jueves, 13 de diciembre de 2018

El torito resabiao



El torito resabiao
Por Kurt Schleicher

   Siento que no me queda mucho tiempo para hacer mutis por el foro de este mundo; será que ha llegado mi hora. Es inevitable, pero estoy contento. He vivido mucho, más que mis compañeros, y poco o nada me queda ya por hacer. Corrijo; sí, sí que me queda algo: contar mi historia. Es ésta.

   Soy huérfano, al fallecer mis padres al poco tiempo de nacer yo. Me crié en un lugar paradisíaco, con muchas encinas y aire puro. El tío Mauricio –así se le conocía– cuidó de mí, pues se compadeció  al verme tan triste y solitario. La verdad es que crecí con él y juntos nos hacíamos mutua compañía, pues él enviudó pronto y se quedó solo todavía en plenitud de su madurez.
   Entre él y yo surgió un cariño muy especial; yo le entendía muy bien y él a mí, pese a ser tan distintos y hablar idiomas diferentes. Me enseñó muchas cosas de su larga experiencia, lo que me colocó con cierta ventaja frente a mis pocos amigos, que no mostraron el menor interés por saber lo que yo estaba aprendiendo.
   El tío Mauricio había vivido siempre en el campo; su padre y el padre de su padre se dedicaron a lo mismo, a criar reses bravas; su finca era la envidia de los ganaderos en las cercanías.
   Por las tardes, cuando no nos veía nadie, nos sentábamos juntos frente a su casa, en el jardín, y nos dedicábamos a charlar; más que charla, lo que él quería era aleccionarme y prevenirme para protegerme de lo que probablemente acontecería en mi vida cuando fuese mayor. Es normal; todos los padres y más si no hay más familia, harían lo mismo.
  Bueno hijo mío, ¿qué te gustaría hacer de mayor? — me preguntó un buen día en una de esas tardes.
  Pues yo estoy contento como estamos ahora; me gustaría seguir así, pues no ambiciono otra cosa… — respondí poniendo cara de despistado, pues no sabía a qué venía aquella pregunta. — ¿Es que el mundo va a cambiar? — le pregunté.
El tío Mauricio se me quedó mirando con una mezcla de duda y pena, como si tuviera problemas para contestarme.
—Tal como lo veo, no tienes muchas alternativas. Puedes seguir como estás, disfrutando de la buena vida, pero por ser quien eres debes comenzar a recibir una preparación adecuada. A partir de ahí, puede pasar una de tres cosas: una es que, relativamente pronto, antes de que cumplas cinco años, tu corta vida termine discretamente y que sirvas de alimento a otros. Otra es que te toque la lotería y te elijan para dar vida a otros como tú y morir de viejo, pero eso es muy difícil y muy poco probable. Por último — finalizó el tío Mauricio, con la voz quebrada por la emoción — tienes una posibilidad reservada a los que son de tu ralea y es morir luchando, lo que supone, claro está, mucho sacrificio y sólo un poco de gloria.
Yo abrí los ojos como platos. ¡Pues vaya un futuro!
—¿Qué tengo que hacer para que me toque esa lotería?
—Pues ya te lo he dicho: prepararte debidamente y mostrar tus mejores cualidades; yo te prepararé, con ayuda de mi gente, pero no confíes en ello. Prefiero ocuparme de ti personalmente y que logres tu objetivo sin necesidad de loterías, pero por la tercera vía. Veo que tienes en apariencia una excelente disposición genética, que en tu caso se llama “trapío”, que me encargaré de desarrollar para tu propia conveniencia, pero debes ser obediente y seguir todas mis instrucciones al pie de la letra; si eres listo, las aprovecharás.
Tras esta decisiva conversación sobre mi futuro, me quedé rumiando una respuesta apropiada; ya había dejado atrás mi época de añojo y estaba saliendo de ser un eral adolescente para convertirme en un utrero con muy buena pinta, perdón, con gran trapío.
El tío Mauricio me había bautizado con un nombre muy peculiar: Cassius. Cuando le pregunté a qué venía ese nombre, me contó no sé qué de un boxeador, pero la verdad es que no entendí nada. Me dijo que ya lo comprendería cuando fuera algo más mayor y con eso me tuve que conformar. Mi piel era completamente negra, “negro zaíno” me contaron que se decía y tenía marcado el número 80 en el lomo. Según los chinos, era el número de la suerte.

