la satisfacción inmediata antes mencionada, los deseos de poder y riqueza, así como a la ambición inherente a cada persona o conjunto de personas, nos permitiría volver “al buen camino”. Saber apreciar la belleza de lo que nos rodea y considerar la nobleza como algo inherente a nuestros propios actos, ayudaría mucho. Un ejemplo de esto es que “la palabra de honor”, tan utilizada hace años, está hoy en día completamente desvirtuada y en desuso.

   Un postulado que demuestra que esto pudiera ser así y que la propia genética del ser humano lo favorece, es: “Si un adulto ve a un niño en peligro de muerte y puede salvarlo sin riesgo de su propia vida, siempre lo hará”. Hombre, si además lo hace con riesgo de su vida, hemos convertido a este adulto en un héroe. Esto me recuerda a una problemática de la Inteligencia Artificial: ¿actuará de la misma forma una IA “bien educada” responsable de la conducción de un coche autónomo, prefiriendo volcar y destrozarse a sí misma y al vehículo para poder salvar una vida humana? ¿Hará lo mismo también si una alternativa fuese dañar a otros humanos en ese vuelco? ¿Cómo podríamos responsabilizar a una máquina inteligente si ha dañado “involuntariamente” y con la mejor intención a otros seres humanos? ¿La condenamos a dos años y un día de prisión si se demuestra que ha habido exceso de velocidad? No falta mucho tiempo para que sea preciso solucionar este tipo de problemas. De hecho, hoy en día ya nos enfrentamos a posteriori, o sea, tarde, al problema de nuestra propia privacidad, pues hemos dejado a la IA por medio de internet que use la información que recibe por nosotros mismos para utilizarla en beneficio de otros, ni siquiera para la suya propia. Ahora nos hemos inventado lo de la “Protección de datos”, que no es más que una forma chapucera de resolver el problema.

   El ya mencionado filósofo Konrad Lorenz, conocido también por sus comparaciones de actitudes de animales frente a las humanas en su libro “Consideraciones sobre la conducta animal y humana”, ha escrito lo siguiente (copio): “El alma es mucho más antigua que la mente humana. No sabemos cuándo se formó el alma, la experiencia subjetiva. Todo el que conozca a los animales superiores sabe que su experiencia, sus “emociones”, tienen un parentesco fraternal con las nuestras. El perro tiene un alma que se asemeja, en líneas generales, a la mía y, probablemente, la supere en cuanto se refiere a la capacidad de amar sin condiciones; ahora bien, ningún animal tiene una mente en el sentido que se le da aquí; no la tienen los perros ni los animales más emparentados con el hombre, es decir, los antropoides”. Y añade: “La mente humana, creada mediante el pensamiento abstracto, el lenguaje sintáctico y la consiguiente transmisión hereditaria del saber tradicional, se desarrolla a una velocidad muy superior a la del alma. De resultas, el hombre cambia con mucha frecuencia el medio ambiente propio en perjuicio suyo. Hoy está en trance de aniquilar la simbiosis terrestre en la que vive, y, por ende, de cometer suicidio. Es tan enorme la velocidad con la que cambia la mente humana y con la que el hombre, mediante su tecnología, transforma el medio ambiente propio en algo distinto por completo, que la marcha del desarrollo histórico-filogénico parece haberse interrumpido en comparación con ella. Desde el nacimiento de la civilización humana ha permanecido inalterada en lo esencial; no es sorprendente, pues, que la civilización le imponga con mucha frecuencia unos cometidos irrealizables”.

   Tras leer este texto y a título de comentario, me sorprende el conocimiento profundo que el señor Lorenz parece tener del alma humana y su afirmación sobre las diferentes “velocidades” entre mente y alma, conceptos que a mi modo de ver están mucho más unidos. Sin entrar en la existencia o no del alma, en mi opinión, lo que se entiende por “alma” del ser humano (desconozco por supuesto si la poseen los animales) es en su función parte de la Consciencia humana al igual que lo es la mente, que yo asimilo a esa misma Consciencia como algo que engloba a ambas. Si la mente es entonces más rápida que el alma no lo discuto, pues no lo sé. En cualquier caso, no creo que eso justifique decisiones  de la mente “antes” de que comience el alma a funcionar con ánimo de protegernos en un futuro impidiendo acciones peligrosas surgidas de la mente  para el género humano, pero llegando tarde. Entiéndase aquí al ser humano no como individuo, sino como un ser social perteneciente a una sociedad humana en su conjunto.