Pocos días más tarde de aquella conversación, me vino a buscar.
—Bueno, Cassius, vamos a comenzar hoy a prepararte. Empezaremos con la tienta.
Yo debí poner cara de bobo, pues lo de la “tienta” no me decía nada. Ya sabía lo que era “tentador”, o sea, comida, vaquillas guapas y cosas así, pero me daba la sensación que los tiros no iban por ahí. Decidí callar y no preguntar.
Varios caballistas nos recibieron tanto a mí como a mis compañeros; me extrañaba verles con unas varas muy largas de madera, que no sabía para lo que podían servir. No tuve que esperar mucho para averiguarlo, pues uno de ellos vino hacia mí dándome con el palo aquél de tal modo que casi pierdo el equilibrio. No me hizo gracia; busqué con la mirada al tío Mauricio para que me ayudase, pero no estaba allí. Estando así, despistado,  el garrochista (que así se llamaban esos lanceros según supe más tarde) me largó otro empellón y me tiró al suelo. ¡Eso ya no era un juego! Entonces me cabreé; me levanté de un salto y fui a por él. El tío quería más guerra y avanzó hacia mí a caballo con la garrocha por delante, pero esta vez no me pilló desprevenido; le enganché el palo entre mis dos cuernos y haciendo una finta se lo arrebaté de las manos, dejándole desarmado. El garrochista, al ver que iba hacia él con malas intenciones, salió a uña de caballo haciendo varias fintas; el caballito aquél era más ágil y veloz que yo, escapándose de mis embestidas. Tras seguirle un buen rato, comencé a fatigarme y lo dejé estar; poco a poco se me fue pasando el enfado.
Cuando me tropecé con el tío Mauricio, le quise decir que a eso de la tienta no le veía la gracia, pero me esquivó; sin embargo, me pareció ver por el rabillo del ojo que sonreía socarronamente antes de desaparecer con los garrochistas aquellos.

Al día siguiente, vuelta a lo mismo. Esta vez no fui capaz de enganchar la garrocha, pero logré girar sobre mí mismo con rapidez y con la cabeza gacha le di un buen testarazo –nunca mejor dicho– al caballo en los cuartos traseros. El pobre animal se llevó un leve rasponazo y poco faltó para que ambos, caballo y caballero, se fueran al suelo.
—¡Que no se diga que no podéis con mi Cassius! — oí que decía el tío Mauricio a los garrochistas en tono de sorna.
Estos lo intentaron más veces, pero como el juego ya no me divertía, los esquivé.
Esa noche vino a verme mi padre adoptivo.
—Hola, hijo mío, has estado muy bien… — me espetó — pero no me ha gustado que luego te dejaras intimidar y no les atacaras. Ellos están haciendo lo que les mando, acoso y derribo.
—No me han intimidado — contesté — es que no soy gilipollas y me he cansado de ese juego estúpido.
El tío Mauricio me miró y sonrió levemente.
—Veo que eres listo y eso me gusta, pero quiero que sigas el juego. Si lo piensas despacio, te puedes divertir y de paso te vas entrenando. Quiero que corras hasta que te canses; ya verás que día a día terminarás estando cada vez menos cansado. A ver qué se te ocurre — me dijo, dejándome rumiando sobre lo que quería decir.

Los garrochistas no me caían muy simpáticos, así que decidí no ponérselo fácil y pocas veces eran capaces de acertarme y derribarme; en lugar de esperar a que fueran a por mí, les atacaba yo primero sin dejarles tiempo a prepararse, con lo que la mayoría de las veces salían huyendo. Y el tío Mauricio riéndose a carcajadas. Así fueron pasando los días en la dehesa.
—Mañana vamos a cambiar de escenario, Cassius; vamos a la plaza de la finca. Ahí ya no vas a poder usar tus tretas, pues tendrás menos espacio — me dijo.
En efecto, me llevé una sorpresa al entrar a la plaza; allí me estaba esperando un garrochista sobre un caballo protegido con una lona gruesa en los bajos (luego me enteré que se llamaba “peto”).
—¡A por él, Cassius! — me gritó mi padrino desde el burladero
“Ahora verá”, me dije tomando carrerilla.
Esta vez fui yo el sorprendido, pues al embestir contra el peto, el tipo me clavó la punta de la garrocha en el lomo y me hizo daño, pero no pudo evitar que le diera un buen testarazo al caballo. Aquello me enfureció, por lo que, tras dar una vuelta a la plaza, arranqué desde lejos tomando más impulso todavía, pero esta vez, cuando intentaba darme con la punta, hice una pequeña finta que no se esperaba, me rozó por todo el costado sin hacerme daño y yo le di al caballo con todas mis fuerzas, tirando a los dos al suelo. En medio de mi furia, me dieron ganas de ir a por el garrochista, pero me miró con tal cara de susto, que me apiadé de él.
—¡Vaya bicho! — oí que le decía el caballista al tío Mauricio según se levantaba.
—Sí, es un luchador; a mí me gustaría usarle como semental.
—Para eso es demasiado pronto, ¿no te parece?
—Tienes razón; aparte de todo, es muy listo — el tío Mauricio se frotó el mentón con las manos — tengo una idea; si me sale bien, a lo mejor consigo dos objetivos a la vez.
Ya no fue más explícito y el garrochista se desentendió de él.