   Hablando de la sociedad, no he mencionado la influencia de los gobernantes y tampoco a sus siervos los políticos, que últimamente tienen cada vez peor prensa. No es bueno, sin embargo, que el pueblo, los ciudadanos de a pie en general, sientan desprecio por la clase política, con honrosas excepciones, por supuesto, pero no cabe duda que ese sentimiento no ayuda para nada a tener confianza en el futuro. Si unimos a esto las diversas teorías de la conspiración y que nuestros gobernantes están quizás en manos de otros situados en la sombra (Teoría de la Conspiración) que a su vez los mandan, apaga y vámonos. Sin embargo, siendo esto algo que ayudaría a entender que nos dirigimos hacia una catástrofe, la propia globalidad en la información y la cada vez más difícil posibilidad de ocultarse de la opinión pública, lo hace bastante más difícil. Por poner un ejemplo, al gobernante reciente con mayor influencia mundial – y el más descarado, probablemente – y por tanto, peligroso, Donald Trump, no le ha sido posible mantenerse en el poder y tampoco ha podido llevar a cabo todo lo que quería hacer. ¿Estamos por ello en menos peligro? Pues no lo sé, pero parece que existe un mecanismo automático que nos protege. Ahora bien, eso no quita para que pueda haber otros muchos “sansones” con la suficiente fuerza como para sorprendernos en cualquier momento. Pero el mundo está tan encadenado y entrelazado que me parece difícil que se deje sorprender y nos rompa las columnas que sujetan nuestro templo de la civilización y acabe con todos nosotros, como Sansón con los filisteos (por mucho que nos hayamos convertido en algo “filisteos”).

    Erich Fromm, psicólogo, sociólogo, humanista y filósofo muy conocido por su libro “El arte de amar” (que por cierto, recomiendo), afirma (copio): “Pese a su progreso material, político e intelectual, nuestro orden social occidental está cada vez menos preparado para conservar su salud espiritual; socava la seguridad interna y el contento, la razón y la capacidad del individuo para amar. Hace de él un autómata que debe expiar su yerro humano con una creciente dolencia mental, con una desesperación latente, que intenta ocultar tras su desenfrenado dinamismo para el trabajo y las llamadas diversiones”. Y añade: “Fromm ve en esos síntomas neuróticos, tan frecuentes entre los habitantes de la ciudad, un motivo de esperanza, pues demuestran que el hombre lucha contra su deshumanización”. Al menos su pesimista mensaje incluye otro de esperanza…

    “Sin duda es posible que la Humanidad sucumba al envenenamiento, o a la superpoblación, o a la radioactividad o a la degradación del medio ambiente, etc., pero también lo es que surja una organización estatal e inflexible cuyo ulterior desarrollo se vea obligado a seguir una ruta descendente”, afirma por su parte de nuevo Konrad Lorenz. Leer esto me ha recordado la bien conocida novela de Aldous Huxley “Un mundo feliz”, que nos muestra el sombrío cuadro de un futuro en el que, ciertamente, la especie “Homo Sapiens” sobrevive y consigue imponer un sistema estable y asegurado contra todos los peligros, pero en donde han desaparecido la calidad humana y el humanitarismo. Y no sólo eso, sino la formación por ley de un sistema de castas, empezando por el mejor dotado (el “Alfa”) hasta el más estúpido (el “Epsilon), cada uno bien diferenciado en el trato, que en mi opinión es peor que el peor de los racismos. El tal “mundo feliz” se ha cargado en la novela también los sentimientos más excelsos, como el amor con mayúsculas, o la religión y, por supuesto, la política. La ironía de esta perfección creada por el “Estado mundial”, la entidad que en la novela  gobierna en este mundo feliz, es la aplicación de medidas que eliminan también la familia, la diversidad cultural, el arte, la ciencia, la literatura y la filosofía. Otra característica es que, con estas gloriosas limitaciones, al hombre le queda poco más que las relaciones sexuales, presentadas sin un ápice de amor o de afecto (o sea, una forma de obtener satisfacción inmediata, como dije al principio). Precisamente este hecho es el núcleo central de la novela por parte de la pareja protagonista, en la que el “salvaje” incivilizado desea mantener una relación amorosa profunda con la “civilizada” muchacha proveniente del nuevo mundo feliz, que sólo quiere sexo y no comprende que él no acepte eso, algo que ella considera “normal” por su educación en ese mundo futuro tan deshumanizado de Huxley.

    Este “mundo feliz” no creo que pueda ser el que surja en el futuro, con tal que tengamos un mínimo de cuidado y dominemos también la inevitable Inteligencia Artificial, que sin duda se complementará con nosotros, los humanos, y a la que tendremos que acostumbrarnos y adaptarnos para sacar de ella el mayor beneficio posible, y no al revés, naturalmente.

   No entreveo yo en el futuro la aparición de un nuevo y ahora desalmado Sansón que vuelva a decir: “¡Muera yo con todos los filisteos!” y se cargue a media o toda la Humanidad, como preconizan tantos agoreros. Mientras hay vida, hay esperanza…

                                                                          KS, 29 de abril de 2021

 

miércoles, 31 de marzo de 2021

¡Cómo cambian las tornas!

 

      ¡Cómo cambian las tornas!             Por Kurt Schleicher

 

   Esto no es más que un ejercicio de humor con ánimo de criticar el empleo cada vez más extendido de los robots telefónicos que llegan a veces a desesperarnos y terminar clamando eso de “¡Quiero hablar con un gestoooor!”

   Por el contrario, con la capacidad de aprendizaje que la Inteligencia Artificial está adquiriendo, quizás al cabo de poco tiempo ya no seamos capaces de distinguir un robot de una persona a través del teléfono y no nos desesperemos tanto. Pero eso pudiera tener consecuencias imprevisibles, como sucede tras este breve diálogo…

 

    Una llamada de teléfono en un momento cualquiera de un día cualquiera.

¡Hola! Seguro que eres Carlos… (voz femenina agradable y un poco ronca)

Pues no, se equivoca, soy Eusebio, no Carlos…

Ya, es que serás Carlos Eusebio y yo lo ignoraba.

Que no, que no, que yo soy Eusebio a secas; usted se confunde…

  Te he conocido; no te preocupes, que da lo mismo. Si quieres te llamo Eusebio. A mí no me importa… la voz femenina no cejaba en su empeño.

     Tras unos instantes de reflexión, Eusebio insistió.

  Ya, como quiera, pero es que usted querrá hablar con otro, no conmigo…

  Precisamente es lo contrario, querido Eusebio; quiero hablar contigo. Ya sé que eres tú, picarón…

 ¡Y dale! ¡Que yo no soy, coñe…!

  No me engañas, cariñín, que te conozco por la voz…

   Eusebio comenzó a abrir los ojos, estupefacto. ¿Y si tuviera razón y fuera él el desmemoriado?

  A ver, a ver, dame pistas. Por la voz no te reconozco, puede ser por problemas de contagio, huy no, de contacto, ─ ¿en qué estaría yo pensando? ─  Oye, ¿tú no serás un robot?

      La voz femenina ignoró el último comentario.

  Cielo, ¿no recuerdas la última vez que nos vimos? ¡Tú estabas entusiasmado con mi canalillo!

     Eusebio empezó a sentir cierto calorcillo en los bajos y hasta una incipiente erección que no experimentaba desde hacía tiempo. Pensó que no estaría de más seguir con el juego; empezaba a divertirse.

─ Pues no recuerdo, pero si había canalillo es que detrás había buenas tetas…

─ No seas bruto, que me pones más cachonda que la última vez que nos vimos y ya sabes cómo terminamos ─ insistió la voz femenina, un poco más ronca y sugestiva.

    Eusebio volvía a estar estupefacto; ya tenía sesenta años y no debería estar empezando con síntomas de Alzheimer. ¿Cómo iba a olvidar estar revolcándose con una tía de buenas tetazas?

  Pero encanto, ¡si yo estoy casado desde hace treinta años y tengo dos hijos!