Esa misma tarde me reuní con mi padre adoptivo –llamémosle padrino– en nuestros encuentros “secretos” en el jardín.
—Mañana vamos a empezar con otra fase de entrenamiento para desarrollar tus habilidades. Veo que tu musculatura está evolucionando de forma muy rápida, como si ya fueras un cuatreño, pero con la agilidad de un eral. Es el momento de optimizar la fuerza con la agilidad y la rapidez. Si además vas adquiriendo más aguante, vas a ser el mejor.
Aquello sonaba bien, me dije. En efecto, desde el día siguiente, el propio tío Mauricio con un garrochista de su confianza se “ocupaban” de mí. La verdad es que no me dejaban en paz y en muchas ocasiones me enfurecía y no lograba controlar mi rabia cuando en alguna ocasión me derribaban, pero poco a poco fui capaz de tragarme esa furia o al menos gestionarla sin perder la calma.
—Es bravo el tío, ¿eh? — comentó más que preguntó el garrochista.
El tío Mauricio asintió, orgulloso.
—Mañana vamos a la plaza, a seguir formándole.
—Pero no debes dejar que le toreen; ya sabes que está prohibido — objetó el garrochista — luego podrían objetar que está resabiao.
El tío Mauricio sonrió.
—Ya lo sé, ya; no te preocupes. Tengo otras intenciones y no entra en ellas en modo alguno que tenga que ir a por el torero. “Resabiao” viene de “sabio” y lo que intento es protegerle y evitar que en medida de lo posible le hagan daño…
—Pues ya me dirás cómo te las vas a arreglar para que no sufra en una lidia…
Mauricio le puso una mano en el hombro a su empleado.
—Deberías saber que los animales en general no sufren como lo hacemos nosotros, pues carecen de imaginación, y menos aún los toros de lidia. Por supuesto, en una corrida conocerán lo que es el dolor, pues les harán daño; sin embargo, estos animales lo que hacen entonces es enrabietarse y luchar con más determinación y furia que antes. Tenemos la manía los humanos de calibrar los sentimientos de otros a través de los nuestros, cosa que se aproxima más en el caso de animales domésticos, que ya “comparten” su vida con nosotros. Pero las fieras son otra cosa…
El garrochista se quedó sorprendido tras esta explicación, que nunca antes se le había ocurrido, pero no se quedó muy convencido. Al final se encogió de hombros.
—Tú sabrás, que eres el patrón…
—Hay expertos que saben más que yo de todo eso — terminó Mauricio — mira los domadores, los buenos, claro, o cómo actúan los entrenadores de perros…
El garrochista se fue, reflexionando sobre estos argumentos. “No es lo mismo”, se dijo, pero prefirió no debatir más sobre el tema.

Al día siguiente se encontraron todos de nuevo en la plaza de la finca. El tío Mauricio se acercó a su ahijado y le habló al oído.
—Escucha con atención, Cassius. Ya estás en un nivel de forma aceptable y eres muy ágil, así que podrás hacer maniobras que a otros no les sería tan fácil ejecutar. También has adquirido una fuerza poco común para tu peso, que ya me encargaré yo de que vaya siendo más de músculo. Con eso y tu inteligencia para adaptarte a diversas situaciones, te evitaré sinsabores. Tienes que aprender a controlar tu furia, no a perderla. Hoy sobre el caballo vas a tener enfrente a un picador profesional, aunque por supuesto la garrocha no es ninguna puya. Todo el mundo quiere ver cómo embistes y no es necesario que te frene el ímpetu con la vara. Tú sabrás lo que haces; ¡hala, a por él!
Ya intuía yo por dónde iba mi padrino; evitar el puyazo. Ya me había dicho que en las corridas de verdad eso se hace para debilitar al toro, y no queríamos eso.
Me dispuse a atacar. Desde el otro lado de la plaza, lancé un bufido y escarbé instintivamente con las patas delanteras, mirando hacia mi objetivo y lanzándome de repente contra él. Me di cuenta que al dejar tanto recorrido, al picador le daba tiempo a prepararse, por lo que ya había perdido el efecto sorpresa. Aún así no frené, pero me permití una leve finta a última hora y cargué sobre la delantera del caballo, tratando de no perder impulso. Resultado: que el picador, hábil él, logró recolocar la vara a tiempo, pero alcanzando tan sólo mis partes traseras y haciéndome girar, pero ya sin hacerme daño y sin conseguir impedir que llegase con fuerza al caballo, al que levanté de patas haciendo que se fuera al suelo. Yo tampoco pude recobrar el equilibrio tras el esfuerzo y el “ángulo de ataque” al que me había forzado, así que también me fui al suelo dando una media voltereta, pero poniéndome en pie rápidamente. Fui por detrás de caballo y caballero, ambos todavía en el suelo,  con gesto amenazador y dando otro bufido de manera que el picador se puso pálido de miedo, creyendo llegada su última hora; no pude evitar sonreír para mis adentros.
Los pocos espectadores me ovacionaban, silbando a picador y caballo.
Mi padrino me recibió contento, pero me dijo que lo podría hacer mejor.
—Tienes que practicar más el “efecto sorpresa”, con arrancadas más cortas, pero con mucho impulso y evitar a la vez que te toque con la vara, ¿entendido?
Asentí, naturalmente, pues ya me había dado cuenta.