  Pues yo no lo puedo olvidar; ¡estuviste fantástico! Y conste que no soy celosa, pero es que quiero verte de nuevo. Estoy ahora de paso por Madrid y no quiero perder esta ocasión y poder disfrutar contigo…

  Pero en mi casa no es posible, con la jefa rondando por aquí ─ Eusebio ya había bajado considerablemente su tono de voz y miraba a todos lados para confirmar que seguía estando solo.

  No te preocupes; podemos quedar en mi hotel. Tú me dices cuándo puedes venir y yo te esperaré…

    Eusebio hacía esfuerzos para darse cuenta que aquello sonaba tan bien que podría no ser real, pero tampoco llegaba a conseguirlo. Sonrió para sí: “Más tiran dos tetas que dos carretas…” y decidió que no perdería nada con seguir la conversación que tan sugestiva se había tornado.

  Pues sí, eso suena muy bien, pero ahora que me doy cuenta no recuerdo cómo te llamas; ¿Cómo pregunto por ti?

  Me ofendes cariño ─ a Eusebio le parecía que el tono de voz había cambiado a triste ─ estoy segura de que sí lo recuerdas; no te preocupes, te dejaré un mensaje en recepción con mi número de habitación antes de que llegues.

     A Eusebio le dio pena; no quería ofenderla. ¡Aquello no pasaba todos los días!

  Vale, vale, dime cuál es tu hotel y lo hacemos así. ¡No veas las ganas que tengo también de verte! El recuerdo de tu canalillo… y de otras cositas me ha puesto calentorro ─ Eusebio, con su ansia de evitar ofenderla, ya no sabía ni lo que decía.

  Estoy en el Intercontinental Madrid, ya sabes, el antiguo Hilton ─ replicó la voz ─ Es muy grande y por eso también muy discreto… allí puedes hacer conmigo lo que quieras, que nadie se va a enterar.

     Eusebio había oído hablar del hotel. ¡Qué nivel! Eso aún lo hacía más atractivo.

     La voz femenina ronca y cálida prosiguió.

  Ya sabes que yo resido en Brasil y antes de que vengas a verme me gustaría decirte que me encantaría pudieras decidir venirte conmigo allí una temporada. Lo pasaríamos genial y no tendrías ni que preocuparte de reservar hotel; ahora no tengo pareja y mi preciosa casita cuenta con piscina entre otras cosas, situada además cerca de la playa de Ipanema. Ahora que lo pienso; invéntate alguna excusa y ya te vienes con una maleta hecha, nos marchamos directamente desde aquí a Río de Janeiro y me acompañas. ¿Qué te parece?

    A Eusebio ya se le había puesto su erección a tope. ¿Cómo iba a dejar escapar tal invitación? Incluso aunque la buena señora fuera un poco callo, merecería la pena. Tras un somero análisis de probabilidades, estaba harto de su mujer tras volverse tan mandona y encima ella sí que era un auténtico callo. Sus hijos ya estaban emancipados y no serían motivo de preocupación. Tenía una buena y saneada cuenta en el banco que con sesenta años ya no iba a tener ocasiones como aquella para gastar; en cualquier caso sería una atractiva aventura. ¡Cómo iba a rechazarla! Encima, no le saldría muy caro al vivir de invitado y no precisar hotel. ¡Miel sobre hojuelas! Eso sí, tenía que inventarse algo (¿una herencia sorpresiva quizás?) para justificar ante su mujer lo del viajecito y retirar el suficiente dinero del banco para vivir allí como un señor, de restaurantes y salidas nocturnas. Con el escaso sentido común que le quedaba, decidió que sería mejor no comprometerse, al menos todavía.

 Te propongo una cosa ─ replicó Eusebio en tono más reflexivo, rascándose una oreja ─ para decidir lo de ir al Brasil me cuesta un poco hacerlo ahora sin más, pero te prometo que lo pensaré y además creo que será lo más seguro que haga. Pasado mañana, coincidiendo con el fin de semana, me presento en tu hotel y vete contando ya que lo más probable es que nos vayamos juntos ─ exclamó Eusebio en voz baja y ronca, pues se le había secado la garganta tras tanta emoción seguida, sin seguir siendo capaz de creerse lo que estaba diciendo.

  ¡No sabes lo que me alegro de oír eso! ─ respondió la misteriosa voz femenina, muy animada ─ Prepárate que te voy a chupar por todos los sitios que más te gustan; estoy convencida de que no te vas a poder resistir a irte conmigo. ¡Eres un Cielo! No veas las ganas que tengo de tenerte aquí y sentir tu potente masculinidad en mí…!