De esta forma, continué con mis entrenamientos, desarrollando mis músculos y practicando mis piruetas.
Un día no pude evitar hacerle a mi padrino la pregunta que ya llevaba tiempo rumiando.
—No acabo de entender a qué viene tanto entrenamiento, si lo que yo quiero es llevar una vida tranquila y cubrir alguna que otra vez a unas cuantas vaquillas a las que he echado el ojo. Ya he demostrado de lo que soy capaz y me han visto, aunque ocultando en parte mis habilidades, según me has dicho…
El tío Mauricio me miró con lástima.
—Verás, hijo mío; ya te han echado el ojo algunos empresarios a los que les ha gustado tu trapío y tu bravura y no quieren que te dedique a semental. Incluso me han hecho chantaje; no olvides que yo vivo de esos contratos al tener una ganadería brava y dependo de ellos. Te he estado preparando “por si acaso” y creo haber conseguido que seas capaz de defenderte bien en una corrida con el menor daño posible,  pero sin poder practicar lo que se llama el toreo a pie, pues en tal caso te mandarían de inmediato al matadero. En consecuencia, tienes que ganarte el respeto de la concurrencia en la plaza, incluso de los toreros, dejándoles que hagan “una buena faena”, como ellos dicen. ¡No se te ocurra cornear a ninguno! En resumen, pretendo que te indulten, y entonces ya habrás conseguido lo que quieres, la buena vida. Pero yo quiero más, y es que no te hagan daño o el menor posible; luego te curaríamos y santas pascuas.
Yo le miré con el rabillo del ojo.
—¿Estás seguro de que no me harán daño? No me fío… — dije.
—Para eso te he estado entrenando, pero tampoco te puedo garantizar nada. Cuando llegue la hora, estará más en tus manos que en las mías; el riesgo desde luego está ahí, pues ten en cuenta que el 99% de los toros salen de la plaza al final de la corrida con las patas por delante…
Me estremecí. No sé por qué me daba la impresión que me estaba ocultando algo…

Una tarde, durante nuestras charlas vespertinas, me dio la noticia.
—El domingo que viene debutas.
Ya me lo esperaba, así que me quedé frío.
—Te voy a repasar cómo se organiza una corrida, Cassius. Presta atención. Consta de tres tercios; en el primero, el torero te va a recibir con el capote; síguele la corriente y embiste. Cuando menos te lo pienses, te va a ir llevando hábilmente hacia el caballo del peto; ya sabes lo que tienes que hacer. La vara tiene una hoja de 8 centímetros, ya no es como la garrocha; no dejes que te toque. Después viene el tercio de banderillas…
—¿Eso qué es?
—Nada; no te preocupes. Te van a clavar unos palitos en el lomo. No es grave; luego te curamos…
Volví a mirar a mi padrino con el rabillo del ojo. ¡Nunca me había dicho que me fueran a pinchar! Opté por no preguntar más.
—Después le toca el turno al “matador” y éste te torearía con la muleta; como ya te he dicho, síguele la corriente y que esté contento. No te va a hacer nada; es como un baile. Para que él se luzca, tienes que lucirte tú. No dejes de embestir; te tienes que meter en el bolsillo a todos, al torero, al respetable y a la presidencia… ¡Ojo! Atento a que no te deje solo y se vaya a la barrera a por una espada de verdad y vuelva con ella; eso sería muy mala señal, pues  el último tercio es el de muerte. Le decisión del indulto se podría retrasar, así que, si sucediera eso, ya no le sigas la corriente y deja de colaborar con él. Eso sí, sigue embistiendo, no te pares, al menos hasta que veas pañuelos reclamando el indulto. Trataré de avisarte, de todas formas.
Cuando me quedé solo, me dije que aquello cada vez me hacía menos gracia; ¡me estaba jugando la vida! Y encima me dice el tío que el indulto sólo se concede en un 1% de los casos, si mi escaso nivel de matemáticas no falla. Mucho riesgo… ¿No se podría cambiar el triste destino de los toros de lidia? Si nosotros no queremos guerra; es el ser humano el que disfruta con eso, no nosotros, unos pobres rumiantes…

Llegó así el gran día de la corrida.
Yo no podía ver nada, pues estaba encajonado y acoj…, por supuesto, pero sí que podía oír. Aquello no era como en la pequeña plaza de toros de la finca del tío Mauricio; había un “run run” y un vocerío de fondo que no presagiaba nada bueno. ¿Querrían sangre, MI sangre? A lo mejor más de uno, guiado por la morbosidad, quería ver sangre de los toreros, pensé; entonces, quizás no fuera tan malo que le empitonase a alguno. No; me lo quité de la cabeza. Yo era el bueno y no el malo de la película. Era la víctima, no el verdugo. Pero la idea no se me fue del todo de la mente; si el respetable lo que quería era tremendismo, quizás yo pudiera contribuir llevándome a más de un torerillo por delante; ¡a lo mejor hasta me indultaban con más facilidad y el tío Mauricio no estaba en lo cierto! Eso de fingir complacencia ronroneando al “matador”, que encima se llamaba así, quizás fuera una táctica equivocada.
Así estuve rumiando un buen rato a oscuras, hasta que se hizo un poco de luz, pudiendo reconocer el entorno donde estaba, constatando que me rodeaban varios congéneres, con la misma cara de tonto que la mía.
De repente, cuando estaba de lo más desprevenido, noté en mi lomo un doloroso pinchazo. ¡Nadie me había dicho nada de eso! Me indigné y empecé a maldecir. Por el rabillo del ojo vi más arriba a un gamberro con gorra, que todavía estaba retirando la vara y mirándome con sorna. “¡Ya verás cuando te pille, cabronazo!”, me dije, y me enfurecí todavía más al ver que estaba fuera de mi alcance.
En ése momento entró un raudal de luz al abrirse un portalón deslumbrándome; pude ver a otro tipo con gorra que palmeaba la puerta, pero bien escondido detrás de ella, lejos de mi alcance. Según me fui acostumbrando a la luz, reconocí la plaza de toros, igual que la otra, pero mucho más grande, con varios tipos vestidos de lucecitas llevando un gran capote. “¿Serán primos del torero?”, me pregunté. La verdad es que nunca había visto antes a uno, pero el instinto y mi furia me decían que ése era el enemigo. “¡A por ellos!”, me dije, olvidándome de todas las advertencias que había recibido y saliendo como una exhalación. Los pobres incautos no habían contado con mi velocidad y decidieron salir por piernas, llegando por los pelos a un sitio curioso que llamaban “burladero” y desapareciendo como por arte de magia delante de mi hocico. Me volví con rapidez contra el siguiente “lucero” más cercano y le pegué un buen testarazo, mandándole por encima del burladero aquél. Me volví buscando a otro, pero ya me encontré con la plaza vacía.
¡La gente rugía! Hasta me empecé a sentir orgulloso…
Durante aquél momento de tranquilidad, me dediqué a trotar ágilmente dando una vuelta por la plaza, observando los graderíos. Había mucha gente produciendo extraños y molestos ruidos, silbidos y voces.
Por el rabillo del ojo vislumbré a otro torero de aquellos de las lucecitas y un gran capote que se dirigía con cautela hacia mí, citándome y moviendo el trapo aquél. En ese momento recordé las recomendaciones de mi padrino: que embistiera al capote y le siguiera el juego. “Está bien”, suspiré y pensé para mí “hagamos un poco el paripé”.
Embestí con la cabeza baja siguiendo al capote aquél y arrimándome al torero según intuía sus intenciones. Así, venga vueltas y más vueltas, pasando por debajo del trapo y parándome cuando el hombre quería lucirse alejándose de mí con chulería. De repente escuché una música de fondo y observé que el torero me estaba guiando sutilmente en dirección al caballo sobre el que estaba montado un picador, figura que reconocí. Recordé las advertencias: ¡que no te pique con esa vara, que era otra bien distinta!
El picador ya estaba levantando la puya dando por hecho que iría a por el caballo, pero hice otra cosa; me separé de ellos con un trote elegante mirando a los tendidos y súbitamente giré sobre mí mismo arrancándome de golpe sobre el caballo. El picador no se lo esperaba y tardó un poco en reaccionar, de modo que hice una de aquellas fintas que tantas veces había ensayado y entré al caballo por delante, levantándole por las patas delanteras y tirando a ambos, caballo y picador al suelo, sin que me hubiera tocado la puya aquella. Después me di una vueltecita al trote como quien no ha roto un plato. Al picador se le veía muy enfadado. Noté que algunos subalternos me incitaban a volver a embestir al caballo, pues yo me había ido ya algo lejos. Arranqué otra vez de golpe, procurando darme impulso; observé que el picador colocaba la puya más hacia el frente dada la experiencia pasada, de forma que, sin perder impulso, finté de nuevo pero ahora hacia la trasera del caballo, sin dejar tampoco tiempo a que el picador redirigiera la puya hacia mí. La misma historia que antes, pero ahora levanté el caballo por detrás, haciendo que jinete y puya se vencieran hacia adelante, dándose el hombre un monumental golpe de cara contra el suelo. El caballo también perdió el equilibrio, con la mala fortuna para el picador que le cayó encima. Se oyó un grito ahogado en los graderíos, pues el picador se había quedado inmóvil bajo el caballo. Resultado: el picador a la enfermería tras sufrir algún aplastamiento. Yo me volví a dar otro paseíto chulesco por la plaza a trote ligero, haciendo de vez en cuando un amago de embestir.
Alguien debió llamar al otro picador, que se preparó a su vez para una nueva embestida de las mías. Observé que el hombre estaba muy girado encima del caballo apuntando con la vara hacia atrás, suponiendo que repetiría la maniobra anterior. Yo me dirigí como una flecha en dirección a los cuartos traseros del caballo, pero en el último segundo, ya lanzado como una locomotora, viré ligeramente a la derecha y embestí con todas mis ganas  a la zona media del caballo. El pobre animal ni se enteró, pues se fue como una torre al suelo, arrastrando en la caída a su jinete. Yo salí de nuevo haciendo un leve amago de ataque con la cabeza baja para despistar, con lo que el picador se puso blanco como el papel del susto.
El público se lo estaba pasando en grande, pues al parecer los picadores no solían caer simpáticos al respetable silbando siempre para que soltara la puya, pero esta vez creí oír “¡Caaassius, Caassius, Caassius!” en los graderíos, y sin silbidos. Yo volví a darme otra vueltecita con chulería y con mi trote ya habitual.
—Oye, ¿sabes que este bicharraco me recuerda al boxeador aquél con su mismo nombre? — le comentó un aficionado veterano a otro más joven, que ponía cara de haba — Hace lo mismo que el Cassius Clay aquél, dando vueltas alrededor de su oponente para lanzar sorpresivos golpes cuando menos se lo esperaba. ¡Qué feliz idea la de ponerle ese nombre, no podía ser más apropiado!
El joven se encogió de hombros, pues no había nacido aún cuando Muhamad Alí  se retiró y no llegó a conocerle en sus buenos tiempos.
—Por fuerza tiene que estar cansado, tras derribar tres caballos — le dijo el matador a su apoderado, que le miraba dubitativo — Ahora le clavarán las banderillas, que algo harán — terminó el maestro, dando permiso para cambiar el tercio.