    Eusebio se miraba sus partes bajas y se dijo que podría quedar hasta bien. Le había halagado mucho el comentario. ¡Pocas veces podría ya tener tal ocasión a su edad!

  Y yo también tengo ganas de chuparte esas teticas tan ricas… ─ Eusebio estaba ya convencido de su falta de memoria y el entusiasmo no le dejaba ver más allá, sintiéndose feliz y desinhibido.

  ¡No sabes lo que te quiero y lo feliz que te voy a hacer! ─ replicó la ronca voz femenina, logrando que se le erizara hasta el vello de la espalda de emoción.

   Al darse cuenta que la voz femenina había colgado, sin saber ya lo que estaba haciendo, también colgó, todavía alucinado.

    Eusebio se dijo que esas cosas no las podría decir un robot, que es lo primero que había pensado. Decidió calmarse y hacer las cosas por orden: convencer a la vieja, sacar la pasta del banco, reservar el billete a Río, preparar una maleta pequeña… ¡Ya habría ocasión de comprar en Río trajes más compatibles con un digno conquistador español!

     Se le estaba haciendo la boca agua.

 

    Dejo a cada lector que decida cuál termina siendo el final de esta sugerente historia. Se admiten propuestas…

 

                                                                                        K.S., marzo 2021.


domingo, 28 de marzo de 2021

El Caminito del Rey

 

El Caminito del Rey             por Kurt Schleicher

 

   Desde hacía varios años intentaba encontrar el momento de recorrerlo, pero la afluencia de turistas había crecido de tal forma que en los momentos óptimos (primavera y otoño) era dificilísimo reservar; confiar en acceder al limitado cupo disponible por día era también un riesgo y obligaba a pasar la noche allí mismo. Me enteré que en algunos hoteles proporcionaban billetes reservados, pero había que reservar con mucha antelación. Saliendo de Madrid, el lugar estaba lejos, pues se localizaba en El Chorro, provincia de Málaga, a más de cinco horas en coche, lo cual lo hacía más incómodo todavía. Lo ideal parecía ser prever varios días.

   Por fin, en 2019 averigüé dos cosas interesantes: la época de menor afluencia era el primer trimestre del año (a condición de hacer buen tiempo, pues con viento, tormentas o lluvia abundante el camino se cerraba) y la segunda que había una oferta de Renfe que permitía acceder “en el día” con un cupo generoso, siempre y cuando se durmiese la noche anterior en Málaga (u otro lugar comunicado por ferrocarril) y madrugar, por supuesto. La confluencia de estos eventos se nos dio en la última semana de febrero de 2020, en plena época de pandemia en Wuhan, pero que por entonces estaba “muy lejos”, según los medios de comunicación. Decidimos viajar pronto el día anterior, visitar Málaga y hacernos con una mascarilla, por si acaso. Primer aviso: no encontramos mascarillas en ninguna farmacia.

    En cualquier caso, esta excursión fue la última antes del Covid19 y los sucesivos confinamientos. Y hasta hoy…

    ¿Por qué resulta tan atractivo el Caminito del Rey?

    Pues porque existe desde hace más de un siglo, recorriendo unos precipicios impresionantes con unas vistas espectaculares entre desfiladeros de más de 300 metros de profundidad y en algunos zonas de menos de 10 metros de distancia a la pared de enfrente. El problema de visitarlo en épocas anteriores era el estado de abandono del camino, realmente peligroso, siendo muy conveniente tener cualidades de escalador y ningún vértigo. Por fin, desde 2016, el Camino ha sido remozado, convirtiéndose en la actualidad en uno de los primeros atractivos turísticos de Málaga; me figuro que el gasto de restauración habrá sido compensado sobradamente desde entonces, a la vista del éxito. Cierto es que las tareas de mantenimiento y organización requieren costes inevitables, pero con la afluencia asegurada para todo el año y con reservas de varios meses antes en épocas críticas, se seguirán compensando estos costes.

    Hagamos un poco de historia.