Me fijé que ahora venía hacia mí un torero sin capote y en lugar de éste dos palitroques, citándome a la vez que llamaba mi atención levantando las banderillas aquellas. Aquello era nuevo para mí, así que arranqué la embestida con la cabeza baja a ver qué pasaba. El tipo era muy ágil, se salió de mi dirección de embestida y me clavó limpiamente los dos palos en todo el lomo. ¡Cómo me dolió aquello! Un dolor lacerante me recorrió desde arriba hasta mis cuartos traseros, igual que si fuera un lumbago, pero mucho más intenso. Intenté quitármelos con furia, pero estaban muy bien clavados. Cuando quise ir a por él y vengarme, ya se había puesto fuera de mi alcance. Enseguida apareció otro con los mismos palos, pero de otro color; yo solté un bufido, pues éste no iba a repetir la faena, desde luego. Fui a por él con la cabeza alta y con mucho impulso sin que tuviera tiempo de reaccionar, llevándomelo por delante tras atizarle un testarazo limpio con la frente en todo el pecho y luego pasándole por encima cuidando de no pisarle. Cuando me volví, casi tuve que echarme a reír; el banderillero estaba caído de espaldas, desmayado del susto o del golpe, con las dos banderillas todavía fuertemente agarradas y con los brazos en cruz; la postura resultaba absolutamente cómica.
Ahora le tocó el turno al tercer banderillero, al que se le veía muy poco entusiasmado, andando torpemente hacia mí sin casi levantar los brazos. Me moví rápido pegando a la vez un amenazador mugido  embistiendo de nuevo con la cabeza alta. No llegué a darle, pues tiró las banderillas al suelo y salió pitando hacia el burladero.
La gente volvió a animarme, tras silbar al pobre desgraciado. “¡Cassius, Caassius!”, gritaban. Decidí repetir el leve trotecillo ante los gritos del público jaleándome. Me lo estaba pasando en grande, pese al dolor de las dos banderillas en mi lomo.
—Maestro, ¿qué hacemos? ¿Pedimos el cambio? —le preguntó el apoderado al matador. Éste se estaba mordiendo los labios y terminó asintiendo. Agarró la muleta con la espada falsa y se dirigió hacia el toro.
Yo le ví venir y me acordé de repente que convenía disimular y no mostrar que mi poderío estaba casi intacto, de forma que decidí tomármelo con calma. El hombre parecía valiente enfrentándose a mí tras todo el zafarrancho que había organizado. Le haría el juego y procuraría que se luciese ante el público.
Y así lo hice: embestida por aquí, embestida por allá, me arrimaba manchándole la chaquetilla para impresionar, le dejaba hacerme desplantes, salía con ímpetu de la serie de naturales y así estuvimos un largo rato. Me pareció que cuando me citaba y yo embestía noblemente a la muleta, el hombre me miraba agradecido por brindarle aquella oportunidad. En los graderíos se oían cada vez más “Olé, ooleé, OLEEÉ…” y la música no paraba ni un momento. Cuando me hizo el teléfono aprovechando que yo estaba quieto, no pude reprimirme pegándole un susto haciendo un amago de arrancada. Me miró con el ceño fruncido y yo no pude por menos que fabricarme un amago de pícara sonrisa. Aprovechando el momento, se dirigió hacia un burladero de aquellos y me fijé que intercambiaba su espada por otra que brillaba mucho; ésa debía ser la de verdad. “Que no te toque con esa espada”, recordé que me había advertido mi padrino en varias ocasiones. Sorprendentemente, la volvió a esconder dentro de la muleta y vino hacia mí para seguir toreando. Decidí que seguiría colaborando, pero ya vigilándole estrechamente. De nuevo más embestidas, florituras y todo género de adornos; yo me dejaba hacer, le seguía el juego y mantenía mi ritmo impertérrito, pero siempre vigilante a ver lo que hacía con la espada.
De repente, tras un adorno de espaldas, se volvió hacia mí, ¡y me habló!
—Lo siento, Cassius,  pero tengo que matarte — al mismo tiempo empezó a sacar la espada.
—Ni lo pienses, amigo — le respondí con un mugido en voz baja, que no me entendió, claro, y al mismo tiempo me abalancé sobre él sin darle tiempo a recomponerse y preparar la puntería; se apartó en el último segundo, pero formando una figura poco airosa, teniendo que apoyarse en la espada para no caerse.
Lo volvió a intentar; yo me había quedado quieto con las patas delanteras intencionadamente muy abiertas para cerrar el hueco entre mis omóplatos. Estaba dando resultado, pues empezó a oscilar a derecha e izquierda tratando de que las juntase como hacen las señoras mayores cuando se sientan con faldas algo cortas. Yo le miraba aviesamente y me arranqué de sopetón hacia él; podría haberle matado si hubiera querido, pero la verdad es que no sentía animadversión alguna por él y me limité a darle otro buen susto; esta vez se fue al suelo soltando el instrumento de matar.
En la plaza se había hecho un silencio expectante.
El hombre se levantó rápido, dándose cuenta de que la espada estaba doblada y manchada de tierra, decidiendo ir a por otra. Por el camino fue maldiciendo, pues estaba estropeando una faena colosal, de las de orejas y rabo.
—Maestro, o lo matas bien o vas a fastidiar todo lo que has hecho hasta ahora — le comentó el apoderado, entre que le entregaba la nueva espada.
—Parece como si lo adivinase, el cabroncete; encima en el fondo no quiero matarlo…
El apoderado le miró muy serio.
—Pues o lo matas bien o pides el indulto, pero en tal caso perderías los trofeos. Ya vas tarde y no puedes lucirte mucho más con él; la gente parece que jalea más al toro…
—Ahora veré lo que hago; le daré un par de pases más.

Yo estaba atento desde lejos a los manejos del torero y observé que le daban otra espada, también de las de matar, pero la guardó dentro del trapo. Según se me aproximaba, vi que me citaba desde lejos con la muleta; decidí colaborar embistiendo con la cabeza baja, pero mirando de reojillo no fuera a sacarla en el último momento. Supuse que quería lucirse un poco más y le seguí el juego, engarzando una serie de pases en redondo y terminando con unos naturales perfectos.
De repente, se produjo el milagro. Tras unos estentóreos “¡Torero, Toreero!”, aparecieron cientos de pañuelos en los graderíos gritando “¡Cassius, Cassius, Cassius indulto, induuultoo…!”
El torero se quedó quieto delante de mí luciendo una leve sonrisa, recogió la muleta envolviendo en ella la espada, me dio la espalda y se dirigió hacia donde estaba el tío Mauricio.
—Supongo que estará de acuerdo en que indultemos a este magnífico ejemplar, ¿verdad?
—Por supuesto — le respondió Mauricio con los ojos transidos de lágrimas.
A continuación, ambos levantaron el pulgar mirando a la presidencia, mientras que el público ya no chillaba, ¡rugía!, agitando de todo, pañuelos, sombreros, chaquetas y todo lo que tuvieran a mano.
Al cabo de unos angustiosos segundos y tras consultar entre los miembros de la presidencia, apareció un pañuelo blanco por encima de la barandilla. Y entonces la plaza ya se vino abajo y el griterío debió de oírse a varios kilómetros a la redonda.
Al matador, al lado del tío Mauricio, también se le soltaron las lágrimas y saludó al público.
Yo me acerqué a ambos con mi trote ligero haciendo honor a mi nombre; mi padrino salió al ruedo por el burladero y se abrazó a mi cuello, llorando ya a lágrima viva.
—¡Lo has conseguido, hijo mío!
El matador prefirió no acercarse tanto.
—Oiga, hablando de hijos, espero que nos dé usted más de este calibre, siendo éste el padre… — arguyó el torero.
—No lo dude — respondió Mauricio con una gran sonrisa — Debería usted de dar la vuelta al ruedo, maestro; ¡Qué menos! Encima se ha quedado sin trofeos, de lo cual me alegro mucho, claro…
—No — respondió el matador — no me corresponde a mí; el triunfador ha sido el toro, que es el que debería hacerlo.
Decidí entonces hacer algo instintivo, algo que me estaba pidiendo el cuerpo. Me acerqué al torero según me soltaba de mi padrino y le hice un gesto moviendo la cabeza a la vez que le guiñaba un ojo, empezando a caminar por el borde del ruedo, tratando de indicarle que viniera conmigo. El hombre lo captó, se acercó a mí con cierta prevención todavía, poniéndose a mi lado. Así iniciamos los dos juntos una apoteósica vuelta al ruedo, en medio de los vítores del respetable, empezando a llovernos gorras, sombreros, flores y hasta un jamón.