    Este sendero se construyó porque la Sociedad Hidroeléctrica del Chorro, propietaria del Salto del Gaitanejo y del Salto del Chorro, necesitaba un acceso entre ambos saltos de agua para facilitar tanto el paso de los operarios de mantenimiento como el transporte de materiales y la vigilancia de los mismos.

    Las obras se iniciaron en 1901 y concluyeron en 1905. El camino comenzaba junto a las vías del tren de Renfe y recorría el Desfiladero de los Gaitanes, comunicando y facilitando el paso entre ambos lados. El Camino comenzaba en la Estación del Chorro, junto a las vías del tren, y permitía el paso de operarios y materiales, además de facilitar la vigilancia de las instalaciones. Cuando el Embalse del Conde de Guadalhorce estaba en construcción, se volvieron frecuentes las visitas a la zona de amigos y familiares del ingeniero jefe, Rafael Benjumea Burín; las vistas que se podían contemplar desde muchos puntos del camino eran de tal  belleza que Benjumea quiso hacer el camino cada vez más cómodo y se decidió a mejorarlo, reformando el puente entre los dos lados del desfiladero, que fue diseñado por el ingeniero de caminos Eugenio Rivera.

     Para inaugurar esta gran obra, el rey Alfonso XIII se desplazó en 1921 hasta el lugar en la presa del Conde del Guadalhorce cruzando para ello el camino previamente construido. El día amaneció nublado, y una serie de chaparrones intermitentes deslucieron los festejos de inauguración e hicieron más penosa la visita, que ya de por sí exigía un farragoso viaje con etapas por tren y por carretera. No obstante, el rey se mostró animoso y escuchó complacido todas las explicaciones que Benjumea le daba sobre las instalaciones, que quiso conocer al detalle. Se sirvió un almuerzo para más de doscientos comensales, al que estaban invitados personalidades, autoridades, ingenieros y periodistas. A los postres, el Ministro de Fomento pronunció un discurso en el que destacó la importancia de las obras públicas y el ejemplo que el Pantano del Chorro representaba para la nación, por su acierto en armonizar el uso industrial y agrícola; no podía imaginar entonces el auge turístico que cobraría un siglo más tarde. Después del almuerzo, bajo una lluvia torrencial, el Rey se dirigió a colocar la última piedra.

    Terminada la ceremonia, el Rey y sus acompañantes visitaron la presa del Gaitanejo, y atravesaron el Balcón de los Gaitanes, que se había adornado con una guirnalda sostenida por cuatro águilas disecadas, en la que se podía leer: “Al Rey”. Alfonso XIII quedó tan impresionado por el panorama que se divisa desde allí que quiso fotografiarse para inmortalizar su paso por el lugar.

Colocación de la última piedra por Alfonso XIII en 1921

    Fue a partir de este momento cuando las gentes comenzaron a denominar a aquel camino "Caminito del Rey", nombre que se sigue usando en la actualidad.

    Esta obra de ingeniería supuso en su momento una hazaña, en especial por la sujeción de las pasarelas; era una obra en la que hubo que emplear pescadores, convertidos en albañiles, y que estaban acostumbrados a colgarse de las jarcias de sus barcos de vela, debido a la dificultad del terreno y de la necesidad de que los trabajadores se colgasen de las rocas para poder realizar las labores de construcción.

    Su peligrosidad y el hecho de ser una de las zonas de escalada más importantes de Europa, han contribuido a incrementar su fama, lo que ha ocasionado que numerosos excursionistas se hayan dirigido a El Chorro motivados por recorrer el Caminito y por el morbo del vértigo y la belleza del paisaje. Esto ha propiciado numerosos accidentes (algunos mortales) a lo largo de los años, acrecentándose su leyenda negra; el problema era la creciente afluencia de los excursionistas que iban por libre sin conocimientos de escalada, por lo que el riesgo era evidente.

    Entre los años 1999 y 2000 se produjeron varios accidentes mortales que costaron la vida a cuatro excursionistas, por lo que la Junta de Andalucía, para evitar más desgracias, decidió cerrar los accesos al camino, demoliendo su sección inicial a fin de evitar el paso a los visitantes.

    A partir de febrero 2014, la Diputación de Málaga inició el proceso de adjudicación de las obras de restauración completa del Caminito del Rey. A finales de marzo de 2015, el Caminito se abrió al público, con las pertinentes medidas de seguridad y hasta con guías. Eso sí, con casco obligatorio. La última desgracia sucedió en 2017, pero no tuvo nada que ver con el remozamiento del Caminito; fue un crimen de una turista extranjera a la que su asesino le cortó la mano, dejándola sobre el puente, donde se desangró; allí la encontraron los primeros visitantes de la mañana al día siguiente. El misterio sigue sin haberse resuelto, que yo sepa; debieron colarse por la noche, estando el acceso cerrado.

                                              Peligrosidad del antiguo Caminito del Rey


   En cuanto a cómo organizar la visita al Caminito del Rey, hay informaciones turísticas de sobra que detallan las diferentes posibilidades, siendo la mayoría tours desde Málaga o acceso particular en coche, para lo que hay bastantes alojamientos tanto en El Chorro (cerca de la entrada sur) como en Ardales (entrada norte); en este caso el problema son las reservas. En mi opinión, la forma más aconsejable es acogerse a la oferta de Renfe, combinando una visita el día anterior a Málaga, pasando la noche en un hotel cerca de la estación de tren y hacer la visita en el día sin necesidad de reservar. Como se trata de pasar la noche sin más pretensiones y dejar pronto el hotel, recomiendo el hostal Los Tilos, sencillo, muy limpio y sin ruidos perturbadores. Otra forma, disponiendo de tiempo, es dedicar más tiempo a visitar Málaga (la Alcazaba, la Catedral, la calle Larios, el museo Picasso…), dejando para el último día el Caminito.

   No recuerdo los detalles precisos, pero hay un tren de cercanías a El Chorro pronto por la mañana. El billete se compra combinado con el bus que lleva a la entrada en Ardales y la propia entrada al Caminito, en una máquina automática a tal efecto. Cómodo y sin problemas. Lo peor que puede pasar es que el tiempo empeore de golpe y ese día no se pueda acceder, pero en tal caso nada impide pasar otra noche más en Málaga, pues el cupo es diario sin necesidad de reservas; dicho de otra forma, esto permite combinar inteligentemente una visita turística a Málaga o alrededores y dejar el mejor día climatológicamente hablando para el Caminito del Rey.

    En cuanto al tiempo requerido para recorrer el camino, es entre tres y cuatro horas; no es muy dificultoso, pero tampoco hay que dormirse en los laureles. El último tren de vuelta de El Chorro a Málaga no es el mismo según los días, pero siempre hay uno al mediodía entre las 14:00 y las 15:00, que yo recuerde, en el peor de los casos. Esto deja 4 horas para recorrerlo por la mañana.


                                                             Mapa de accesos

El recorrido total es de unos 7 km., siempre saliendo de Ardales, donde deja el autobús desde la estación de llegada. El camino sobre las pasarelas propiamente dichas no pasa de 2 km., pero es evidente que se hacen más despacio para admirar el paisaje y sacar fotografías. Para personas con limitaciones físicas, sólo hay que advertir que hay cuestas y escaleras; por cierto, de escalada nada, naturalmente. Es un paseo. El mapa adjunto lo ilustra bien.

    La parte de las pasarelas son dos; una primera, posiblemente la más honda, con medio kilómetro desde el fondo a los picos, con el camino situado a la mitad de la pared; la segunda, tras un precioso paseo forestal, termina en el famoso puente que permite pasar de uno a otro lado sobre el abismo.

   Las fotografías adjuntas a continuación que hice durante el recorrido van siguiendo este orden.

    Yendo en coche particular, pienso que sería aconsejable pasar por Ronda, no muy lejos del Caminito del Rey, permitiendo combinar ambas visitas.

   Ánimo, pues; para el que no lo conozca, no hay que dejarlo pasar.

                                                                                                      K.S., marzo de 2021

 



La estación de El Chorro


Entrada norte y primera zona de pasarelas




Vista hacia atrás




Cruce antiguo al otro lado


Vista hacia atrás

Salida de la primera zona de pasarelas


Vista hacia atrás



Al fondo, comienzo de la segunda zona de pasarelas.





El antiguo Caminito del Rey debajo del nuevo.


Restos del viejo Caminito, debajo del nuevo.




El puente



Vista desde el puente




Salida de la zona de pasarelas


Panorámica de la salida del desfiladero, final del Caminito del Rey y las vías del tren