El presidente se dirigió en voz baja a quien tenía a su lado.
—¿Está usted viendo lo que yo veo? ¡Esto me rompe todos los esquemas! Toro y torero recibiendo los aplausos de todo el mundo, enfervorizado y enloquecido como nunca he visto.
—Es que el público se le ha pasado tan bien que casi revienta de alegría. Esto me hace pensar que debiéramos replantearnos algunas cosas.
—¿Cómo qué? — inquirió el presidente.
—Es sencillo. La Fiesta Nacional se debe adaptar no sólo a los tiempos, sino al gusto del público; ambos sabemos que los puyazos al toro no gustan –siempre protestan–  y ya ve lo contentos que están sin haber tenido que matar al animal. Sí, ya sé que éste se ha ganado sus simpatías, pero nadie echa ahora de menos su muerte ni la falta de trofeos del cuerpo del toro. Deberíamos comentar esto con las autoridades, ya de por sí presionadas por una gran parte de ciudadanos anti-taurinos. Yo pienso que si los españoles están preparados para modificar nada menos que su Constitución y adaptarla a los nuevos tiempos, ¿no podríamos hacer nosotros lo mismo? Si continuamos sin hacer nada, la propia Fiesta está en riesgo de desaparecer, lo cual tampoco es bueno; todavía queda mucho aficionado, los turistas vienen como moscas y los toreros tampoco pueden reconvertirse de un día para otro. Ya veremos lo que pase una vez hayamos dejado atrás otra generación, pues tampoco se puede cercenar de una vez una tradición de siglos. Además, ahí están los portugueses y el mundo no se ha venido abajo…
El presidente le miraba con los ojos muy abiertos, sin saber muy bien qué decir, pero asintió.
—Vamos a tener que iniciar el proceso del cambio, sí…


                                             Epílogo

En la prensa del día siguiente, la foto del paseíllo conjunto de toro y torero salió en todas las portadas y fue ampliamente difundida también por las redes sociales. Se volvió a levantar la gran polémica de siempre, pero esta vez los “taurinos” se mostraron menos reticentes.
La imagen hablaba por sí sola; incluso resultaba ejemplar, pensando en el mundo de la política. “Colaboración entre dos personajes de tendencias muy distintas”, interpretó un astuto periodista. Otro de los titulares resultó genial: “Más valen toros pensando como humanos que humanos pensando como toros”, en clara alusión a las guerras y al terrorismo imperante.

Todo aquello resultó ser el embrión de la modificación del reglamento taurino; el puyazo se sustituyó por una inyección dosificada de forma que la lidia pudiera llevarse a cabo y la figura del picador desapareció. Con el asunto de la muerte del toro pasó más tiempo, pero al final también le llegó el turno.

Cassius fue retirado con todos los honores, siendo además entre los pocos toros indultados que han existido el que menos había sufrido, recuperándose en poco tiempo. Mauricio pudo seguir disfrutando de su ahijado todavía bastantes años, cosa que además le fue muy rentable, pues Cassius  resultó ser asombrosamente prolífico (o que las jóvenes vaquillas de Mauricio resultaban muy atractivas). Se cuenta que llegó a tener cien hijos, todos con sus genes, por supuesto.

A un avispado empresario alemán se le ocurrió inmortalizar la efigie de nuestro toro, creando una nueva línea de cosméticos para hombre, a la que llamó “Cassius”. Con la fama que llevaba detrás y que había llegado a traspasar las fronteras, la idea tuvo éxito. Recordaba mucho al famoso toro de Osborne.
El trapío del toro hizo todo lo demás.


KS, diciembre de 2018

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